La chapuza es una seña de identidad muy española que lo mismo puede causarnos vergüenza ajena que devenir una fuente de entretenimiento autocrítico. No sé si existe un término parecido en otros idiomas, pero juraría que no o que nosotros lo hemos convertido en algo muy nuestro, despreciado y disfrutado a la vez.
Las novedades sobre el caso del funesto imán de Ripoll, el zumbado que llevó a unos infelices de su pueblo de adopción al terrorismo yihadista con los atentados de la Rambla de hace unos años, nos sitúan de nuevo frente a la chapuza nacional, y uno no sabe si tomárselos a pitorreo (difícil si tenemos en cuenta los muertos de por medio) o dejar que afecten a nuestra autoestima nacional.
Resulta, según cuenta el diario ABC, que el CNI tenía en nómina al imán como confidente. Hasta ahí, nada que objetar. Pero nadie detectó que el sujeto consideraba compatibles la labor de membrillo del Islam con la de agitador yihadista.
Yo pensaba que el CNI pagaba mejor, por la cuenta que nos traía a todos, pero ahora resulta que el señor Abdelkeby Es Satty, que en paz descanse, cobraba 500 eurillos al mes. ¿A quién pretendía fichar el CNI con esos emolumentos costrosos? ¿A James Bond?
Como el agente que ejercía de puente entre el imán y los servicios de inteligencia nunca sospechó nada ni se coscó de nada turbio, Abdelbaky pudo dedicarse tranquilamente a la yihad mientras consideraba el óbolo del CNI un complemento a sus ingresos. La verdad es que 500 euros por no hacer prácticamente nada o traficar con información inútil no está tan mal: para zamparte un bocata al final de cada jornada del Ramadán te llega.
Evidentemente, nuestros queridos separatistas ya están arrimando el ascua a su sardina con este asunto. Mientras los demás nos hacemos cruces al ver en qué manos estamos para mantenernos a salvo de las maldades del terrorismo islámico, ellos ya están pidiendo que declare en el Congreso el agente chapucero, primer paso, intuyo, para intentar demostrar que España, no contenta con robarnos, decidió que había que empezar a asesinarnos.
Personalmente, me cuesta ver algo que vaya más allá de la chapuza en esta triste historia. Me entristece un poco ver cómo trabaja nuestro Estado, pero la cosa tampoco me sorprende, ya que precedentes no nos faltan precisamente.
Mucha gente se llevó las manos a la cabeza con las andanzas del GAL. Yo me las llevé por las tendencias chapuceras del subcomisario Amedo, aquel poli corrupto que se pasaba la vida en el bingo.
Las trapisondas de Luis Roldán me parecieron lamentables, pero no tanto como aquel reportaje de Interviu en el que aparecía ese ladrón en calzoncillos, disfrutando de una orgía cutre a más no poder.
El comisario Villarejo, el hombre de la gorrilla y la carpeta delante de la cara, es un personaje digno de las aventuras de Torrente. Y así sucesivamente.
Como en España no nos tomamos en serio las políticas de Estado, pasa lo que pasa, que le acabas soltando 500 euros mensuales a un sacamuelas de Ripoll que igual se los gasta en temporizadores.
Y lo peor de todo esto es que les damos armas a los indepes para que sigan dando la turra con lo de que la fregoneta de la Rambla la conducían Mariano Rajoy y la princesa Leonor (o algo parecido).
Entre la propinilla del CNI y la laxitud del tipo que se suponía que vigilaba a Abdelbaky Es Satty, vamos a tener indignación de Junts, ERC y la CUP para rato. Todo por una gestión chapucera de los servicios de inteligencia, que aquí han estado a la altura de Pepe Gotera y Otilio, dando opción a un cambio de nombre que haga pasar a la agencia de CNI a la TIA de Mortadelo y Filemón.
La chapuza puede ser ideal para el cine y los tebeos, como demuestra la obra de Berlanga o la de Ibáñez, pero en la vida real resulta deprimente, peligrosa y, gracias a las alharacas de los independentistas, hasta cansina.