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Prat de la Riba, el padre de la patria

El político vallesano refundó el catalanismo impulsando el salto del regionalismo catalán al nacionalismo a principios del siglo XX

Prat de la Riba, el padre de la patria
08.04.2018 00:00 h.
7 min

Enric Prat de la Riba está considerado como el padre de la patria, el creador del nacionalismo catalán moderno. Nacido en el pueblo vallesano de Castellterçol en 1870, en el marco de una familia payesa acomodada, se licenció en derecho en la Universidad de Barcelona el año 1893 con una carrera académica muy brillante. Se doctoró en Madrid en 1898. Se casó con Josefina Buchs en 1905. Tuvo cuatro hijos en su matrimonio. Su obra intelectual, aparte de su labor periodística (especialmente intensa en La Veu de Catalunya), tiene como hitos fundamentales su Compendi de la doctrina catalanista (1894), escrito con Pere Muntanyola, y su clásica La nacionalitat catalana (1906), reeditada infinidad de veces.

Prat, un intelectual sólido, primó especialmente su dedicación a la política activa. Tras su primera inmersión en el Centre Escolar Catalanista, fundado por Valentí Almirall, Prat militó en la Unió Catalanista, viviendo las diversas peripecias de divisiones y escisiones de la política catalana a fines del siglo XIX. En 1901 contribuyó decisivamente a la fundación de la Lliga Regionalista, el partido de Cambó i Puig i Cadafalch. Sería Presidente de la Diputación Provincial de Barcelona, de donde emergería como presidente de la Mancomunitat de Catalunya en 1914, cargo en el que sería reelegido tres años después. Creó el Institut d'Estudis Catalans y dedicó su corta vida (murió a los 46 años) a una intensa actividad político-cultural que contrasta con su frágil salud, con graves problemas de tiroides. Fue el primer catalanista que, como dice Pla, superó la imagen arquetípica de los catalanistas que según el ampurdanés se caracterizaba por su fama de un poco grillats (chiflados). Al contrario, hizo que el imaginario catalanista tocara realidad y los sueños e ideales se hicieran posibles, factibles, y ello porque vivió a caballo del 98 español con los vaivenes políticos del Gobierno de Madrid traumatizado por las peripecias de la pérdida colonial. El fracaso imperial español estimuló el sueño imperial catalán a partir de lo que Ucelay ha llamado "la conquista moral de España".

Referente del nacionalismo contemporáneo

Prat de la Riba dio el salto del regionalismo al nacionalismo catalán. Definió por primera vez la nación catalana en base a cuatro fundamentos: la lengua, el arte, el derecho, y la política en la que contaban decisivamente los intereses proteccionistas de la burguesía catalana. Colaboró con todos los que pudieran servir a su objetivo estratégico de convertir la idea de nación catalana en proyecto político concreto. La primera plasmación de ese proyecto fue el Memorial de Greuges de 1885 y la culminación de sus expectativas radicó en las Bases de Manresa de 1892. El memorial se dirigió al rey Alfonso XII reivindicando la lengua catalana, defendiendo el proteccionismo y el derecho catalanes y suspirando nostálgicamente por el imperio Austro-húngaro, aquel austracismo derrotado en 1714. Las Bases de Manresa, elaboradas después de la ruptura del catalanismo (la línea federalista de Almirall se enfrentó a la propiamente catalanista de Prat), se erigieron en el reflejo de las expectativas del nacionalismo postulado por Prat. Se reivindicaba que "la llengua catalana será la única que ab carácter oficial podrá usar-se a Catalunya i en les relacions d'aquesta regió ab lo poder central", se establecía la reserva para los naturales de Cataluña de los cargos públicos, la garantía de unas cortes anuales elegidas por sufragio corporativo, servicio militar voluntario, un cuerpo de orden público propio, así como una moneda también propia.

La experiencia de la Semana Trágica de Barcelona acabó desarticulando los sueños neoaustracistas de Prat, vinculando a la burguesía catalana con el tantas veces despreciado Estado español, garante de una paz social puesta en cuestión. Madrid había suscitado los comentarios más despectivos de Prat de la Riba, que fustigó la supuesta indisciplina, la pobreza del pueblo castellano, lleno de vagos, parásitos, logreros, y funcionarios.

Por otra parte, Prat de la Riba siempre tuvo presente la necesidad de internacionalizar Cataluña. En 1897 lanzó un "mensaje al rey de los helenos" en el que comparaba la situación de Creta, sometida a los turcos, y la de Cataluña dominada por los castellanos. Católico ferviente, intentó siempre marcar distancias con el tradicionalismo integrista de Torres i Bages, autor de La tradició catalana (1892), apostando por la modernidad estratégica catalana que le librara de la dependencia de la nostalgia foralista. No siempre desde luego se libró de los postulados etnicistas de amigos suyos como el alcalde de Barcelona, doctor Robert. Prat jugó siempre a la bisagra como ha dicho Ucelay, entre católicos y republicanos, ultramontanos y anticlericales, "siempre que se sintieran llamados a la unificación por su apego a la vida asociativa y por lo tanto a una sociabilidad que en último extremo era expresión de catalanidad". Cambó, D'Ors y tantos otros políticos hasta el pujolismo de los años 80 y 90 del siglo XX no han sido sino reformuladores del viejo programa de Prat de la Riba. De Rovira i Virgili a Cattini, todos los historiadores que han escrito sobre él (quizás con la excepción de Izquierdo Ballester) le han tributado elogios, quizá marcados por el aura de su condición de fundador, de padre de la patria catalana contemporánea.

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