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Puchi, diseñador gráfico

Ramón de España
5 min

Es evidente que Dios no llamó a Carles Puigdemont por el camino de la alta política: aunque él se crea soñado, muchos lo consideramos un simple liante con tendencias megalómanas. Tampoco le llamó el Señor por el camino del diseño gráfico, pero el hombre ha encontrado la imagen ideal para su Crida Nacional per la República. Y uso el verbo encontrar de manera literal, ya que se ha limitado a asomar la nariz por internet y trincar una imagen que le gustaba y que el querido lector ya habrá visto: un monigote blanco le dice algo -a un volumen exagerado- a un monigote negro. Que Dios le conserve la vista a nuestro expresidente del alma, ya que la imagen no puede ser más desafortunada. No negaré que pueda ser de utilidad en una campaña contra el racismo, dado el abuso verbal al que el monigote blanco somete al monigote negro, pero para llamar al pueblo a la república no sé yo si va a ser de gran ayuda.

No sé exactamente qué verá Puchi en esa imagen, pero la mayoría de la gente ve a un blanco gritándole a un negro. El blanco, claro está, representa al catalán bueno independentista, y el negro, imagino yo, al catalán malo unionista. Puestos a fabricar estereotipos, ¿no podría haber buscado nuestro hombre otros colores, pintando de amarillo al buen catalán, por ejemplo, y de rojo al españolista infecto? El amarillo mola mucho últimamente entre los procesistas, y el rojo es el color de la sangre (esa sangre, sin ir más lejos, que corrió durante la gloriosa jornada del 1 de octubre en la que, como todo el mundo sabe, miles de catalanes buenos resultaron muertos y heridos a manos de los españoles, que son muy malos).

Cabe la posibilidad de que, aconsejado por su mayordomo en la Generalitat, Puchi haya asumido el supremacismo fascista de éste y lo haya aplicado a su súper logo, de ahí que el buen catalán sea blanco como la leche y el mal catalán, negro como el carbón (para entendernos, se trata de un negro de mierda). Con la cantidad de grafistas buenísimos que hay en Cataluña, no habría costado mucho hacerse con los servicios de uno del Régimen o que lo aparentara para pillar cacho. Pero el caudillo providencial en que se ha convertido el hijo del pastelero de Amer no delega en nadie porque se siente capaz de hacerlo todo él solo. Le ha bastado con darse una vuelta por la red para robar el dibujito de marras y, hasta el momento, no he oído la menor discrepancia en las filas del PDeCAT, tal vez porque aún está muy reciente la ejecución de Marta Pascal.

Hace años, en Mallorca, el político local Jerónimo Albertí quiso escribir un ensayo que pensaba titular Cómo pienso. Afortunadamente, un consejero leal le advirtió de que sus enemigos políticos podían quitarle el acento a la primera palabra del título y convertirle en alguien que reconocía públicamente alimentarse de pienso. Alguien en el PDeCAT debería reunir el valor necesario para decirle al Líder Supremo que su logo, además de robado, es una birria racista que, en el mejor de los casos, solo puede interpretarse como la imagen de un procesista dándole la turra a gritos a un ciudadano normal. Una imagen muy poco estimulante, la verdad, y que espero que a nadie se le ocurra trasladar a la realidad, pues puede haber hostias como panes.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.