Salvador Illa quería que «El futur és aquí» fuera un punto y aparte. El título sugería que el Govern había salido de la fase de apagar incendios y ya podía hablar de la próxima década. El propósito era bueno. El problema es que anunciar el futuro no es lo mismo que conseguir que alguien lo desee.
Hay que reconocerle lo que acertó. Recuperó la iniciativa. Después de meses pendientes de docentes, PISA, Rodalies y socios, volver a las Drassanes, el mismo escenario donde en 2024 pronunció la conferencia «Unir i servir», fue un acierto. Illa no improvisa, no se altera, no teatraliza. En la Cataluña posterior al procés, esa sobriedad ha sido su gran activo político.
Pero también volvió a verse su límite: Illa no consigue convertir la solvencia en liderazgo. Hubo cifras, planes y plazos —el 6 % en educación, la climatización de escuelas, la inteligencia artificial, la vivienda pública—, pero faltó una idea que se quedara en la cabeza. Había programa y faltaba relato. Había presidente y apenas líder.
No es solo un defecto de estilo. Hablar de futuro exige algo más que enumerar objetivos: obliga a señalar prioridades, tomar partido y afrontar decisiones incómodas. Ahí es donde un presidente deja de ser un buen gestor para convertirse en líder. Y ahí Illa prefirió no arriesgar.
La omisión más elocuente fue energética. Hablar del futuro de Cataluña sin pronunciarse sobre Ascó y Vandellòs, después de Almaraz y con un calendario de cierre que casi nadie considera creíble, no es prudencia: es cálculo. Si gobernar pensando en el 2030 consiste en anteponer el interés general a la comodidad de los socios y del Gobierno de Pedro Sánchez, el silencio nuclear lo desmiente. El futuro también es el de esas dos centrales. Quien no lo dice no está conduciendo el país; está administrando el pacto.
Illa parece confiar en que gobernar bien producirá por sí solo autoridad. Es una apuesta equivocada. Los presidentes persuaden, representan y, en ciertos momentos, ilusionan. Ser razonable no basta.
La comparación con Pujol no es nostalgia: es el espejo que el propio Illa se pone al buscar una centralidad transversal. Pujol entendió que gobernar era también construir una relación emocional con una parte amplia de la sociedad. Illa todavía no ha encontrado esa fibra. Su tono es demasiado uniforme, su gestualidad demasiado contenida, su comunicación demasiado de memoria de gestión.
Incluso lo más elemental le falta: la sonrisa. No sustituye al liderazgo, pero sin ella difícilmente hay carisma. Y sin carisma, ocupar el centro no es hegemonía; es administración del centro.
«El futur és aquí» fue un buen título para recuperar la iniciativa, pero Illa no consiguió que su proyecto pareciera algo más que la suma de políticas públicas bien intencionadas. Para un presidente que aspira a la hegemonía durante una década, eso no es un detalle de estilo. Es el hueco por el que se cuela, siempre, quien sí sabe emocionar.
