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Ignacio Vidal-Folch opina sobre la posible vuelta de Carles Puigdemont

Ignacio Vidal-Folch opina sobre la posible vuelta de Carles Puigdemont David Borrat Efe

Pensamiento

Bienvenido, Puigdemont

"Este periódico, que durante largos años se opuso casi en absoluta soledad al proceso que desembocó en el Golpe, y por ello sufrió las miradas de superioridad y desdén de tantos colegas, además de algún atentado 'de baja intensidad', no lo escribimos resentidos ni fanáticos"

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El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha avalado la amnistía que decretó el presidente del Gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, el 30 de mayo de 2024. En principio, pues, Carles Puigdemont, podrá abandonar su exilio –no dudo de que la prestigiosa palabra se le pueda aplicar, da igual si en sensu lato o en sensu stricto— después de tantos años consumiéndose de impaciencia, nostalgia y frustración en Waterloo, y volver a la brega política, si así le place.

Cabe suponer que a los magistrados del alto tribunal europeo les importa relativamente poco el destino del señor Puigdemont, por no hablar del insignificante señor Comín, pero no así el del señor Sánchez, cuyos embajadores y medios afines les han convencido de que la amnistía (una cacicada sensacional, una burla a todos los españoles, especialmente a los catalanes, y una declaración de guerra al trabajo de los jueces, como el admirable Manuel Marchena, presidente de la sala de lo penal del Tribunal Supremo, que juzgó y condenó a los líderes del procés en 2019), ha servido para “la reconciliación” nacional.

Para lo que ha servido, desde luego, es para que el partido socialista gobierne España y Cataluña. La amnistía, como todos sabemos, fue una imposición de los partidos nacionalistas que asestaron el Golpe de Estado –igual que no me duelen prendas en avalar que la fuga de Puigdemont y los suyos se puede llamar “exilio”, sostengo que la declaración de independencia, que quebraba la unidad territorial del Estado, fue literalmente un golpe, más grave que el de Tejero, aunque no se diera con bigote y pistola, sino con sonrisas melifluas, camisetas amarillas e “ilusión”—, un trágala a Sánchez a cambio de permitirle tomar el poder.

Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para recordar algunas declaraciones. Pedro Sánchez dijo que la amnistía era anticonstitucional en varias ocasiones a lo largo de 2021, 2022 y hasta prácticamente el mismo mes de las elecciones generales de julio de 2023.

El 10 de noviembre de 2022, en una entrevista en laSexta, al hablar de la reforma del delito de sedición, afirmó que la amnistía era “algo que, desde luego, este Gobierno no va a aceptar y que, desde luego, no entra en la legislación y en la Constitución española”.

Desde luego… desde luego…” En Antena 3, en otra intervención fue igual de tajante: “Una amnistía es inconstitucional, es ilegal, eso no tiene cabida en nuestro ordenamiento constitucional”.

El 21 de julio de 2023, solo dos días antes de las elecciones generales del 23-J, en una entrevista en La Hora de la 1 (RTVE) y también en Al Rojo Vivo (laSexta), volvió a insistir en la misma línea, cuestionando que su Gobierno fuera a aceptar nunca esa exigencia del independentismo.

Donde dije “digo”, digo “Diego”. Sánchez “cambió de opinión” –algo en principio legítimo, honesto y hasta loable… cuando las opiniones no las forman los intereses particulares– tras las elecciones del 23-J, al necesitar los votos de Junts (siete escaños) para su investidura. El 27 de octubre de 2023 ya defendía la amnistía como una herramienta que “contribuirá a la normalización política en Cataluña”, y finalmente el Congreso, con los votos socialistas y separatistas, aprobó la Ley de Amnistía el 30 de mayo de 2024, en vigor desde el 11 de junio de ese año.

Después de que ese Gobierno indultase, por los mismos motivos que decretó la amnistía, a algunos de los condenados del procés, después de que estos pasaran algunos años en la cárcel, ¿qué pensar sobre el regreso de Puigdemont amnistiado?

A pesar de todo el daño que él y los suyos nos causaron a los catalanes, y a pesar del ridículo mundial que protagonizaron (y en política se puede hacer “todo, salvo el ridículo”, como le dijo Tarradellas a De Gaulle, cuando éste le preguntó qué pensaba hacer en Sant-Martin-le-Beau), este periódico, que durante largos años se opuso casi en absoluta soledad al proceso que desembocó en el Golpe, y por ello sufrió las miradas de superioridad y desdén de tantos colegas, además de algún atentado “de baja intensidad”, no lo escribimos resentidos ni fanáticos. Somos, o queremos creer que somos, tolerantes.

Particularmente, quien esto firma se alegra de que un ser humano sin delitos de sangre haya podido zafarse por fin de sus responsabilidades penales, y pueda regresar a su país. Preferiría que los tribunales españoles no pongan trabas ni dilaten la aplicación de la sentencia del tribunal europeo. Quiere que Puigdemont siga enredando, ahora desde la mayor proximidad, y por más que sea injusto, digan lo que digan el tribunal europeo o el Papa de Roma.

España es “una casa de tolerancia”, como dice la canción de Paolo Conte. Es un país donde se vive muy bien, especialmente si uno cuenta con el sueldo y los privilegios de ex presidente de la Generalitat, convenientemente redondeados con los de una esposa enchufada en la tele pública a cargo también de los presupuestos generales del Estado.

Bienvenidos, pues, Puigdemont y sus compinches, a España. Que una multitud desempolve las camisetas amarillas y las banderas castristas y vaya a recibirles al aeropuerto de El Prat. Que les reciba en la Generalitat el señor Illa y les imponga medallas. Por mí como si indultan a Ábalos, al ex fiscal general del Estado, a Santos Cerdá, al hermano del presidente, a Leire Díez “la fontanera”. Me alegraré por ellos.

Pero luego, por favor, que no nos hablen los socialistas de lawfare, ni finjan alarmarse por el descrédito de la política y la imparable pujanza del populismo, porque se nos escapa la risa...