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Ramón de España opina sobre la dimisión de Trapero como mayor de los Mossos

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Manicomio catalán

Auge, caída, resurrección y dimisión del mayor Trapero

"Tras su sobreactuación españolista ante la justicia, nuestro héroe perdió la admiración de los soberanistas que, a partir de entonces, lo consideraron un traidor a Cataluña, cuando en realidad no era ninguna de esas cosas, sino sólo un oportunista que se pasó de listo con el 'prusés'"

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Hasta aquí hemos llegado, se dijo el mayor Trapero antes de presentar su dimisión. Con lo que siempre le ha gustado medrar al sol que más calienta y cortar el bacalao, cabe preguntarse si estamos ante una jubilación común y corriente o ante una oferta ajena al cuerpo de esas que no se pueden rechazar.

Trapero siempre ha tenido un punto turbio y oportunista que, cuando el malhadado prusés, a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel. Se salvó sobreactuando de constitucionalista que hasta tenía un plan para detener a Puigdemont a la espera de que un juez le diera el visto bueno, con la colaboración de su abogada, quien, dando un gran ejemplo de profesionalidad, se echó a llorar en pleno juicio.

Trapero ha estado arriba y abajo, in and out, varias veces, obedeciendo siempre a las fuerzas dominantes del momento. Cuando el prusés se le fue un poco la olla al hacerse un lío con las jerarquías policiales. Animado por las paellas en Cadaqués de Pilar Rahola, a las que acudía con camisa hawaiana de mercadillo y guitarra con la que sumarse a las coplas que cantaba Puchi, el hombre se apuntó a interpretar el papel de lazi, lo cual hizo que aumentara exponencialmente su predicamento entre las turbas independentistas.

Cuando los necesarios porrazos del 1 de octubre, se puso de perfil (él y todos sus subordinados) para que la Policía Nacional cargara con las culpas si caía herida alguna yaya que mejor habría hecho quedándose en casa viendo TV3. No cumplió órdenes, se hizo el sueco y no pareció ser consciente de que su galbana podía tener consecuencias penales (como así fue).

Sin que se notara mucho, Trapero ayudó a que la asonada de Puchi y el beato Junqueras saliera bien, pero no fue suficiente, y ya sabemos cómo acabó todo: Puchi dándose el piro tras quedar con todo su Gobierno en su despacho y el beato y unos cuantos más, al trullo.

Tras su traición al Estado, Trapero debería haber recibido una condena ejemplar, pero se las apañó para hacer como que él nunca aprobó el golpe y que a constitucionalista y español de bien no le ganaba nadie. Sorprendentemente, la añagaza surtió efecto, y nuestro hombre salió libre a la calle. No le devolvieron el cargo (de eso se encargaría algo después el siempre comprensivo y dialogante Salvador Illa) y pusieron en él a Ferran López para que los indepes le colgaran el sambenito de comissari del 155.

Tras su sobreactuación españolista ante la justicia, nuestro héroe perdió el soporte y la admiración de los soberanistas que, a partir de entonces, lo consideraron un traidor a Cataluña, un botifler, un vendido y un cara girada, cuando Trapero no era ninguna de esas cosas, sino tan solo un oportunista que se pasó de listo con el prusés y que luego interpretó tan convincentemente en su juicio (con la ayuda de su lacrimosa abogada), el papel de arrepentido que le sirvió para acabar saliéndose más o menos de rositas.

Cuando Illa lo rescató, empezó su nueva vida de policía ejemplar, catalán sin sobreactuaciones y español sin exagerar. O sea, el perfecto perfil PSC. No sé qué le habrá llevado a presentar su dimisión tras solo dos años en el cargo. Puede que haya visto la luz y que se haya cansado de su vida de actor capaz de interpretar cualquier papel que le convenga para medrar en el oficio, pero me parece poco probable. Por muchos papeles que interprete, un actor es siempre el mismo ser humano.

Me pregunto de qué irá su próxima actuación, pero intuyo que estará mejor pagada que las anteriores. Y aprovecho para felicitar desde aquí a su sustituto, Ferran López, el comisario del 155.