Recuerdo como uno de los mayores acontecimientos de mi vida el día en que mi dulce madre me trajo el primer fascículo de la célebre enciclopedia coleccionable Dinosaurios, publicada por Planeta Agostini, allá por 1993.

Eran los tiempos próximos al estreno de Jurassic Park (película que fui a ver con ni tan siquiera ocho años cumplidos), y la dinomanía invadía los televisores, los patios de las escuelas, los cromos de Bollycao o las figuras de Danone.

Aunque desde mi más tierna infancia tuve inclinación por el Parasaurolophus, más que por el Tyrannosaurus o el Triceratops, sin perjuicio de que Steven Spielberg popularizara, y cuasi a todos atrajera, con sus Velociraptors (en verdad, por sus dimensiones, debieron ser Deinonychus, o incluso, especímenes, fantaseados, de Utahraptor), una imagen, y a la vez sueño, que tenía en mente desde hacía mucho tiempo (quizá motivado por verlo en la propia enciclopedia citada) era poder ver, como así aconteció años después, el famoso diplodocus del Museo de Historia Natural de Londres (auténtico santuario de la ciencia universal, como bien pudiere haber sido el Museo del Prado si se hubieren cumplido los planes de Carlos III).

¡Qué “decepción” cuando descubrí, después de visitar Londres que el ejemplar, “Dippy”, era, en verdad, una réplica y no un fósil original!

El diplodocus fue un dinosaurio saurópodo (“cuellilargo”) que vivió a finales del periodo Jurásico (hace entre 154 y 152 millones de años). Rondaba los treinta metros de largo, y otros tanto de peso, y estaba provisto de una larga cola cual látigo. Convivió con Stegosaurus, entre otras especies, y los especímenes jóvenes, viejos o enfermos eran presa del célebre Allosaurus.

Se trata, sin duda alguna, de una de las especies de dinosaurio más conocidas y, de hecho, en el imaginario colectivo el propio nombre se ha convertido en un vocablo popular para tildar a algo como gigantesco o excesivo. Aunque no fue el primer espécimen que se encontró, la especie más conocida es el diplodocus carnegii en honor de Andrew Carnegie, expuesto en el Museo Carnegie de Historia Natural de Pittsburgh (Pensilvania, EEUU).

“Dippy”, así como el ejemplar expuesto en el Museo Nacional de Historia Natural de Madrid, o los expuestos en París o Bolonia… son moldes del espécimen del museo de Pittsburgh donados precisamente por el magnate del acero, Andrew Carnegie, a los principales museos y naciones del mundo para mayor gloria suya, y de su nación. El regalo en sí, fue recibido con gran expectación allende los mares, y el suceso no está desprovisto de importancia y simbología.

No hay ninguna duda que el ser humano es un animal simbólico y las abstracciones nacionales (no digamos ya nacionalistas) precisan de emblemas sobre los que construirse. Además de por la ausencia de aristocracia (en un sentido nobiliario, que no “tecnológico” actualmente), la historia originaria de EEUU se caracteriza por ser una construcción de los últimos tres siglos, frente a los siglos ininterrumpidos de “alta civilización” europea, de la que, en su cuasi íntegra medida, es heredero el hegemónico, hoy menos, gigante estadounidense.

La gran riqueza de los museos de historia natural de EEUU (destacando, obviamente, el de Nueva York o el Field de Chicago) es un vivo ejemplo de la preeminencia que en tal país se ha dado a los hallazgos paleontológicos, frente a la ausencia de una arqueología equiparable a la del ámbito mediterráneo.

Aunque el término y concepto “dinosaurio” fueren acuñados en la Inglaterra victoriana (William Buckland describió al primer dinosaurio, el Megalosaurus, en 1824, mientras que el término “dinosaurio” fue creado por Richard Owen, en 1842), poca duda cabe de que la popularización y extensión de la “dinomanía” se debe a los EEUU.

La reivindicación de las antiguas especies extintas como campaña de prestigio nacional (previas a Carnegie y sus regalos), encuentra su origen en la célebre discusión entre el célebre paleontólogo aficionado, y además presidente de EEUU, Thomas Jefferson y el Conde de Buffon, autor de la Historia Natural.

