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Empúries y el origen de Hispania

El nacionalismo ha utilizado el yacimiento arqueológico para vender el helenismo como fundamento de una Cataluña diferenciada en sus orígenes del resto de la península

Las ruinas grecorromanas de Empúries, Girona
30.09.2018 00:00 h.
6 min

Si hay un yacimiento arqueológico en Cataluña cartografiado hasta límites impensables, que ha sido estudiado con todo detalle y ha recibido miles de ayudas públicas para su conservación y museificación, ese es Ampurias o Empúries, tanto da. En un magnífico y reciente estudio de Francisco García-Alonso y Gloria Munilla sobre los orígenes del turismo arqueológico en Cataluña, se sitúa a Empúries como el punto de partida de este fenómeno, pero no por un objetivo de reactivación de ese sector económico sino por un proyecto de construcción nacional.

En 1908 se iniciaron las excavaciones en ese emplazamiento gracias a las gestiones de Prat de la Riba y se culminaron con el fin esperado: el origen de Cataluña estaba en la civilización clásica griega. El turismo arqueológico, impulsado desde 1909 por Puig i Cadafalch y al que se sumaron asociaciones excursionistas e instituciones de todo tipo, confirmaron la validez del discurso nacionalista​ sobre la historia antigua: el helenismo como fundamento de una Cataluña diferenciada en sus orígenes del resto de la península. Es comprensible que la llama olímpica en los Juegos de 1992 no vienese directamente a Barcelona sino que desembarcase en este mitificado lugar de la costa del Alt Empordà.

Empúries ha sido y es en un símbolo del punto de llegada de la civilización griega, pero también en una síntesis de la historia de las culturas mediterráneas: constantes intercambios humanos, culturales y mercantiles. Los primeros navegantes llegaron procedentes de la ciudad griega de Focea alrededor del año 600 a. C. y de su colonia Massilia (Marsella). Como otros pueblos comerciantes del momento, no ocupaban militarmente el territorio sino que establecían intercambios mediante trueques con la población indígena desde un enclave costero o emporio, que primero ubicaron en el antiguo islote de Sant Martí d’Empúries (Palaiapolis), y después trasladaron a tierra firme, donde fundan la polis de Emporion (Neapolis), en un proceso de mestizaje entre foceos y nativos.

Los poblados ibéricos del entorno y la colonia griega, que romperá económicamente con la cercana Massalia, comerciarán exportando cereales a las ciudades griegas hasta que la caída de Atenas en manos del imperio macedónico, debilite esos contactos. A partir del siglo III a. C., los iberos mirarán a la pujante Roma como un nuevo y potencial cliente. En el enfrentamiento entre romanos y cartagineses, Emporion se convertirá en un lugar decisivo con el desembarco romano en el 218 a. C. dirigido por Escipión, clave en la victoria final romana en la última guerra púnica. No todo fue un paseo, en el año 197 los iberos se rebelan contra el dominio republicano. La derrota indígena y la ocupación militar supondrá la creación de Emporiae, un nuevo asentamiento colonial de veteranos, limítrofe con la ciudad habitada por hispanos y griegos.

Con la presencia romana, la Neapolis conocerá su época de mayor esplendor por la influencia helenística, se construirán las murallas ciclópeas, el foro y el templo dedicado al griego Asclepios o al sincrético Serapis. Incluso a principios del siglo I a. C. se edificarán nuevos espacios urbanísticos que apuntan, sin embargo, a la existencia de dos núcleos separados entre romanos e indígenas. No será hasta el 36 a. C. cuando se constituya un municipio en el que se unen las ciudades romana y griega, que a su vez estaban en permanente contacto con la chora, un área de captación de recursos formado por poblados íberos en un radio de unos 20 kms. Pese a todo, hispanos y griegos serán promovidos a la ciudadanía romana. Empúries fue el primer foco de romanización de su entorno más cercano, de la costa levantina e, incluso, de la península ibérica. La decadencia vendría más tarde, en la época paleocristiana y visigoda.

Entre las miles de páginas escritas e ilustradas sobre los emplazamientos de Emporion y Emporiae, destacan las lúcidas palabras que le dedicó Eduardo Ripoll Perelló en una brevísima guía publicada por primera vez en 1969, y en la que describía las ruinas y el museo: “Por este lugar la Iberia primitiva tomó contacto con el mundo clásico griego y romano, y de él absorbió los elementos de civilización que la hicieron evolucionar y hasta convertirse en Hispania”.

Muy pocos deben ser los niños y jóvenes catalanes que no hayan visitado en alguna ocasión el conjunto arqueológico --declarado por la Segunda República Monumento Histórico-Nacional-- y su maravilloso entorno --protegido por sendos decretos franquistas de 1962 y 1972--. No estaría de más que en un alarde de síntesis y con cierto humor les recuerden en dichas visitas que Empúries fue la primera y mejor Hispania, y lo demás tierra conquistada.

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