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Un montaje con una foto de Alberto Gimeno y la imagen de una calle de Barcelona de fondo.

Un montaje con una foto de Alberto Gimeno y la imagen de una calle de Barcelona de fondo. Crónica Global

Pensamiento

Las heridas de la calle

"No hay sensación de progreso en una ciudad cuyas arterias rezuman dejadez y fracaso económico"

Publicada

"La ciudad es un millón de cosas", proclamaba a los cuatro vientos desde su estudio el radiofonista Arribas Castro. Hablamos del siglo XX, cuando había más maestros de la radio que eran capaces de sintetizar mensajes que tenían que perdurar en el tiempo. En la calle ocurre hoy en día algo parecido. En una urbe como Barcelona, la coexistencia de miles de historias sazona el día a día que nos toca vivir. Alguna de ellas, agradable. Es el caso de la recuperación de la pastelería más antigua de la ciudad, La Estrella, que publicaba ayer Metrópoli Abierta.

El tejido urbano cada vez está más plagado de persianas de aluminio, decoradas por los mal llamados artistas urbanos, que esconden negocios abandonados, fracasados o víctimas de la presión fiscal. Por ello, que una veinteañera, exempleada del establecimiento, se haya liado la manta a la cabeza y haya tenido el coraje de retomar la actividad de un local con historia es de aplaudir. Uno de los rasgos que conviene revertir es el del cementerio comercial en el que se han convertido muchas calles de Ciutat Vella y del Eixample, con multitud de bajos claramente abandonados. No hay sensación de progreso en una ciudad cuyas arterias rezuman dejadez y fracaso económico.

Esa imagen que ofrece una parte de la ciudad se ve agravada por un problema que no es nuevo, pero que se está recrudeciendo: los miles de personas sin techo que duermen en las calles o que anidan de mala manera en poblados improvisados en espacios muy diversos de Barcelona. “Vuelve el barraquismo a la ciudad”, sostiene en las redes sociales el concejal popular Daniel Sirera. No le falta razón. La imagen de esas improvisadas y lamentables instalaciones permite que malvivan en su interior decenas de personas y provoca un radio de acción de insalubridad que simplemente no es de recibo.

Lo mismo ocurre con las personas que toman la calle como apartamento improvisado. Sin más atavíos que el cartonaje y el uso de bancos y pavimento como cama improvisada. El foco de suciedad que se configura alrededor de donde se colocan es insoportable. La imagen del pasado viernes, por poner un ejemplo, de la plazuela que se abre a los pies del Molino con una familia entera dormitando entre líquidos insalubres, cartones de vino barato y excrementos sencillamente no debe permitirse. Ha llegado el momento de cambiar la ley. Ya pueden limpiar luego los servicios municipales, que no hay manera de recuperar el espacio ni de que se dé una convivencia sana. Hay que poder sacar del espacio público a esas personas. Por ellas, por su dignidad y por el bienestar de los vecinos convencionales de la ciudad. Con la normativa actual, si una de esas personas no quiere salir del espacio público, está protegida. Por ello, es imprescindible el cambio legal que, obviamente, implica tener un lugar donde recluir a esos miles de personas que en una inmensa mayoría presentan cuadros diversos de desarreglos mentales.

Acaba de pasar la Mercè, las fiestas de la ciudad, pero con ese panorama en las calles no hay fiesta que valga