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Gonzalo Bernardos opina sobre la gestión del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni

Gonzalo Bernardos opina sobre la gestión del alcalde de Barcelona, Jaume Collboni Fotomontaje CG

Pensamiento

Collboni y el turismo: ¿una relación contradictoria?

"A primera vista, la relación del actual alcalde de Barcelona con el turismo resulta contradictoria. Por un lado, defiende la ampliación del aeropuerto; por otro, se opone a la llegada de un mayor número de cruceros al Puerto"

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En los últimos 12 años, según una encuesta anual del Ayuntamiento de Barcelona, la percepción de los barceloneses sobre el turismo ha cambiado sustancialmente. En 2014, solo el 6,4% de los encuestados consideraba que dicha actividad económica era perjudicial para la ciudad. En cambio, en 2025 esa proporción había ascendido al 33,1%.

En el pasado ejercicio, incluso quienes trabajaban en empresas vinculadas al sector turístico compartían en buena medida la anterior opinión. En concreto, el 30,2% consideraba que el turismo perjudicaba a la capital catalana y el 36,9% creía que también les afectaba negativamente a ellos. Un resultado sorprendente, pues muchos de los que así opinan tienen un empleo gracias al gasto realizado por los turistas.

La negativa percepción de los encuestados se basaba en la excesiva ocupación del espacio público por parte de los visitantes (masificación), la influencia del turismo en el encarecimiento de la vivienda y la cesta de la compra y el cambio de modelo de ciudad. En este último aspecto, muchos ciudadanos consideraban que Barcelona destinaba cada vez más recursos a los turistas y menos a los residentes permanentes.

La mayoría de estos argumentos tienen un importante componente subjetivo y, en cierta medida, son consecuencia de la intensa campaña efectuada contra el turismo por Catalunya en Comú desde la llegada de Ada Colau a la alcaldía de Barcelona. Una formación que concede una escasa importancia a la actividad económica, la generación de riqueza y la creación de empleo, y cuyo objetivo es convertir a la capital catalana en una ciudad provinciana.

En los últimos años, la campaña de Catalunya en Comú contra el turismo ha sido asumida también por la CUP, ERC y, desde su llegada a la alcaldía, por Jaume Collboni. A primera vista, la relación del actual alcalde con el turismo resulta contradictoria. Por un lado, defiende la ampliación del aeropuerto; por otro, se opone a la llegada de un mayor número de cruceros al Puerto. Ambas son infraestructuras de transporte que contribuyen a incrementar la afluencia de turistas.

Por una parte, Collboni ha conseguido que Barcelona acogiera la Copa América de Vela y la salida del Tour de Francia en su edición de 2026. Dos eventos de carácter internacional cuyo principal objetivo era reforzar la imagen de la ciudad en el exterior y, por tanto, atraer un mayor número de visitantes.

Por otra parte, el líder municipal del PSC pretende reducir la oferta de alojamiento de la ciudad y lo conseguirá en 2028 si, como ha prometido en numerosas ocasiones, suprime las viviendas de uso turístico en la capital catalana. Si lo hace, Barcelona perderá el 39,7% de su capacidad de hospedaje. En concreto, desaparecerían 61.875 plazas imposibles de sustituir a corto y medio plazo, incluso si el alcalde levantara la moratoria hotelera vigente en una sustancial parte de la urbe.

La aparente contradicción desaparece si, en lugar de analizar la actuación de Collboni desde una perspectiva económica, lo hacemos desde una óptica electoral. En primer lugar, según una encuesta de Crónica Global, la ampliación del aeropuerto de El Prat es considerada una medida positiva por el 59,1% de los catalanes y el 75,8% de los votantes del PSC. Por tanto, esta propuesta le aporta más votos de los que le resta.

En segundo, una gran parte de los barceloneses identifica la llegada de cruceros como una de las principales causas de la masificación turística de la ciudad. Sin embargo, esta percepción no se ajusta a la realidad. En 2024, los cruceristas representaron únicamente el 2,5% de los visitantes de la urbe y en ningún día superaron el 7,5%.

No obstante, según la encuesta anual del Ayuntamiento, el 66,7% de los ciudadanos está de acuerdo con limitar la presencia de cruceros de escala en el Puerto, cuyos pasajeros no pernoctan en la ciudad y solo permanecen en ella durante unas horas. Por este último motivo, Collboni ha manifestado en varias ocasiones su intención de reducir su número.

Según el alcalde, los pasajeros de los cruceros de escala “no aportan valor a la ciudad”, a pesar de que cada uno de ellos gasta entre 46 y 75 € al día en comercios, bares y restaurantes. En el extremo superior de esa horquilla, el dispendio efectuado equivale al 64,1% del realizado por un turista español que pernocta en un alojamiento turístico de Barcelona.

