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Ramón de España y una imagen de Miquel Calzada 'Mikimoto', representante de Junts en el consejo de RTVE

Ramón de España y una imagen de Miquel Calzada 'Mikimoto', representante de Junts en el consejo de RTVE

Manicomio catalán

El enemigo en casa

"Como todos sabemos, las turbias necesidades políticas de Pedro Sánchez condujeron a la entrega del segundo canal de la televisión pública a los 'lazis' para que hicieran lo que quisieran con él y lo hicieran en catalán, como si TV3 no bastara para alegrar la vida de los nacionalistas"

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Mikimoto y sus secuaces en TVE han puesto el grito en el cielo a causa de una miniserie dedicada a la lengua española y presentada por esa mezcla de periodista democrático y jesuita vasco que es Iñaki Gabilondo.

¿Motivo aducido?: que la serie pasa por alto los atropellos lingüísticos de la conquista con las lenguas amerindias que, según ellos, fueron aplastadas sin piedad por los españoles de la época. ¿Motivo real?: donde digo lenguas amerindias, cualquiera puede deducir que, en realidad, hablo del catalán, también machacado, en teoría, por el perverso Estado español.

Como todos sabemos, las turbias necesidades políticas de Pedro Sánchez condujeron a la entrega del segundo canal de la televisión pública a los lazis para que hicieran lo que quisieran con él y lo hicieran en catalán, como si TV3 no bastara para alegrar la vida de los nacionalistas (en vez de contribuir, desde Sant Cugat, a una mejor programación nacional, nos quedamos en el gueto, que es lo que nos gusta, aunque luego la audiencia no responda, como es el caso).

Además de eso, hubo que echar de comer a Mikimoto y su pandilla a través del consejo de RTVE. No se había oído hablar de ellos hasta que ha habido que tomar medidas contra el imperialismo español, tan ladino y taimado que se esconde detrás de una lengua milenaria: hay que retirar la serie en beneficio de los pobres amerindios (o sea, de los catalanes de bien).

El nacionalista medio vive convencido de que en el resto de España se le odia profundamente. No es cierto, pero va bien para fomentar el victimismo. He conocido algunos energúmenos españoles que les tenían manía a los catalanes porque sí, pero no tengo la impresión de que sea una tendencia mayoritaria. Lo que sí hay es gente que se cabrea con cierta frecuencia ante la tendencia catalana (o nacionalista) a no arrimar jamás el hombro cuando se trata de participar en una iniciativa común o a recordarles constantemente que Cataluña está en España, pero no acaba de formar parte de España. Desde el País Vasco se practica la misma terapia de choque: de ahí que los vascos puedan llegar a caer tan mal como los catalanes.

España es como un edificio en el que hubiera dos vecinos molestos que se pasan el día quejándose de todo y amenazando a la comunidad con irse a vivir a otro sitio (aunque no se van nunca, pues disfrutan mucho más chinchando al vecindario). En ese sentido, es fácil cogerles manía a los catalanes (y a los vascos) por esa obsesión con el hecho diferencial, eso que, según Pujol, no nos hacía ni mejores ni peores que los españoles, pero sí diferentes.

Cuando Barcelona ganó los Juegos Olímpicos y la ciudad entera salió a la calle para celebrarlo, ¿cuántas banderas españolas se vieron ondear al viento? Ninguna. Todo eran senyeres, como si la olimpiada no les cayera a los países, sino a las regiones o las ciudades. Esa celebración me pilló en un bar de Madrid y pude ver las caras de cabreo de los clientes al ver que no salía en las imágenes del televisor ninguna bandera que los representara.

Y así sucesivamente. ¿Sumarse a los fastos del Papa en Barcelona? Por supuesto, pero a nuestra manera, intentando colar de matute Els Segadors por televisión para que todo el mundo se enterase de que somos una minoría oprimida. O quejándonos de que los españoles nos quieren robar a Gaudí, convertido en protoindependentista, en vez de agradecer que pueda pertenecer a todos los ciudadanos de este país. O montando un cirio como el del prusés, pese a todos los indultos y amnistías que Sánchez se sacó de la manga para conservar la poltrona.

No sé qué gracia tiene ser un vecino molesto, pero hay mucha gente a la que le encanta. La misma que insiste en que en España nos tienen manía, pero nunca se pregunta por qué.