Según opinaba Buffon, América era una tierra pantanosa, llena de insectos, donde toda la vida salvaje era de menor tamaño que en el Viejo continente, incluyendo al hombre. Tal teoría, llamada “de la degeneración”, fue seguida por varios autores, y tuvo, sin duda alguna, un componente supremacista blanco, entre otras imprecisiones científicas.

Según las ideas de Buffon, no era posible comparar al tapir con el elefante, ni al puma con el tigre, e, incluso, las piezas de caza mayor eran de menor talla en ultramar que en Europa, África o Asia. Con afán de contradecir tales excentricidades, Jefferson cazó, y disecó, un gran alce (especie que es la más grande de entre todos los cérvidos, y que vive en todo el hemisferio norte) que envió al Conde de Buffon, ridiculizando sus argumentos.

Antes de fallecer, el aristócrata francés corrigió sus postulados… pero el orgullo yanque ya se había tocado.

Thomas Jefferson fue un obsesivo coleccionista de fósiles. Especialmente conocida es su anécdota con los fósiles de mastodonte americano (a quienes confundía, aún, con los mamuts, como si fueren una misma especie), al encargar a varios exploradores del oeste americano (Lewis y Clarck) que le trajeran algún ejemplar vivo, al no creer en la extinción pretérita (quizá por razones religiosas).

La obsesión estadounidense por los fósiles, como orgullo nacional, llegó a extremos legendarios con episodios como el de “la Guerra de los Huesos” que enfrentó a dos grandes paleontólogos: Edward Cope y Othniel Marsh, incluso con episodios de violencia y sabotaje entre sus respectivos equipos. Precisamente, Marsh fue quien acuñó el nombre “diplodocus” (que no su descubridor, que fue Samuel W. Williston).

Así, durante casi dos siglos, la cuasi totalidad de las especies de dinosaurio que han poblado el imaginario colectivo de niños y adultos han sido norteamericanas, dotando a EEUU de un atractivo turístico, y pasado legendario, que su “reciente” creación como nación le negaba.

El nacionalismo dinosauriano ha llegado a manipular nombres y especies, llegando a exagerar la separación entre especies y el tamaño de los ejemplares patrios frente a otros foráneos (caso de Tarbosaurus y Tyrannosaurus). El propio Velociraptor es mongol, y el dinosaurio más grande jamás expuesto como ejemplar completo está en Berlín y fue descubierto en los tiempos imperiales alemanes en Tanzania (se trata de Giraffititan y no de Brachiosaurus, como se llama su primo americano).

No como reafirmación nacional, y sí, si acaso, como publicidad y reivindicación del territorio… ¡quién nos iba a decir que en Teruel se iban a descubrir fósiles de diplodocus! ¡Y que los EEUU han perdido el “monopolio” de su presencia!

Los científicos de Dinópolis (proyecto pionero para la ciencia y el turismo en nuestro país) han descubierto recientemente, en La Tejería (El Castellar, Teruel), varias vértebras caudales del saurópodo, así como varios arcos hemales o chevrons. Ello, unida a la acreditada presencia peninsular de Stegosaurus y de carnívoros de la familia de Allosaurus, acredita la existencia de intercambios faunísticos entre los territorios que actualmente son Europa y Norteamérica.

Los grandes descubrimientos paleontológicos fueron claro motivo de exaltación y publicidad nacional por parte de los EEUU. Paradojas del destino… la región europea menos densamente poblada, tras Laponia, está siendo uno de los territorios con mayor riqueza paleontológica del mundo.

No se trata sólo de Teruel, sino también de Cuenca con su museo y el yacimiento de Las Hoyas, de Algora (Guadalajara) con sus dientes de terópodo recién descubiertos, de las icnitas de La Rioja y de la presencia, no sólo de diplodocus sino también, con unos millones de años de separación (durante el Cretácico) de la más rica diversidad de espinosáuridos del globo (familia de Spinosaurus, que superaba en tamaño a T-Rex).

¡Celtiberia sin gente, puebla los sueños con dinosaurios!