¡Qué tiempos aquellos! ¡Cómo han cambiado las cosas desde que el pionero de la delación lingüística, Santiago Espot, apatrullaba la ciudad con su bolígrafo y su cuadernito, apuntando los negocios que no rotulaban en catalán, para poder luego denunciarlos ante la autoridad competente! (que solía pasar de él como de la peste, con muy buen criterio). Puede que otras cosas no hayan mejorado en la Cataluña catalana, pero en lo que respecta al acoso al castellanoparlante, la cosa está que se sale. Gracias, principalmente, al heredero natural del señor Espot, Òscar Escudé, mandamás de la Plataforma per la Llengua y Gran Soplón Lingüístico que se pasa la vida atendiendo a víctimas de médicos sádicos que no hablaban catalán y obligaban con malos modos a las ancianitas a expresarse en esa lengua extraña e impuesta por las armas que es el castellano o español.

Lo de Espot era tan grotesco que hasta llegaba a resultar entrañable. Te imaginabas al discípulo más aventajado del gran Espinalt caminando por la calle y mirando a derecha e izquierda para detectar presuntos infractores de la ley y apuntárselos en la libretita (con la punta de la lengua asomando por la comisura, como un alumno muy aplicado) y te podía dar pena o risa, según con qué pie te hubieses levantado.

Lo de Escudé es más grave porque el tipo se ha montado una organización de soplones muy motivados que se mueren por ayudar a las presuntas víctimas de la españolización, hasta conseguir que la plataforma de marras se haya ganado entre los desafectos el apelativo de La Gestapo del catalán.

A esa motivación contribuye el gobierno de la Generalitat con sus generosas subvenciones (total, ya se sabe que el dinero público no es de nadie), que algunos ilusos pensamos que desaparecerían con el (aparente) cambio de régimen. No fue así, y ahora la administración Illa se ha sacado de la manga un departamento para atender a los quejicas lingüísticos. Justo lo que necesitaba Escudé para confirmarse en su idea, expresada ya bien a las claras, de que, en este tipo de casos, nada funciona como la extorsión.

Que un gobierno elegido democráticamente ofrezca armas a la extorsión no sé si merece nuestra aprobación. Yo diría que no. A no ser que a la defensa de sus derechos lingüísticos se pueda sumar todo el mundo. Incluidos esos padres de familia que ven cómo en el colegio de los chavales, las clases en castellano no llegan ni al misérrimo 25% que marca la ley. O sea, o jugamos todos, o rompemos la baraja (en la cabeza del señor Escudé, a ser posible). Si solo se admiten quejas en una sola dirección, el nuevo departamentillo solo será una nueva concesión (y van…) del PSC a los nacionalistas, siguiendo esa peculiar táctica adoptada por el gobierno de Illa para instaurar la paz social, que consiste en darles siempre la razón a los lazis.

Y la cosa no acaba ahí. Se habla de potenciar el uso del catalán en el Baix Llobregat (¡a por los charnegos!) y en el entorno laboral (¿enviará el Govern espías a las oficinas para ver en qué idioma se comunican los curritos, como los militantes de la lengua a los que Escudé despachaba a las escuelas para vigilar en qué hablaban los niños a la hora del patio?).

Que existan fanáticos monotemáticos como Espot y Escudé es inevitable (como decía un amigo, también hay a quien le da por chupar candados). Pero que les rían las gracias los políticos con mando en plaza —cuando lo que deberían hacer es enviarlos cordialmente al carajo— no lo es. Y, para más inri, haga lo que haga el PSC para congraciarse con los indepes, estos le seguirán odiando igual. ¿O es que no se ha enterado Illa de que le llaman El president del 155?