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Aficionados celebran la victora de la Selección española de Fútbol Femenino en la final del Mundial, en el CEM Olímpics Vall d'Hebron, a 20 de agosto de 2023, en Barcelona, Catalunya (España)

Aficionados celebran la victora de la Selección española de Fútbol Femenino en la final del Mundial, en el CEM Olímpics Vall d'Hebron, a 20 de agosto de 2023, en Barcelona, Catalunya (España) Lorena Sopêna Europa Press

Pensamiento

Una oración por los amargaditos para que dejen de serlo

"Considero que es una desgracia ser incapaz de compartir una situación de buen rollo y divertimento generalizado como la que estamos viviendo a cuenta del Mundial de fútbol y empeñarse en ser la nubecilla negra de todas partes"

Publicada

Me da mucha pena ese grupúsculo de gente (que siempre aparece en cualquier época y lugar) incapaz de disfrutar de la felicidad colectiva. Aunque sea frívola, efímera y pasajera, es felicidad, al fin y al cabo. Además, ¿qué felicidad es sólida y duradera?

Realmente, considero que es una desgracia ser incapaz de compartir una situación de buen rollo y divertimento generalizado como la que estamos viviendo a cuenta del Mundial de fútbol y empeñarse en ser la nubecilla negra de todas partes.

Que sí, que ya lo sé; que no me tenéis que venir a contar a mí toda la corrupción de la FIFA; que hay jugadores acusados de violación, tan pichis en el campo, como el capitán de la selección de Marruecos; que el machismo en la afición y algunos de sus cánticos asquerosos son una realidad patente.

Que ya lo sé: me paso la vida denunciándolo y, por eso mismo, detesto el fútbol femenino, porque solo ha servido para repetir patrones. Sin embargo, eso no quita que el espectáculo y el sentimiento colectivo que generan este tipo de eventos produzcan un nivel de felicidad comunitaria innegable que merece la pena disfrutar y, a su vez, un nivel de amargamiento en cierto tipo de rémoras sociales que es lo que más me llama la atención.

Entre el grupo de amargados y amargadas por culpa de la selección española de fútbol encontramos varios subgrupos dignos de explorar, antropológicamente hablando.

Están los típicos del "a mí no me gusta el fútbol", que, en realidad, quieren decir que a ellos no les gusta nada de lo que le gusta al común de los mortales. No les gusta el fútbol y te miran a ti, que sí te gusta, como si te gustara ver descular hormigas. No les gusta nada que junte a gente normal y les recuerde que ellos también son cualquier hijo de vecino y que no tienen nada más especial que la señora del ático primera. No te tiene que gustar el fútbol para disfrutar de un evento. Ni siquiera te tiene que gustar el deporte. Solo tiene que alegrarte la alegría ajena. Desde luego, es una desgracia ser incapaz de tal cosa.

Y luego están los hipócritas de la amargadera, que salen siempre que se trata de la selección española. Los politizadores de lo que nadie quiere politizar; aquellos a los que se les ve salivar odio racista, clasista y xenófobo cada vez que en algún sitio deciden plantar una pantalla gigante para ver la final del Mundial. No lo pueden soportar.

Suelen ser politicuchos pseudonancys catalanes y vascos, que no tendrían el menor problema en poner una pantalla gigante si jugara la selección catalana de "bitlles" o fuera un partido de pelotaris, pero que se niegan en rotundo si el acontecimiento en cuestión interesa a más del 90% de la población, pero la camiseta que se luce es la de la selección española.

Por ejemplo, el alcalde de Bilbao, que, en un alarde de talante democrático muy propio del nacionalismo vasco, ha decidido que, por sus santos cojones, no pone pantalla, aunque se lo ha reclamado todo el mundo y aunque una gran parte de los jugadores clave de la selección española son vascos, precisamente. Incluido mi preferido, Nico Williams.

Y luego, los catalanes, of course, que no pueden vivir desde hace días de la rabia que les da ver cómo gentes de todas partes, de todas: catalanes, gente del resto de España, gente del resto del mundo, incluidos los vecinos del norte de África, que son igual de futboleros que nosotros, nos vamos juntos a ver el fútbol, cada uno con su camiseta y a disfrutar.

Ayer lo hablaba yo con una señora, artefacto del independentismo puigdemonista, que jamás habría llegado a nada de no ser por la histeria colectiva de los lazos amarillos y que, sin embargo, llegó a ser nada más y nada menos que rectora de una de las universidades más importantes de Catalunya.

Yo le decía a la señora en cuestión que esto que pasaba alrededor del Mundial en España era un ejemplo claro de integración positiva, a diferencia de lo que vemos que pasa en Francia. La señora, muy cabreada, me soltó: "Sí, sí, ¡integración, pero en España!". Efectivamente, he aquí la fuente de su amargamiento. La pobre señora sufre la distorsión de la realidad típica de los sectarios del «procés», que consiste en no querer asumir que sí, que están en España, y de ahí tanta locura.

Pero, como este no es un artículo nacionalista en ningún sentido, solo les quería apuntar la triste realidad de estos seres que nos rodean y solicitarles que tengan piedad de ellos, que lo están pasando mal con tanta expresión de orgullo "patrio" aunque solo sea del fútbol, ya que mucho más de lo que estar orgullosos de España ahora mismo no hay. Si la gente normal es capaz de disfrutar del ambiente del Mundial, pero también de una partida de "bitlles" catalanas o de un partido de pelotaris, esta pobre gente no puede.

Ya tienen bastante con lo suyo. Oremos para que se les pase la amargadera.