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Una niña enseña a usar un smartphone a su abuela / PEXELS

¿Por qué es "un deber" compartir los conocimientos tecnológicos?

La brecha digital puede aumentar la desigualdad, pero para remediarlo es necesario un acompañamiento acorde con las necesidades de cada persona

10 min

La pandemia y el confinamiento han puesto de manifiesto el potencial de las nuevas tecnologías para poder seguir haciendo una vida “normal” --trabajar, asistir a clase, consumir cultura-- pero también ha disparado el aumento de la distancia social y ha supuesto la pérdida de oportunidades para aquellas personas que no tenían acceso a ellas.  Ante este estado de efervescencia tecnológica, que por un lado abre un abanico de oportunidades para mejorar el acceso a servicios fundamentales, como educación, sanidad o educación, pero que por otro no llega por igual a todos los colectivos, ¿cómo puede superarse esta brecha digital?

“Formación, formación, formación”, insistía Eva Vidal, profesora y experta en el impacto social de las TIC de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), en una conferencia online celebrada a mediados de abril en el Palau Macaya de Barcelona. Vidal, que se define a ella misma como una “tecno-optimista”, considera que la tecnología ha sido clave para obtener mejoras “en todos los aspectos que nos hacen humanos: educación, salud, participación ciudadana”, y precisamente por ello “no nos podemos permitir que se convierta ahora en una forma de agravar la desigualdad que ya existe. El último estudio elaborado por la plataforma Mobile World Capital señalaba que la brecha digital en Barcelona aparece con fuerza en los barrios de renta baja, con mayor incidencia entre los ciudadanos entre 65 y 74 años, con un bajo nivel educativo y que se dedica a tareas del hogar o está en el paro.

“No es solo un problema local, es un problema global”, insistió Vidal durante la charla, recordando que la única manera de acabar con esta desigualdad es apostar por la formación entre los afectados, desde los barrios pobres de Barcelona a los colectivos de mujeres y gente mayor, o países africanos, que además de sufrir la brecha digital, “se han convertido en el vertedero de nuestros residuos tecnológicos”, recordó.

Una chica enseña a su abuela a usar un teléfono móvil / PEXELS
Una chica enseña a su abuelo a usar un teléfono móvil / PEXELS

Un deber de todos

Una de las figuras más representativas en la lucha por reducir la brecha digital en España es Yolanda Rueda, presidenta de la Fundación Cibervoluntarios, organización sin ánimo de lucro que fundó ella misma en 2001 con el objetivo de conseguir “que todas las personas tengan, por igual, la oportunidad de acceder, conocer y utilizar las tecnologías como medio para mejorar cualquier aspecto de su vida y/o la de su entorno”, según puede leerse en la web.

“Cuando estaba acabando la carrera de periodismo una persona me dijo: mira aquí. Era internet, y me abrió un mundo lleno de posibilidades”, recordó Rueda durante la charla en el Palau Macaya. Su fascinación por internet y las TIC la llevaron a crear primero las campus party, una serie de eventos que se hicieron conocidos en Málaga por estar siempre a la vanguardia de las TIC. Más adelante, cuando empezó a hablarse de la brecha digital, Rueda recuerda que “no podía creerme que la tecnología estuviera creando división, porque precisamente la tecnología era la herramienta para eliminar la brecha en muchos otros sentidos, como participación, educación o salud. “Me sentí una privilegiada y con la obligación de dar a los demás la misma oportunidad”, explicó. Así nació Cibervoluntarios, organización que hoy tiene más de 1800 voluntarios, una media de 80 actividades semanales y llega a más de sesenta mil personas de forma anual, lo que la convierte en la red de voluntarios más grande del mundo, según la activista malagueña.

“Trabajamos en grupos pequeños, colaborando con cerca de mil instituciones, desde universidades y gobiernos, a centro cívicos, bibliotecas, residencias de mayores o colectivos de mujeres en zonas rurales. La cercanía es lo que nos hace diferentes”, explicó Rueda, convencida de que sin voluntarios tecnológicos no se puede acabar con la brecha digital. “Dentro o fuera de nuestra organización, cualquier persona con conocimientos tecnológicos tiene la obligación de enseñarlos a otra persona. Porque igual le estás enseñando una forma de no estar solo o de abrir un negocio. Creo que es un deber de todos”, añadió.

Una persona mayor consulta su movil / PEXELS
Una persona mayor consulta su movil / PEXELS

De acuerdo con las cifras proporcionadas por la presidenta de Cibervoluntarios, antes del Covid había en el mundo 3.600 millones de personas sin acceso a internet. De ellas, 13 millones estaban en España, según cifras de la Secretaría de Estado para el Avance Digital. Sin embargo, “lo que nos hace estar en la cola no es la falta de cobertura, sino la falta de acceso y de competencias en este campo”, dijo, refiriéndose a lo que ella llama la “vulnerabilidad digital” de las personas. “Alguien puede tener el ordenador o móvil más potente del mundo, pero si no sabe como usarlo, no está accediendo de forma segura o está leyendo fake news, o no sabe detectar un discurso de odio, de poco sirve. Hay que hablar de una doble brecha, que tiene que ver con el contenido, de ver como tú eres capaz con estas competencias de apropiarte de la herramienta para poder aprovechar todas las oportunidades que te ofrece”, añadió.

¿Cómo atraer la atención de los abuelos?

Para Vidal, es evidente que la “vulnerabilidad” digital afecta de forma diferente a cada colectivo. “A la generación de mis padres, por ejemplo, la tecnología les da miedo y respeto, mientras que a mis hijos, adolescentes, no les da ningún miedo ni respeto porque son nativos digitales. Y eso tampoco está bien, porque a pesar de saber manejarse bien, no ven nada, no miran las cookies, a todo dicen que sí...”, explicó la experta de la UPC, defensora de que los ingenieros deben asumir una mayor responsabilidad a la hora de desarrollar las nuevas tecnologías y tener en cuenta los diferentes colectivos minoritarios que harán uso de ellas, como por ejemplo, la aplicación para hacer la declaración de la renta online. “Mi padre sabía hacerla en un Excel, pero ahora se pierde”, bromeó la profesora de la UPC.

Un hombre mayor usa su teléfono / PEXELS
Un hombre mayor usa su teléfono / PEXELS

Por otro lado, hay que apostar por la formación, no solo para poder usar la tecnología, sino para utilizarla con consciencia: “Hemos de enseñar a la población a consumir contenido de forma segura, a ser conscientes del uso que hacen las empresas o los grupos políticos con nuestros datos”, dijo Vidal.

Rueda insistió en que esta formación debe adaptarse a las necesidades de cada colectivo para que sea efectiva: “¿Para qué vas a querer enseñar Excel y Access a un grupo de abuelos de un pueblo rural?”, se preguntaba la fundadora de Cibervoluntarios. Según Rueda, se motivarán mucho más si empiezan aprendiendo a usar el Google maps para ver el pueblo de Alemania donde vive un nieto o, en el caso de tratarse de una asociación de mujeres con fibromialgia, enseñarles a usar las redes sociales para comunicarse con otras afectadas. “Es evidente que la brecha digital afecta más a mujeres que hombres”, se lamenta la activista malagueña. Desde su organización impulsan varios programas específicos destinados a mujeres, como Digitalizadas, un proyecto pensado para que las mujeres de las zonas rurales adquieran habilidades tecnológicas que favorezcan al desarrollo de negocios o a conciliar la vida familiar y profesional, y de paso ayudar a frenar el efecto de la España vaciada.

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