A Collboni le interesa que la ciudad organice grandes acontecimientos, tanto si son deportivos como si no, porque considera que mejoran la imagen que los barceloneses tienen de ella. Por un lado, refuerzan el orgullo de pertenencia de los ciudadanos. Por otro, proyectan una imagen positiva de la capacidad organizativa del Ayuntamiento y de la visión cosmopolita de su alcalde.

No obstante, no todos los últimos eventos multitudinarios han tenido el mismo éxito. La Copa América de Vela tuvo un impacto inferior al previsto, especialmente entre los barceloneses y, por ello, tardará muchos años en volver a celebrarse en la ciudad. En cambio, la repercusión popular del Tour de Francia ha superado incluso las expectativas más optimistas. Sin embargo, el mayor rédito político lo ha obtenido el alcalde con la visita del Papa a la ciudad, pese a compartir protagonismo con otras autoridades.

Collboni se opone a la continuidad de las viviendas de uso turístico porque, según diversas encuestas, un elevado número de barceloneses las considera uno de los principales culpables del elevado incremento del precio del alquiler en la última década. En el barómetro de julio del Ayuntamiento, el 75% se mostró favorable a eliminar sus licencias.

En el mismo barómetro, el 76,4% de los encuestados también estuvo de acuerdo en regular el importe del alquiler de los locales comerciales. Dado el seguidismo que hace el alcalde de los resultados de las encuestas, no sería extraño que en los próximos meses el Ayuntamiento impulsara alguna medida en esa dirección. Una regulación que perjudicaría a los propietarios de los inmuebles y beneficiaría a los dueños de los comercios, siendo unos y otros personas que hacen negocios.

Una vez más, la percepción de los barceloneses y la realidad divergen. Durante los dos mandatos de Colau, el precio del alquiler aumentó un 52,5%. En cambio, el número de licencias de viviendas de uso turístico apenas varió, al pasar de 9.606 a 10.101. En Nou Barris, Sant Andreu y Horta-Guinardó, el arrendamiento se encareció un 57,6%, un 56,2% y un 55,6%, respectivamente, a pesar de que durante dicho período la oferta de VUT nunca alcanzó el 0,3% de las viviendas censadas.

En definitiva, Colau tenía muy claro el modelo de ciudad que quería para Barcelona y consiguió que una parte significativa de la ciudadanía compartiera su visión gracias a una brillante estrategia de comunicación basada en medias verdades y falsedades. En cierta medida, logró que el relato se impusiera al dato.

Para lograr su propósito, contó con la colaboración involuntaria de la oposición, pues ninguno de sus dirigentes fue capaz de presentar a los barceloneses un proyecto de ciudad sustancialmente distinto. No obstante, una parte de quienes compartían parcialmente el discurso de Colau no quiso que continuara como alcaldesa. De haberle otorgado su confianza, hoy seguiría siendo la primera edil de Barcelona.

En cambio, Collboni solo quiere ganar las próximas elecciones a la alcaldía, pues no ha sido el candidato más votado en ninguno de los tres comicios a los que se ha presentado. Para lograrlo, considera que debe aumentar su popularidad entre los barceloneses y cree que la mejor manera de hacerlo es prometer lo que en las encuestas demandan los ciudadanos.

En los tres últimos comicios, Collboni buscó con ahínco el apoyo del empresariado barcelonés. Sin embargo, nunca lo obtuvo, pues éste prefirió al candidato de Junts y, en las primeras elecciones, al de CiU. Digan lo que le digan, no se fía de ellos. Por ello, les ha escuchado atentamente, pero han tenido una escasa influencia en sus decisiones. Su estrategia como alcalde ha perseguido un doble objetivo: conservar el apoyo de quienes le votaron y atraer a una parte sustancial de los que optaron por Barcelona en Comú.

Para conservar a sus electores, ha mantenido un excelente perfil institucional, muy alejado de la gesticulación de cara a la galería que caracterizó a Colau. Para conseguir a los segundos, ha optado por una política continuista en ámbitos como la vivienda, el turismo, la movilidad y el urbanismo. En todos ellos, ha actuado más como un político populista que como uno socialdemócrata.

Todo ello explica por qué solo hemos visto al verdadero Collboni en las formas, pues en materia de gestión está siendo una copia defectuosa de Colau. Creo que únicamente veremos al auténtico si obtiene una victoria holgada en las próximas elecciones, que le permita pactar con ambos lados del espectro político.

Si así sucede, buscará una excusa para decir “donde dije digo, digo Diego” y prorrogar en 2028 las actuales licencias de viviendas de uso turístico. Solo un populista o un insensato sería capaz de eliminar el 39,7% de la capacidad de alojamiento de la ciudad cuando el turismo constituye su principal motor económico.