Esa superioridad británica que conocemos tan bien

Ignacio Vidal-Folch
7 min

Me gusta a veces leer The Guardian, es un diario de calidad admirable; pero et in Arcadia ego, también allí se cuelan de vez en cuando portavoces del caos, liantes considerables como Jonathan Powell, que fue jefe de gabinete de Tony Blair desde 1995 hasta 2007 y que en vez de seguir empeñado en enredar en el escenario internacional acaso fuese mejor que rindiese cuentas, en compañía de su jefe, de su responsabilidad en la guerra de Irak. A trancas y barrancas Blair ya admitió que las “armas de destrucción masiva” que fueron la excusa que Bush y él inventaron para convencer a la opinión pública occidental de la necesidad imperiosa de aquella campaña criminal de desestabilización de Oriente Medio no existían. Eran una superchería de sus servicios secretos o un “error” de información. Pero pelillos a la mar, los muertos a la fosa y Powell a la pomada.

Aunque me dan ganas de recordar que el ministro japonés Shoichi Nakagawa se suicidó sólo por haber comparecido en público en estado de embriaguez y que si Blair y su fiel escudero Powell tuvieran un poco de dignidad hace mucho tiempo que hubieran seguido su ejemplo, no les pido que sólo porque sean culpables de un desafuero algo más grave que el del respetable, honorable señor Nakagawa, sigan tan alto ejemplo.

Pero si aquella catástrofe iraquí no la cometieron adrede sino inducidos por su torpeza y por informes falsos, por lo menos hubieran debido esconderse en algún apartado confín donde nadie les conociera, acaso en alguna aldeúcha  de la costa escocesa, y reciclarse en pescadores de percebes, bajo los seudónimos de Mister Smith y Mister Brown, por ejemplo.

Powell olvida que conviene negociar con el enemigo cuando éste es aún capaz de hacer daño pero que es innecesario y negativo hacerlo con el que se ha rendido

En vez de eso van por los cinco continentes vestidos de pacificadores con sus estupendos trajes de Savile Row y dando lecciones de paz a los países que no han llegado al nivel de delicadeza democrática de la Gran Bretaña, que son todos los del mundo.

El pasado 4 de mayo, Powell publicaba en The Guardian un artículo especialmente buenista y dañino ponderando un insignificante y masturbatorio ritual --la celebración de la disolución de ETA en Cambo-les-Bains-- en el que participaron él, el terrorista jubilado Gerry Adams y otros “mediadores” que en su día convocó ETA-Batasuna para negociar con el Gobierno de España (con resultado cero).

En su artículo Powell atribuye el desistimiento de ETA en 2011 a “un trabajo paciente, particularmente de los líderes políticos de la izquierda independentista”, y culpa --¡no faltaría más!-- a Rajoy​ de haberse negado, desde entonces, a negociar con la banda terrorista o con sus restos harapientos. Olvidando, o callándose, que ya habían negociado hasta la extenuación los Gobiernos de González, de Aznar y de Zapatero, con resultados frustrantes, aunque no estériles, desde luego; y olvidando que conviene negociar con el enemigo cuando éste es aún capaz de hacer daño pero que es innecesario y negativo hacerlo con el que se ha rendido; y olvidando que lo decisivo en la rendición de ETA no fueron las sucesivas negociaciones con sus portavoces políticos, sino precisamente su acoso e ilegalización por iniciativa del juez Garzón, además de otros tres factores igualmente decisivos: uno, la colaboración policial de Francia liquidando el “santuario”; dos, los movimientos cívicos que cambiaron la atmósfera de complicidad y sometimiento de la sociedad vasca (movimientos cívicos por cierto muy denostados por la agitprop del nacionalismo catalanista); y tres, la cada vez más eficiente represión policial que puso fuera de circulación a todos los comandos y a los sucesivos líderes, y que culminó con las caídas de Thierry en 2008 y Txeroki en 2009.

Ahora, contumaz en el error y convocado por Cocomocho, Powell se ofrece a mediar en el “conflicto catalán” mientras reprende severamente al PP su tosquedad carpetovetónica

A pesar de sus denodados esfuerzos, Powell no logró ocupar una plaza airosa en el prolongado final de ETA. Ahora, contumaz en el error y convocado por Cocomocho, se ofrece a mediar en el “conflicto catalán” mientras reprende severamente al PP su tosquedad carpetovetónica. Para conflictos nacientes, dice, el approach del Gobierno español en Cataluña “puede llevarnos a otro periodo de violencia política precisamente cuando termina el vasco. Si las herramientas usadas para afrontar la crisis son sólo encarcelamientos, dureza legal e imponer el mando directo de Madrid, hay un peligro. Sin intentos de abrir un diálogo político con las fuerzas proindependentistas, no habrá solución política”.

“Espero que los acontecimientos de hoy en Cambo-les-Bains sirvan como lección para líderes políticos en Europa y en otros sitios...”, concluye, en un fascinante ejercicio de lo que el historiador Henry Kamen definió como “esa típica superioridad británica que conocemos tan bien”.

¡Los “acontecimientos” de Cambo-les-Bains, en los que Powell participa, un ejemplo mundial! ¿Ejemplo de qué? Acaso ejemplo de esa soberbia característica de cierta casta británica cuya opinión no sería tan lamentable si no se publicara en un medio tan influyente y, peor aún, en un medio que a veces leo yo en busca de informaciones nuevas y análisis sutiles y no de tópicos repentistas, desinformados y cabe sospechar que financieramente inducidos.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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