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Joaquim Coll opina sobre la situación del prófugo Carles Puigdemont

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Pensamiento

El problema lo tiene Puigdemont

"En política, las ausencias prolongadas suelen ser letales. Un líder que convierte el retorno en el eje de su relato acaba siendo prisionero de una promesa nunca cumplida"

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Supongamos que mañana el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) confirma, en lo esencial, el criterio adelantado por su abogado general y avala la Ley de Amnistía. Que considere compatible con el derecho europeo la extinción de la responsabilidad penal de los encausados por el procés, tanto en los supuestos de malversación como en los de terrorismo. Que cierre, en definitiva, las principales objeciones jurídicas planteadas hasta ahora.

En ese escenario, el gran problema no lo tendrá el Estado español, ni el Gobierno de Pedro Sánchez, ni siquiera el Tribunal Supremo. El problema lo tendrá Carles Puigdemont.

Porque, después de años de "exilio" en Waterloo, de convertir su situación en un símbolo de resistencia y de presentarse como el dirigente que se negó a claudicar, llegaría el momento de la verdad. Y esa verdad es incómoda: regresar o desvanecerse del todo.

La paradoja es evidente. La amnistía, concebida para resolver su situación personal y facilitar su retorno, puede acabar privándole del principal activo político que ha conservado desde 2017: la condición de presidente en el “exilio”. Durante años, su imposibilidad de regresar a Cataluña alimentó un relato de excepcionalidad que le permitió mantener un liderazgo simbólico sobre el independentismo. Si ese impedimento desaparece, también se desvanece buena parte del aura política que lo ha sostenido.

Junts atraviesa, además, su momento más delicado en años. La última encuesta del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO) dibuja un escenario muy inquietante para el partido de Puigdemont. Aliança Catalana se ha convertido en el fenómeno emergente, con una capacidad de atracción que se extiende a sectores muy diversos del electorado soberanista. Mientras tanto, Junts pierde impulso y ve cuestionada una hegemonía que durante mucho tiempo pareció indiscutible.

El problema para Puigdemont es que la eventual validación de la amnistía llega en el peor momento posible. Regresaría a una Cataluña muy distinta de la que dejó. Además, su permanencia en Bélgica ya no se interpreta desde hace tiempo como una estrategia política brillante, sino como una situación voluntariamente prolongada, en parte también por falta de coraje.

Si el TJUE avala la amnistía, ¿qué argumento le quedará? ¿Seguir reclamando unas garantías que cada vez menos gente considera necesarias? ¿Mantener que los tribunales españoles acabarán desoyendo una resolución europea? Incluso su abogado, Gonzalo Boye, ha deslizado que el regreso no debería ser inmediato.

Pero el tiempo juega en su contra. Cada mes que pasa sin que pise Cataluña erosiona un poco más su autoridad. La política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Y ese vacío empieza a ser ocupado por otros.

Regresar implicaría asumir riesgos más peligrosos que su improbable encarcelación: enfrentarse a la normalidad de la política catalana, convertirse en jefe de la oposición al Govern de Salvador Illa, someterse al escrutinio de una opinión pública que ya no lo contempla como un "exiliado rebelde" y competir directamente con la dirigente que hoy encarna el fenómeno político más novedoso, Sílvia Orriols, la "reina gótica", en la brillante expresión del canario Fernando Clavijo. No regresar, en cambio, equivaldría a reconocer que su liderazgo dependía más de la distancia y de la épica del “exilio”.

En política, las ausencias prolongadas suelen ser letales. Un líder que convierte el retorno en el eje de su relato acaba siendo prisionero de una promesa nunca cumplida.

Si la amnistía es validada, el futuro de Puigdemont dejará de depender de los jueces, de Sánchez o de las instituciones europeas. Dependerá únicamente de una decisión personal: volver y comprobar si todavía conserva un espacio que liderar o permanecer en Waterloo y asumir que la historia, simplemente, seguirá adelante sin él.