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Roger Huguet, Donald Trump y Xi Jinping

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Pensamiento

Las formas y el fondo: la política estadounidense frente a China (II)

"Después de la Guerra Fría, Washington esperaba que la integración económica acercara a China al modelo occidental; eso no ocurrió"

Publicada

Desde Europa, la política de Donald Trump frente a China suele presentarse como una extravagancia personal: una guerra comercial inventada por un presidente proteccionista, imprevisible y poco amigo de las sutilezas diplomáticas.

Sin embargo, como ocurre con la inmigración, las formas pueden ocultar el fondo. La presión estadounidense sobre China no comenzó con Trump ni desapareció cuando un demócrata regresó a la Casa Blanca. Se ha desarrollado durante varias administraciones y se ha convertido progresivamente en una política de Estado.

Clinton impulsó la integración de China en el comercio mundial, pero mantuvo mecanismos de protección. Bush combinó cooperación económica con denuncias comerciales. Obama impuso aranceles selectivos y desplazó la estrategia estadounidense hacia Asia. Trump convirtió esa desconfianza acumulada en una guerra comercial abierta. Biden mantuvo la mayor parte de los aranceles y añadió nuevas restricciones tecnológicas.

Una vez más, las formas cambian más que el fondo.

Clinton: abrir la puerta, pero conservar el cerrojo

La política de Bill Clinton partía de una idea muy extendida tras la Guerra Fría: integrar a China en la economía internacional contribuiría a transformarla.

Durante su administración, Estados Unidos negoció el acuerdo que permitió conceder a China relaciones comerciales normales permanentes y facilitó su entrada en la Organización Mundial del Comercio.

Clinton no inició una guerra arancelaria comparable a la de Trump. Su política era fundamentalmente aperturista.

Pero esa apertura incluía instrumentos defensivos. Estados Unidos conservó la posibilidad de aplicar derechos antidumping, medidas compensatorias y salvaguardias frente a importaciones chinas que perjudicaran a productores nacionales.

Washington abría la puerta, pero dejaba preparado el cerrojo.

Bush y Obama: de la cooperación a la desconfianza

Durante la presidencia de George W. Bush, el comercio bilateral creció enormemente. También aumentaron el déficit comercial estadounidense y las acusaciones contra China por subvencionar a sus empresas, restringir el acceso a su mercado y apropiarse de tecnología extranjera.

Bush evitó una confrontación generalizada, pero su administración presentó denuncias comerciales y aplicó medidas de protección en sectores concretos.

Obama adoptó una posición más firme. En 2009 impuso aranceles adicionales a los neumáticos chinos y su Gobierno aplicó medidas antidumping y compensatorias sobre productos como el acero y los paneles solares.

También impulsó el llamado pivot to Asia, reforzando las alianzas estadounidenses en la región y promoviendo un gran acuerdo comercial que excluía a China.

Trump no inventaría la preocupación por Pekín. Simplemente prescindiría del lenguaje diplomático.

Trump: la guerra comercial abierta

En 2018, la administración Trump acusó a China de utilizar transferencias forzadas de tecnología, restricciones a la inversión, ciberintrusiones y otras prácticas destinadas a obtener propiedad intelectual estadounidense.

Trump respondió imponiendo aranceles sobre cientos de miles de millones de dólares en productos chinos. Pekín tomó represalias y comenzó una guerra comercial que afectó a empresas y consumidores de ambos países.

La magnitud era nueva, pero las acusaciones no lo eran. Clinton, Bush y Obama ya habían denunciado subvenciones, falta de reciprocidad, falsificaciones y apropiación de tecnología.

La diferencia estaba en el método. Las administraciones anteriores habían utilizado negociaciones, litigios y medidas sectoriales. Trump convirtió los aranceles en su principal instrumento de presión.

Biden: menos ruido y mucha continuidad

Joe Biden criticó la improvisación de Trump, pero no desmontó su política comercial.

Su administración mantuvo la mayoría de los aranceles y, en 2024, aumentó los aplicados a sectores estratégicos. Los vehículos eléctricos chinos pasaron a soportar un arancel del 100%, y también crecieron los gravámenes sobre baterías, semiconductores, acero, aluminio y productos solares.

Biden añadió grandes programas de ayudas a la industria estadounidense y limitó la exportación a China de semiconductores avanzados y equipos para fabricarlos.

Los republicanos hablaban de aranceles. Los demócratas hablaban de política industrial y cadenas de suministro seguras. En la práctica, ambos intentaban reducir la dependencia de China y proteger sectores considerados esenciales.

China y la deuda estadounidense

Otro argumento habitual es que China podría utilizar sus reservas de deuda pública estadounidense para presionar a Washington.

Sin embargo, China ya no es el principal tenedor extranjero de bonos del Tesoro. Japón ocupa el primer lugar, el Reino Unido el segundo y China el tercero.

Además, esas cifras no siempre reflejan al propietario final, ya que muchos títulos están custodiados en centros financieros internacionales.

China sigue poseyendo una cantidad considerable de deuda estadounidense, pero una venta masiva también la perjudicaría. Reduciría el valor de los bonos que conservara, obligaría a buscar activos alternativos y podría debilitar el dólar, encareciendo las exportaciones chinas.

La deuda es, por tanto, una interdependencia incómoda más que un arma definitiva.

De socio comercial a competidor estratégico

Después de la Guerra Fría, Washington esperaba que la integración económica acercara a China al modelo occidental.

Eso no ocurrió. China creció, modernizó sus fuerzas armadas, desarrolló industrias tecnológicas y amplió su influencia internacional sin abandonar su sistema político.

La rivalidad actual no es solo militar. Incluye semiconductores, inteligencia artificial, telecomunicaciones, minerales críticos, cadenas de suministro, puertos y mercados financieros.

Estados Unidos ha comprendido que una potencia puede obtener una ventaja estratégica sin disparar un solo tiro. Basta con dominar las tecnologías y materias primas de las que dependen los demás.

Distintas formas, una misma dirección

Las políticas de Clinton, Bush, Obama, Trump y Biden no han sido idénticas.

Clinton apostó por la integración. Bush aumentó la presión para que China cumpliera las reglas. Obama aplicó aranceles selectivos y giró hacia Asia. Trump convirtió la tensión en una guerra comercial. Biden conservó los aranceles y amplió las restricciones tecnológicas.

La evolución muestra un endurecimiento gradual y bipartidista.

Trump no descubrió el desafío chino. Tampoco inventó los aranceles ni las restricciones tecnológicas. Su aportación principal fue convertir una estrategia progresiva en un espectáculo permanente y decir en voz alta lo que otros expresaban mediante informes, comisiones y vocabulario diplomático.

En ciertos sectores europeos parece existir incluso una secreta satisfacción ante el crecimiento de una China cada vez más militarizada y la posibilidad de que algún día supere a Estados Unidos.

Tal vez se confunda el debilitamiento de Washington con el fortalecimiento automático de Europa. No es exactamente lo mismo.

Como advierte un conocido proverbio africano, cuando dos elefantes se pelean, quien sufre es la hierba.

En la rivalidad entre Estados Unidos y China, los elefantes están bastante claros. Europa debería preguntarse si aspira a convertirse en uno de ellos o si, mientras contempla la pelea con satisfacción, está aceptando el papel de la hierba.