TV3 y la pistola de Tejero

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Después de unas semanas ausente de nuestra comunidad autónoma, he hablado sobre la situación política actual con alguien en cuyo criterio tengo la máxima fe. Es un prestigioso analista, figurón de un periódico barcelonés de solera, corresponsal en Washington durante largos años, ahora ya en edad de jubilación, "pero no me pienso retirar ni como hombre ni como periodista", me dice; "seguiré todo el tiempo que pueda en esta carrera de ratas. Jubilarse es un error terrible, el primer paso hacia la debilidad mental". El prestigioso analista, que como se verá es un poco botifler, me pide que preserve su anonimato pues no tiene ningunas ganas de que le insulten en las redes, la aborden en la calle, etcétera: es ese gran temor a la masa, aciaga característica de nuestra vida social e intelectual.

Una vez le he garantizado la confidencialidad, el prestigioso analista observa que "desde que se aplicó el 155, en Barcelona se respira mucho mejor. Con el imperio de la ley ha vuelto la serenidad. Siguen fugándose a diario las empresas, pero es posible que esa pérdida tan lamentable esté disminuyendo y cese pronto. Las mentiras pregonadas en público siguen emitiéndose, pero en general han perdido credibilidad, el desengaño entre sus seguidores ha sido muy grande".

El prestigioso analista enciende un habano, Robusto de Partagás, o a lo mejor es un Romeo y Julieta, y prosigue su monólogo: "De hecho cada vez somos más los que pensamos que el 155 es un estado de las cosas más que aceptable. Si es verdad, como dicen los separatistas, que el Parlament es de fireta, y que la autonomía es insignificante, ¿para qué mantenerlos operativas? Si no fuera porque el presidente del Gobierno se comprometió a mantener el 155 sólo hasta que se celebren las próximas elecciones, prolongar la intervención del Estado durante unos meses más sería estupendo. O mejor aún: dos o tres años".

"Prolongar la intervención del Estado a través del 155 durante unos meses más sería estupendo. O mejor aún: dos o tres años", me dice un prestigioso analista de un periódico barcelonés de solera

--¿Usted cree? --le pregunto--. ¿No le parece que las soluciones excepcionales, cuanto más breves, mejor?

--Al contrario: lo que funciona no hay que tocarlo. Debería prolongarse la intervención actual durante el tiempo suficiente (ya le he dicho que lo idea serían dos o tres años) para asegurarnos de que las tentaciones caprichosas de los golpistas han cesado completamente, y aprovechar estos momentos de sentido común y de confusión entre rufianes y zascandiles para extender la actuación del Estado a varios campos especialmente delicados.

Cuando ha dicho esto ya me he imaginado que se referiría a TV3, pero me ha sorprendido hablándome, primero, de los Mossos:

--La sospecha, de la que se han hecho eco los periódicos estos días, de que la policía autonómica, o por los menos algunos miembros y mandos de ese cuerpo, espiaron los movimientos de los líderes del PP y de la Guardia Civil, y de que durante el día del referéndum​ ilegal se comportaron con deslealtad, habrá de ser sustanciada ante el juez, pero de momento es verosímil y preocupante. Un Estado serio no puede arriesgarse a que en futuras ocasiones delicadas los funcionarios armados de diferentes cuerpos estén descoordinados e incluso enfrentados. Ese peligro quedaría conjurado poniendo a los Mossos bajo el mando de la Guardia Civil permanentemente.

--¡Hombre, Jordi, qué cosas tienes, eso sería una barbaridad!

Vaya, se me ha escapado que el nombre del prestigioso analista es Jordi. Pero que nadie se llame a error, por favor: aunque mi Jordi haya estado de corresponsal en Washington, no tiene nada que ver con otro Jordi (de apellido que empieza por B), que acaba de regresar de allí y que, a diferencia del mío, es un patriota de pedra picada.

"Un Estado serio no puede arriesgarse a que los funcionarios armados de diferentes cuerpos estén enfrentados. Ese peligro quedaría conjurado poniendo a los Mossos bajo el mando de la Guardia Civil permanentemente", señala el analista

--¿Por qué? De barbaridad, nada --insiste mi Jordi--. Piénsalo bien, medita, y me haces una redacción de dos folios sobre el tema. Me la traes la próxima vez que nos veamos y le pondré nota. Y ahora acércame un cenicero.

Le doy el cenicero, donde deja caer una densa mota de ceniza del habano, de un color gris luminoso, y dice:

--El segundo punto delicado que podría abordarse con un 155 más prolongado sería, desde luego, TV3. Porque dejarla tal como está es lo mismo que detener a Tejero y dejarle la pistola.

--En esto quizá sí que te daría la razón. Aunque, como tú mismo dices, es un asunto muy "delicado".

--El tercer punto es, por supuesto, depurar el sistema educativo. Desde los colegios hasta las universidades. Eso hay que fiscalizarlo mejor si no queremos que el 47% de desafectos de hoy se conviertan en un 60% dentro de muy pocos años...

Y la eminencia analítica, Jordi, sigue hablando, emitiendo ideas que no me atrevo, por ahora, a poner sobre el papel...

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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