Àurea Rodríguez opina sobre el G20
El futuro corre más rápido que el G20
"La cuestión para Europa no debería ser elegir entre regular o innovar; debería ser cómo conseguir regular aquello que también somos capaces de inventar"
Hay una imagen de la reunión ministerial de Innovación del G20 en Carolina del Norte que quizás explique mejor nuestro tiempo que muchos informes económicos. A un lado, los representantes de las mayores economías del planeta. Al otro, presencialmente o en pantalla, Jensen Huang, Sam Altman, Mark Zuckerberg, Elon Musk y Demis Hassabis, los CEO de las principales compañías de inteligencia artificial (IA) del mundo.
El G20 concentra aproximadamente el 85% del PIB mundial. Sus 19 países suman cerca de 100 billones de dólares de PIB. Difícil reunir más poder económico en una sala.
Pero hagamos otra suma. Solo Alphabet, Nvidia, Meta, SpaceX y OpenAI generan conjuntamente más de 860.000 millones de dólares anuales, aproximadamente el 0,9% del PIB de los países del G20.
Evidentemente, facturación y PIB no son magnitudes económicamente equivalentes, pero la comparación permite visualizar una paradoja formidable: menos del 1% del tamaño económico está ayudando a diseñar las tecnologías que pueden transformar buena parte del otro 99%.
En este sentido, relevante la intervención de Elon Musk. Musk aseguró que la IA podría incrementar la economía mundial entre un 20% y un 30%, lo que equivaldría, según sus cálculos, a entre 20 y 30 billones de dólares adicionales cada año. No es una previsión consensuada, sino la visión de Musk. Pero permite entender la escala con la que Silicon Valley contempla esta revolución.
Su segunda predicción resulta todavía más radical. Cree que en apenas 12 a 18 meses la inteligencia artificial alcanzará niveles extraordinarios en prácticamente cualquier actividad puramente digital y que, en programación, podría llegar a una superioridad sobre los humanos similar a la que hoy tiene un programa de ajedrez como Stockfish frente al mejor gran maestro.
Después vendrán los átomos. Para Musk, la gran siguiente ola es la IA física: robots capaces de trasladar la inteligencia de los modelos al mundo material. Predice más de 1.000 millones de robots humanoides dentro de diez años, con una productividad media que podría llegar a ser cinco veces superior a la humana. En ese escenario, sostiene, los robots producirían conjuntamente más que todos los seres humanos actuales.
Puede que Musk se equivoque en los plazos. Suele ocurrirle. Pero es más peligroso equivocarse sobre la dirección.
Porque todo ese futuro aparentemente inmaterial necesita algo terriblemente material: electricidad. Musk habló de una auténtica “crisis de energía” y anticipó un posible déficit de al menos 15 gigavatios en 2027 para alimentar chips de IA. Su argumento es sencillo: la capacidad de fabricar chips estaría creciendo mucho más rápido que la nueva capacidad eléctrica disponible fuera de China. Reuters confirmó que Musk pidió precisamente a los países del G20 desarrollar nuevas fuentes energéticas para alimentar los centros de datos.
De repente, la carrera por la inteligencia artificial también es una carrera por centrales eléctricas, redes, refrigeración, centros de datos y profesionales capaces de construirlos. Queríamos inteligencia artificial general y acabaremos necesitando electricistas.
Y quizá ahí está la parte verdaderamente interesante de esta cumbre. Estados Unidos calcula que este año se invertirán alrededor de 800.000 millones de dólares en infraestructuras relacionadas con IA y que la cifra podría alcanzar 1,4 billones en 2027. David Sacks comparó el despliegue con el ferrocarril del siglo XIX: una nueva revolución industrial.
Por eso discutir exclusivamente sobre regulación empieza a parecer insuficiente. Naturalmente necesitamos reglas, seguridad y derechos. Pero también necesitamos energía, chips, capital, investigación, talento, empresas y capacidad para convertir conocimiento en industria. La cuestión para Europa no debería ser elegir entre regular o innovar. Debería ser cómo conseguir regular aquello que también somos capaces de inventar.
Porque quizá el poder económico del siglo XXI ya no pueda medirse solamente contando el PIB acumulado. Habrá que empezar a medir capacidad de cómputo, conocimiento, energía, talento y, sobre todo, velocidad de innovación.
El G20 continúa concentrando casi toda la economía mundial. Pero su encuentro de Carolina del Norte ha dejado una imagen incómoda: mientras los países administran los casi 100 billones de dólares de la economía existente, un puñado de compañías está intentando inventar la siguiente. Y en inteligencia artificial, el futuro corre más rápido que el G20.