Jordi Mercader y la invasión de Ceuta Europa Press
Ceuta, una historia compleja de futuro traumático
"La clave del conflicto es y será el derecho a la integridad territorial de todo Estado reconocido por la ONU"
Las imágenes de la invasión de Ceuta, protagonizada por miles de jóvenes marroquíes empujados según el Gobierno de Marruecos por una falsa noticia propagada por las redes a instancias de las mafias, remiten a una novela distópica de Jean Raspail. Parcialmente, claro, porque se trata en este caso de un hecho real y porque la magnitud de la amenaza no tiene comparación con la imaginada en 1973 por el autor de esta obra, ahora mismo libro de cabecera seguramente de Donald Trump.
Le Camp des Saints, una referencia del Apocalipsis para describir un paraíso amenazado de un profundo cambio, fantasea sobre la llegada al Midi francés de un millón de pobres de la India. La novela, calificada por su autor como una obra salvaje, impetuosa y furiosa, desarrolla la eterna batalla entre el odio al diferente practicado por el populismo extremista y el buenismo de los que en nombre de lo políticamente correcto bautizan de inmediato a los viajeros como “la flota de la última esperanza”.
No les estropeo la lectura de la novela si les digo que el episodio vivido en Ceuta no encaja del todo en esta polémica obra de Raspail.
No hay ningún campamento de los santos en Ceuta, ni tampoco en Melilla, como no lo hay en Gibraltar, ni los había en Goa, en Macao o Hong Kong. Estos enclaves no son paraísos amenazados por conflictos migratorios, sino escenarios de viejas batallas de soberanía.
Estas realidades no tienen amparo en el Apocalipsis, sino en el capítulo de las conquistas militares de enclaves estratégicos que unos cuantos siglos después son reclamados por Estados soberanos que apelan a su legítimo derecho a la integridad territorial.
La reciente entrada de marroquíes no pretendía naturalmente ocupar Ceuta en nombre del Rey de Marruecos. Como mucho, puede considerarse un pequeño ensayo de un futuro no precisamente distópico. Pero esto será otro día y el modelo de movilización está en las hemerotecas.
El padre de Mohamed VI organizó en noviembre de 1975 la Marcha Verde, consiguiendo (junto con Mauritania) el control del Sáhara, hasta entonces provincia española. Y lo hizo sin disparar un solo tiro, solo con una muchedumbre ondeando banderas y blandiendo coranes.
El incidente del otro día, resuelto en 48 horas con un mínimo despliegue militar español, no ha cambiado el statu quo del norte de África. Lo que sí que ha despertado es una fiebre patriótica para defender a capa y reel una supuesta españolidad de esta ciudad y de Melilla. Una españolidad eterna, innegable y avalada por la historia, por descontado.
El gran argumento de tanta convicción es que cuando aquellas conquistas sucedieron hace cinco siglos (por las armas castellanas o por cesión de Portugal) no existía el Reino de Marruecos. Vaya por Dios. Marruecos tal como se entiende hoy no existía, ni tampoco España, tal como se configuró a posteriori como un Estado moderno, suceso muy posterior a las conquistas de la Corona de Castilla.
La clave del conflicto es y será el derecho a la integridad territorial de todo Estado reconocido por la ONU. Y en el caso de España, la contradicción es flagrante.
España esgrime tal derecho para reclamar la devolución de Gibraltar y se lo niega a Marruecos, que por su parte lo utiliza para integrar Ceuta y Melilla en su reino.
A la larga, ambas situaciones serán insostenibles para los Gobiernos británicos y españoles del futuro. Sin embargo, ninguno de estos Gobiernos prepara emocionalmente a sus ciudadanos para un desenlace traumático, doloroso, tanto para los respectivos intereses nacionales como por las familias afectadas. Más bien al contrario, y eso que hay antecedentes en los que ilustrarse.
En la edición de 2011 de Le Camp des Saints, Raspail obsequia al lector con un largo prefacio titulado Big Other en el que repasa las polémicas y avatares de su novela. Cuenta que envió la primera edición a muchos de los políticos y gobernantes de Francia de la época. Algunos no dieron señales de vida y unos pocos le invitaron a comentar aquella ficción.
Raspail destaca lo que más le sobresaltó de sus conversaciones con aquellos políticos. La mayoría de ellos mantenían en privado unas posiciones muy diferentes a las defendidas en público respecto al conflicto planteado por su novela.
¿Qué dirán nuestros políticos en privado del futuro de Ceuta y Melilla?