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Ramón de España opina sobre Lluís Llach

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Manicomio catalán

Hay que odiar con método

"Mikimoto y Mainat son gente con método que sabe monetizar su odio al país vecino (y al propio, diría yo). Comparado con ellos, Llach es un pringado"

Publicada

Decía Lola Flores que en esta vida se puede hacer de todo mientras se haga con método. No especificó la clase de método (¿el método Flores?), pero Rodríguez Zapatero tampoco dijo en qué consistía su talante y fue tirando de él todo lo que pudo.

Odiar también requiere método. Si se odia bien, hasta se pueden sacar privilegios financieros. Enseguida iremos a ello, pero antes me gustaría detenerme en alguien que no monetiza su evidente odio a España (el país vecino, para él y los suyos). Me refiero al cantautor jubilado Lluís Llach, también conocido como L´avi Lluiset, quien tiene casi todas las papeletas para seguir al frente de la ANC, aquelarre lazi de lo más deprimente ya que, desde que se acabó (más o menos) el prusés, no hay ahí más que llanto y crujir de dientes (y deudas).

¿Por qué se empeñará el autor de La gallineta y otros himnos de libertad en seguir ejerciendo de mandamás de un chiringuito tronado del que los socios se dan de baja en masa y en el que te crecen los enanos a la que te descuidas y te plantean su disidencia?

De la ANC no se saca ni gloria ni dinero. Por eso, con muy buen criterio, el señor Llach no empezó a pagar sus cuotas de afiliado hasta que aspiró a controlar el cotarro. Estamos ante un hombre ahorrador cuya fundación está registrada en Madrid porque era más barato que en Cataluña.

¿Qué le mueve, pues, a seguir perdiendo el tiempo en la ANC? ¿No será que no tiene nada mejor que hacer y que siempre es mejor dirigir un chiringuito, sea cual sea su estado de decadencia, que supervisar obras públicas o reunirse con otros jubilators a jugar a la petanca?

Hay quien se carga al Llach activista, pero respeta al Llach cantautor. Yo no soporto a ninguno de los dos. Musicalmente, siempre me pareció un cursi que a veces acertaba (La casa que vull era una canción muy bonita), y su voz de cabrita me sacaba de quicio. Hizo mucho daño como cantautor, e hizo todo el que pudo como activista. Pero, finalmente, ¿qué ha sacado del activismo antiespañol más que sinsabores y decepciones?

Debería aprender de otros odiadores catalanes que sí han mostrado método a la hora de intentar dañar al país vecino. Pensemos en Mikimoto (Miquel Calçada, antes Calzada), infiltrado en el consejo de RTVE y dedicado todo el día a urdir planes lesivos para el coeficiente de inteligencia de catalanes y españoles. El hombre se ha ido a Madrid a joder la marrana (con perdón) y, para mayor alegría conceptual, su abultado sueldo se lo pagamos con nuestros impuestos todos los ciudadanos de este país.

De todos modos, el señor Calzada no pasa de espabilado aprendiz si lo comparamos con un auténtico genio del mal que ha sabido canalizar su odio a España (y a Cataluña) de una manera muy rentable: el ex trinco Josep Maria Mainat, que primero nos idiotizó con su grupito de pop garrulo y chistoso (con una poca gracia que no se había vuelto a ver hasta que apareció Peyu con su humor prepaleolítico), y luego, al frente de una productora malvada, a inundar las televisiones públicas y privadas con sus concursos y sus reality shows, con los que pretendía culminar el proceso de cretinización emprendido con La Trinca.

Mikimoto y Mainat son gente con método que sabe monetizar su odio al país vecino (y al propio, diría yo). Comparado con ellos, l´avi Lluiset es un pringado, un piernas, un pelacañas que supo lucrarse en su primera encarnación, pero fracasó en la segunda a la hora de hacerlo.

Desde un punto de vista español (y de cualquier defensor de los derechos humanos), hay que reconocer que los señores Calzada y Mainat resultan mucho más nocivos para la ciudadanía que el pobre Llach, cuya capacidad de incordiar se ve reducida a esos discursos que suelta de vez en cuando y en los que siempre se muestra muy contrariado.

Hace unos años nos urgió a ganar la independencia, aduciendo que ya tenía una edad y que, a este paso, se moriría sin verla y disfrutarla. Ya le digo yo que no la va a ver, ¿pero no sería mejor retirarse al pueblo y esperar dignamente lo inevitable? Hay gente más joven que le podría suceder al frente de la ANC. No sé, Santiago Espot, Alonso Cuevillas, Jair Domínguez, el primario Graupera…¡Hasta Peyu!

Derrótate ya, hombre. Y piensa que en el Senegal falta gente (con pasta).