Valtònyc, héroe de la república

Ramón de España
7 min

Inyección de moral en las desarboladas tropas del lazismo: el gañán mallorquín Josep Miquel Arenas (en arte, o lo que sea que haga, Valtònyc) ha vuelto a librarse de la extradición a España por cortesía de la justicia belga (los belgas siguen con la costumbre, adquirida en los tiempos de etarras refugiados en su territorio, de hacernos la pascua siempre que pueden: reconozco que el duque de Alba podía tener muy malas pulgas, pero ya iría siendo hora de pasar páginas, ¿eh, chavales?). TV3 lo ha celebrado convenientemente, abriendo con tan trascendental noticia los telediarios del pasado martes, y la prensa amiga no se ha quedado atrás, como demuestran esos gallardos editoriales de El Nacional y Vilaweb. Hasta Puigdemont se ha venido arriba y, mientras celebraba su 59 cumpleaños, ha asegurado que los 60 los cumplirá en casa (aunque como es ya la enésima vez que anuncia su retorno, es poco probable que nadie se lo crea: propongo cambiar en Cataluña la expresión “¡Que viene el lobo!” por “¡Que viene Puchi!”).

No es que uno quiera echar agua española al vino lazi, pero no sé hasta qué punto está justificada tanta alegría. Para empezar, la fiscalía belga ha metido la nariz en el asunto y se pronunciará al respecto el próximo día 11 de enero. Y para continuar, por muchas bravuconadas que suelte el mallorquinarro y muchas fotos que se haga delante de la embajada española con el dedo medio bien alzado, lo cierto es que su vida solo puede considerarla envidiable su colega Pablo Hasél, amargado en el trullo (y con todos los que se manifestaban por su libertad pasando de él olímpicamente) mientras su (supuesto) compañero de lucha (supuestamente) musical se pega la vida padre, aunque, eso sí, en compañía de unos cochinos burgueses que lo han convertido en su mascota progre, le dejan salir en las fotos de grupo como si pintara algo y hasta le sufragan la existencia con un cargo de técnico informático que, la verdad sea dicha, representa un progreso social para alguien que vendía tomates en el puesto de hortalizas de su difunta madre. Pese a no ser precisamente un clon de Albert Einstein, hay que reconocer que Valtònyc es bastante más espabilado que Hasél: no contento con eludir el trullo, hasta ha conseguido sentar jurisprudencia en un país extranjero, pues a raíz de su caso, en Bélgica se ha eliminado el delito de injurias a la Corona. No está mal para tratarse de un energúmeno con pretensiones sociales que, caso de estar libre y en España, tendría serias dificultades para llegar a fin de mes. La verdad es que el exilio le ha sentado divinamente.

Tanto que hasta se permite perdonar la vida a sus compañeros de cruzada: chorreo a los de Òmnium por no esmerarse un poco más en su apoyo y solidaridad; reconocimiento público de que no comparte la ideología de Puchi, pero que, al estar unidos en la desgracia (y vivir a su costa o, mejor dicho, a la nuestra) ha llegado a sentir por él un aprecio sincero. Tras su último éxito judicial, Valtònyc se ha venido arriba como debió de hacerlo Teodoro García Egea cuando batió el récord mundial de lanzamiento de huesos de aceituna con la boca (¡11 metros!). Pero la victoria tiene bastante de pírrica: a efectos prácticos, está atrapado en un país extranjero, lejos de su isla querida, y su futuro se reduce a dejarse ver por la Casa de la República a las horas de comer mientras los que lo alimentan se van convirtiendo poco a poco en fantasmas de una época pasada que no acabó muy bien.

A mí lo de Valtònyc y Puchi me recuerda a aquellas amistades de la mili que se acababan cuando te daban la blanca porque, en el fondo, no tenías mucho que ver con el amigote de turno. O tenías algo mientras los dos fueseis vestidos de verde y os pasaseis el día esquivando órdenes absurdas y compartiendo cervezas en el Hogar del Soldado. De regreso a la vida real, si te he visto no me acuerdo. Y me huelo que si los fugitivos de Waterloo consiguen volver algún día recordarán repentinamente que su gran amigo, además de incitar al asesinato de guardias civiles y políticos del PP, también aseguraba que había que acabar con los convergentes. O sea, con gente como ellos. En cuanto a la hermandad del rap antisistema, caso de existir, dudo que le perdone su compadreo interesado con unos señores que difícilmente pueden considerarse de izquierdas. Será mejor que les saque lo que pueda mientras comparten la ratonera belga, pues como recuperen su vida normal (o algo parecido) se lo van a quitar de encima de la noche a la mañana, ya que ellos son, a su manera, gente de orden, y él, un gañán que, como mascota o bufón, vaya y pase, pero ya se sabe que en Ítaca no hay sitio para esos nihilistas.

El mallorquinarro debería empezar a pensar en su futuro, que para mí pasa por encontrar a una buena chica flamenca de posibles que le financie esas prendas de Ralph Lauren que tanto le gustan, fundar una familia no menos flamenca y hacerse a la idea de que no volverá a oler las ensaimadas en su vida. Y que no se queje: bastante arriba ha llegado para las pocas luces que tiene.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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