Eulàlia Reguant, la carismática dirigente de la CUP, la mujer que mesmerizaba al espectador de TV3 con su impresionante colección de tics (había que elegir entre el espectáculo multimedia y enterarse de lo que decía; por eso, fascinado por la experiencia visual, nunca supe de qué me estaba hablando), se nos ha hecho mayor y, como diría Raphael, ha pasado de la niñez a los asuntos.
Ya no es tiempo ni edad de quimeras, por bonita que fuese esa independencia de Cataluña con la que soñaba la CUP, sino de comportarse como una adulta e integrarse en el negocio familiar, que es de probada solvencia: una inmobiliaria que atiende por Muscius Cent, cuyo patrimonio alcanza los 14 millones de euros y que controla 35 propiedades entre pisos, locales, plazas de aparcamiento y trasteros.
En su cargo de apoderada, nuestra Eulàlia puede alquilar casas y cosas y contribuir al esplendor de la familia. En la CUP no se lo han tomado muy bien (¡envidiosos!, ¡pelacañas!) y le han recordado la época que ejercía de martillo de grandes tenedores, fondos buitre y demás armas de explotación propias del cochino burgués, pero no parece que la cosa le haya afectado mucho.
Igual hubiese preferido mantener su fortuna en secreto, pero este diario se enteró de sus artes del ladrillo el pasado mes de agosto, quedando al descubierto una cierta contradicción del modelo “Haz lo que digo, no lo que hago”.
Cuando al difunto Vázquez Montalbán se le recordaba que era comunista, pero vivía como un buen burgués, siempre contestaba: “¡Yo asumo mis contradicciones!”, aunque los demás no las asumieran con tanto entusiasmo. Le ofrezco la frasecita a la buena de Eulàlia por si le sirve para algo.
La señora Reguant no es la única política a la que le pasan estas cosas, pero no es fácil acusarla de haberse lucrado tras su paso por la política. El negocio de papá y mamá ya estaba en marcha y solo había que subirse al carro, aunque eso significara convertirse en la casera de algún infeliz al que estrujar convenientemente.
Sería un poco mezquino tomarla con Eulàlia cuando estamos rodeados de políticos que se han forrado con la cosa pública (algunos de ellos tienen el descaro de seguir impartiéndonos lecciones desde sus mansiones). Y hace tiempo que nos dimos cuenta de que el lucro relacionado con la política no era competencia exclusiva de la derechona: ahí están los casos, recientes y espectaculares, de figurones del PSOE como José Luís Ábalos o Santos Cerdán.
O, en un registro menos flamboyant y, en apariencia, legal, ahí tenemos a nuestro hombre en la Unesco, Miquel Iceta, que en dos años pasó de tener un capital declarado de 650.000 euros a uno de diez millones de euros. 27 inmuebles acumula nuestro hombre entre viviendas, plazas de párking, parcelas y locales repartidos entre Barcelona, Gerona y Menorca.
Solo o en compañía de familiares, Iceta ha sabido construirse una notable fortuna personal que, como la de Reguant, chirría un poco con su presunto ideario. No niego que esté todo en regla (aunque tampoco lo afirmo), pero queda tan feo como el chalet de Galapagar de Pablo Iglesias o la ingente cantidad de apartamentos que atesoraba el Gran Wyoming en Madrid y que le valieron, por parte de la derecha, el infamante alias de Don Piso.
Se supone, aunque ya nadie se lo crea, que la política es un servicio público que entraña mucho sacrificio. Ver a Eulàlia Reguant convertida en Doña Eulàlia, la casera, y a Miquel Iceta en Don Piso Millonetis no es tan deprimente como cruzarse con Ábalos o Rodrigo Rato, pero da cierta penica. No porque nos hubiésemos tragado alguna vez las trolas de la CUP o del PSC, sino porque parece mentira, francamente, que se pueda ser tan pesetero: uno no tiene por qué asumir las contradicciones ajenas, la verdad.
