Pásate al MODO AHORRO
Ramón de España y una fotografía de Carmen de Mairena

Ramón de España y una fotografía de Carmen de Mairena

Manicomio catalán

Carmen de Mairena sólo se representaba a sí misma

"Totalmente a favor de la placa. Pero, por favor, no reescribamos la historia de la gente para justificar a ojos de los biempensantes los homenajes a gloriosos marginados"

Publicada
Actualizada

Nada tengo en contra de homenajear a nuestros personajes más excéntricos y atrabiliarios, pues en su condición de aventureros solitarios, le confieren al paisito (que tiende de manera natural al aburrimiento) unas dosis de extravagancia de las que anda muy necesitado, sobre todo desde el advenimiento del pujolismo que, si no acabó del todo con nuestros queridos y necesarios excéntricos, contribuyó poderosamente a su exterminio (parece que las salidas de pata de banco no patrióticas no se apreciaban lo más mínimo, motivo por el que aquí no ha vuelto a haber grandes excéntricos desde los tiempos de Jaume Sisa y Pau Riba).

Lo que no debería hacerse con nuestros referentes de la extravagancia es reescribirles el pasado desde perspectivas actuales para que encajen en algún colectivo necesitado de protección y cariño. Que es lo que acaba de hacer el Ayuntamiento de Barcelona con el difunto Miguel Brau, alias Carmen de Mairena, al que se le ha puesto una placa conmemorativa en la calle San Ramón, donde tuvo algo parecido a un hogar (cuando no estaba en el trullo por ejercer de palanganera en pisos burdel).

El encargado de asuntos LGTBI de nuestro querido ayuntamiento pronunció un discursito durante la presentación de la placa en el que convirtió a nuestra catastrófica Carmen en un pionero de la liberación homosexual y, prácticamente, un activista de la lucha gay, cosas que la pobre Carmen no fue en toda su vida.

Si el citado comisionado para asuntos gaylors de Can Collboni se hubiese tomado la molestia de leer la biografía del señor Brau que le dedicó hace unos años la ilustradora Carlota Juncosa (atención a su última novela gráfica, Malas ideas, centrada en su adolescencia en el mundo del graffiti y recién publicada por Penguin), habría visto que nuestra Carmen era más bien de derechas, encajaba su marginalidad en solitario, solo se representaba a sí misma y hasta le molestaban las efusiones homosexuales en público, que consideraba muestras evidentes de que Occidente se estaba yendo al carajo.

Carmen de Mairena nunca quiso ser más de lo que fue: un esperpento tirando a zarrapastroso que, en cualquier caso, hubiese agradecido tener un poco más de amor y menos novios que la zurraran y le sacaran los cuartos.

Su conato de cambio de sexo (como ella decía: “Soy una mujer completa porque tengo rabo y tengo tetas”) fue un acto de valor (propiciado por un novio que luego la plantó) que, comercialmente, se reveló suicida: el público que tenía cuando interpretaba el personaje clásico de coplero mariquita, huyó en desbandada cuando la vio disfrazada de mujer (lo cual la obligó a recurrir a la prostitución).

Carmen de Mairena encajó su vida tal y como le iba viniendo y siempre desde la marginalidad más cochambrosa que, en el fondo, creía merecer. Nunca fue Miguel de Molina, el cupletista republicano que huyó a Argentina después de una monumental paliza a cargo de los falangistas. Tampoco fue Nazario, el dibujante underground que creó al detective travelo Anarcoma y que, cuando le llegue el turno (sin prisas: la última vez que me lo crucé ejercía de octogenario saludable), espero que tenga su correspondiente placa en la Plaza Real.

No estamos aquí hablando de un gay reivindicativo, sino de un personaje propio de la picaresca que intentó sobrevivir en tiempos muy chungos y que solo alcanzó cierta popularidad, al final de su digamos carrera, por hacer de freak en programas de televisión tirando a chuscos.

Conclusión: totalmente a favor de la placa. Pero, por favor, no reescribamos la historia de la gente para justificar a ojos de los biempensantes los homenajes a gloriosos marginados. O outsiders, que en inglés todo suena mejor y más moderno.