Ernest Maragall: el social-chovinista matón

Josep Maria Cortés
9 min

En un avanzado rincón de Europa, tu pasado te sale al encuentro. La deriva nacional del socialismo catalán tiene su cumbre en Ernest Maragall, el hombre sin discurso que conjuga romanticismo y matonismo patriótico. Basta recordar su mal café mostrado en aquel último discurso de veterano en el Parlament o la cara de mala leche que se le puso cuando perdió su debate dialéctico frente a García-Margallo en el programa Preguntes freqüents de TV3.

El principio de Ortega --"España es el problema y Europa la solución"-- sobrevuela la cárcel de Neumünster, cuando el prestigioso penalista germánico Wolfgang Schomburg asegura que “la solución del caso Puigdemont, que renuncia al fin a su acta de diputado, está en el Ministerio de Justicia alemán, no en los tribunales”. Pero Merkel, en otro tiempo führering, está callada porque los problemas de un país miembro de la UE no se pueden ventilar en medio de la Unión. No habrá solución europea por mucho que la haya pedido The New York Times. “Pedimos a los alemanes que tengan un detalle con Cataluña y no extraditen a Puigdemont, para que la cosa no vaya a más”, señala un editorial del prestigioso diario norteamericano, en su edición del pasado miércoles.

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La historia del continente nos enseña que del socialismo débil de la primera mitad del siglo pasado nació en parte el ascenso del nacionalsocialismo. Sin querer herir a dirigentes de gran calado moral que ya no están con nosotros, como Joan Reventós o Ernest Lluch, aquel PSC de la Transición se fue reblandeciendo, enfermó de tercerismo y acabó promoviendo el nacionalismo estatutario del lustro 2005-2010, que ha dado lugar a la camarilla social-chovinista de Ernest Maragall, reunida en Mes, un pequeño club de opinión pegado a la faltriquera de Oriol Junqueras​. Es un remedo reduccionista enfocado hacia un sistema de dominación autoritario en el que el pueblo y la instancia política se fusionan en la nación, como concepto excluyente.

Maragall, el Tete, ha ido más lejos que Eduard Bernstein. A este último se le reconoció el dudoso mérito de haber entregado el programa de la Segunda Internacional a los nacionalistas alemanes; y, por su parte, Ernest pasará a la posteridad como un pretor de Villa Tiberina que vendió la conciencia de clase al catalanismo esencialista dispuesto a señorear el país después de haberlo hundido. En estas coordenadas, no resulta extraño que haya sido un político xenófobo, como el cofundador de Alternativa para Alemania (AfD), Bernd Lucke, el primero en visitar al expresident en Neumünster. El AfD es hoy el principal peligro para Europa; un partido con 90 diputados ultras, erigido en la segunda fuerza del Bundestag. Esta visita sigue una estela de amistades peligrosas, iniciada entre Artur Mas con el italiano Roberto Maroni de la Liga Norte, un partido antieuropeo, xenófobo y facha. Maroni menudeó las visitas al Palau de la Generalitat de Mas, cuando CiU sucumbía bajo los cascos de la caballería ligera de Francesc Homs, Felip Puig, Oriol Pujol o Germà Gordó. Y no es por nada, pero da gusto recordar que Jordi Pujol nunca recibió a Umberto Bossi, el jefe de Maroni, porque el exhonorable fue un político de fuste (también es amante frondoso del dinero de otros, piccolo sbaglio), que conoció el palo en tiempos del general.

Cuando la propaganda nacionalista entienda que no habrá solución europea, a los cuarteles generales de la patria solo les quedará el dolchstoss, el concepto que utilizó el Reich germánico para atacar a los judíos y marxistas que habían “apuñalado a la patria”. Abandonado a su suerte por los aliados, el procés inventa ahora al enemigo interior. La propaganda nacionalista confunde realidad y verdad; o lo que es lo mismo “fabrica esa verdad antes llamada mentira” (Hannah Arendt, en su libro Las semillas de la internacional fascista). Además de su quinta columna, toda nación que se precie tiene tierra natural por conquistar, como dijo en varias ocasiones Heribert Barrera, padre del soberanismo eugenésico y maestro de Junqueras en el arte del supremacismo, el subidón que desdeña a la España de charanga y pasos de Semana Santa. Para este segundo eslabón, el país tiene a mano los Països Catalans, como los alemanes tuvieron la doctrina del lebensraum, o espacio vital exigible, que justificó sus golpes de mano en Austria y Chequia.

Ernest Maragall, el diputado más veterano del Parlament, podría acabar siendo investido president

Ernest Maragall, el diputado más veterano del Parlament, podría acabar siendo investido president tal como se ha dicho estos últimos días. Encaja con el perfil de independiente (sin partido) pegado a ERC y bendecido por Junqueras. Sería más o menos un presidente sietemesino porque se mantendría en el cargo solo hasta que Llarena decrete el juicio oral de los 25 implicados en el procesamiento. El cargo le vendría como anillo al dedo a un hombre que habla a diario de la causa general contra Cataluña sin recordar los desdobles delictivos del procés.

No milita en ERC, lo que le ayuda a la hora de recibir el plácet de JxCat. Le basta el examen ya aprobado de Junqueras, Rovira y Pere Aragonès; cuenta con los Comuns de Xavier Domènech y puede permitirse dejar a un lado al PSC. Pero tiene la oposición silenciosa de Elsa Artadi. Esta última juega la carta de la lista de espera: aplazará al máximo un acuerdo de Govern presidido por Maragall para esperar que corra el turno y le toque la investidura a Ferran Mascarell, un hombre con el que tiene especial empatía. Mientras tanto, la detención de Puigdemont madurará el entorno. Es el refugio que busca el antipolítico Rajoy, metáfora del orden circular creado por Camus en El Extranjero, donde el poder defiende de los intrusos a los habitantes de la ciudad preservada por la ley. El PP ha creado un país sin dialéctica que depende de los tribunales y de los que delinquen porque ellos mismos, al desbordar los límites constitucionales, levantan los muros de su prisión. Pero la astucia del gallego tiene también algo de ceguera. Moncloa parece ignorar que más allá del ritmo de los hechos, los indepes negocian y renegocian hasta el paroxismo. Estos días de crespones lila, capirotes y nazarenos, el Govern hipotético del Tete ha decidido su composición y ha limitado el terreno de sus alianzas al señalar al PSC de Iceta como parte del engranaje judicial represivo. Artadi saca tajada y QuimTorra, el ideólogo del nuevo procés por reducción a la nada, pone condiciones. Es el détour-retour del pantallazo de Pascua.

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¿Quién es... Josep Maria Cortés?
Josep Maria Cortés

Periodista de economía, realizó una parte importante de su carrera en El País y en los últimos años ha colaborado con La Vanguardia, Catalunya Ràdio y ED. Antes, desempeñó el cargo de director en Barcelona de la consultora multinacional de la comunicación Porter Novelli. Fue durante cinco años analista semanal en el programa Bon dia, Catalunya de TV3. Inició su carrera profesional en El Noticiero Universal y en El Correo Catalán, perteneció a la plantilla fundacional de TV3 y fue el primer corresponsal en Barcelona del diario financiero Expansión. Ha publicado, como autor y coautor, varios libros de investigación periodística, entre ellos, Memoria de Catalunya, del regreso de Tarradellas al pacto Pujol-Aznar (Taurus) o Los yuppies de Pujol llegan a la cima (ED).

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