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Josep Maria Cortés

Josep Maria Cortés

Pensamiento

Meloni, lejos de Lampedusa

"Albares y Pedro Sánchez tienen la obligación de resucitar el invierno de la conciencia, en plena canícula cambio-climática. Y lo harán contra la barbarie del presente gatopardiano"

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La Italia de Marinetti resurge; la del Duce se rearma de moral frente al enemigo exterior, un honor que recae en Pedro Sánchez.

El tratado de Schengen es el precio de la invasión en Ceuta; en las colas de Barajas y Chamartín se ve a diario el malestar de las familias españolas y transalpinas, en el control de pasaportes extracomunitarios.

El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha devuelto la pelota al Quirinale, comparando las invasiones marroquíes con la incontable avalancha de subsaharianos en la isla de Lampedusa, enclave italiano el territorio de la UE más cercano al Trópico de Cáncer, aparte de Canarias.

Giorgia Meloni, primera ministra, sostiene a medias la coalición ultra de Hermanos de Italia, con la Liga de Salvini y Forza Italia, y le conviene un enemigo exterior para galvanizar la unión interior después de evitar la fuga de Venecia y Reggio Calabria en las elecciones municipales y a las puertas de los comicios generales de 2027.

Ella se hace querer en el Sur, territorio del gentilicio. Se considera gatopardiana, aunque en Italia la vean solo como una lampedusiana de seconda fiducia. No puede revelar verdades como hizo aquel príncipe de Salina que confesó cambiarlo todo para no cambiar nada, según dejó escrito el noble de Lampedusa situando el género novelado por encima del tiempo.

Meloni tiene un toque a otro escritor italiano, Gabriele D’Annunzio, aquel maestro de la letra profundamente enamorado del militarismo, destinado a una nueva nación.

Soñaba una Italia frentista de ciudadanos valientes, capaces de ir a la guerra; no aceptaba al país reconocido por sus bellos paisajes, sus antiguas ciudades y sus maravillosas obras de arte; proclamaba que “corra la sangre”, con el simple motivo de engrandecer la nación. ¡Porca miseria!

Meloni no llega tan lejos, desde luego, pero le va la marcha del conflicto porque pertenece al mundo populista empoderado en la discusión, con sus gotas de fealdad, como ha demostrado el ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, convencido de que la reacción de España de suspender también el tratado de libre circulación de Schengen, introduciendo controles en las fronteras como había hecho Italia tras lo ocurrido en Ceuta, es “incomprensible y totalmente inaceptable”. El expresidente berlusconiano del Parlamento Europeo se esconde detrás del papel: “Nosotros suspendimos el espacio Schengen, como exigen los Tratados, porque ocurrió algo extraordinario en Ceuta”, declara Tajani al diario La Stampa.

“Empezaste tú”, “me lavo las manos”, “Roma no paga a traidores”; suenan las notas alegres del italianismo del “eterno retorno”.

La jefa del Ejecutivo habla hoy con el rictus severo de la Roma que concedía la libertad de culto monoteísta y hebreo, que se practicaba al aire libre con el visto bueno del poder.

El Vencisteis galileos de Juliano expresaba que el judaísmo era legal a criterio del apóstata, frente al cristianismo perseguido, que había convertido el Antiguo Testamento en un campo de minas.

Meloni exagera su malestar migratorio, expresa objetivos por encima de lo que somos; rebasa lo esencial. Es necesario que la diplomacia dura sirva para alguna cosa y hay amenazas a países hermanos que no sirven para nada, pero que son indispensables.

Las apariencias importan porque el espíritu desea lo que ha perdido. La posición de Italia o Dinamarca respecto a los brotes demográficos es una suerte de clientelismo en contra del afectado. Ambos países tratan de que Bruselas impida los centros de repatriación de los menores.

Los equipos de natación y buceo o la difusión de itinerarios, puntos de reunión o información en tiempo real sobre las rutas desde Tánger y Tetuán a Ceuta circulaban ampliamente, antes del 30 de julio. Informaciones oficiales han identificado en WhatsApp e Instagram “actividad potencial de redes o intermediarios vinculados a la trata de seres humanos”, una explicación oficial sobre el origen de la crisis migratoria compartida por los Gobiernos de Rabat y Madrid. Estamos a oscuras sobre la marea humana. Las dudas nunca son el origen de la certeza.

El ministro Albares aseguró ayer martes tras su reunión con el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, que “hasta la última persona que ha entrado irregularmente en España volverá a Marruecos”. Es un “puedo prometer y prometo” al estilo del Tigre, Abelardo de la Espriella, el presidente colombiano delante del horrible terremoto, cuyas consecuencias pondrán a prueba al nuevo autoritarismo.

Albares y Pedro Sánchez tienen la obligación de resucitar el invierno de la conciencia, en plena canícula cambio-climática. ¿Alimentarán la esperanza salvaguardando a los niños abandonados? Sí. Y lo harán contra la barbarie del presente gatopardiano. El humanismo es un inmenso granero de la memoria; conserva dramas injustamente destinados al olvido.