Xavier Salvador opina 'La reina gótica'
La reina gótica
"Orriols no crece solo por el derrumbe del edificio convergente. Tiene un relato que amenaza toda la política catalana, Vox incluido. Lo repite con solvencia mientras sus oponentes consultan la palabra idónea para describir las cosas"
El apodo no lo había oído en Barcelona. Lo escuché en Canarias, a dos mil kilómetros del monasterio de Ripoll, en el Parlamento regional y en boca del presidente autonómico, Fernando Clavijo. —La reina gótica —me espetó durante una agradable conversación sobre la política catalana, refiriéndose a Sílvia Orriols.
Y, como un acto reflejo, pensé que Cataluña ha alcanzado por fin la madurez exportadora. Ya no vendemos tejidos, SEAT 600 ni cava. Vendemos personajes de novela. Porque el mote es exacto. Gótica por Ripoll, claro, la villa que custodia la tumba de Guifré el Pilós y que ella gobierna como quien vigila un panteón familiar.
Gótica por la estética: piedra, niebla, amenaza exterior y una comunidad pura atrincherada dentro de las murallas. Y gótica por el género literario, que suele empezar así: un caserón venido a menos, unos herederos que han dilapidado el patrimonio y un fantasma que sube del sótano para reclamar la propiedad. El fantasma ya ha abierto la puerta.
Según el primer barómetro de 2026 del Centre d'Estudis d'Opinió, Aliança Catalana obtendría entre 23 y 25 escaños, mientras Junts caería a 16-18 y perdería aproximadamente la mitad de sus actuales 35 diputados. El director del CEO habla de «declive estructural» del partido de Carles Puigdemont.
Estructural, curiosa calificación, como las grietas de los caserones góticos. Pero Orriols ya no se alimenta únicamente de los restos del edificio convergente. El sondeo estima que capta cerca de uno de cada cuatro antiguos votantes de Vox. La alcaldesa de Ripoll caza en distintos bosques.
Es, además, la segunda dirigente preferida para presidir la Generalitat, solo por detrás de Salvador Illa y por delante de Puigdemont, Oriol Junqueras y el resto de profesionales que llevan décadas ocupándose del asunto. La lectura inmediata es la alarma. Aliança y Vox podrían reunir entre 35 y 38 diputados, una cifra inédita en Cataluña.
La alarma está justificada, pero no basta con hacer sonar la campana y convocar otro seminario sobre los peligros del populismo.
Orriols no crece en el vacío. Crece en un páramo. No todo se explica, por supuesto, por la mediocridad de sus adversarios. Hay inquietudes reales sobre inmigración, convivencia, vivienda, seguridad y deterioro de los servicios públicos.
Durante demasiado tiempo, una parte de la política convencional ha preferido descalificar esas preocupaciones antes que gobernarlas. El populista aparece precisamente cuando alguien descubre que es más rentable señalar a un culpable que resolver un problema. Orriols ofrece una explicación falsa, excluyente y rudimentaria, pero la ofrece.
Convierte conflictos complejos en una historia sencilla: hubo un pueblo armonioso, llegaron los extraños y los dirigentes cobardes permitieron la invasión. No necesita demostrarlo. Le basta con repetirlo mientras los demás consultan al gabinete jurídico si la palabra correcta es integración, inclusión o diversidad.
Y luego está el paisaje político. Puigdemont continúa en Waterloo, administrando el recuerdo de una insurrección que terminó convertida en una agenda judicial. Junqueras ha recuperado el mando de ERC, pero no la centralidad política y se ve superado en las preferencias ciudadanas por Gabriel Rufián, su propio portavoz en Madrid.
El Partido Popular catalán sigue siendo un partido en busca de autor. Alejandro Fernández tiene discurso, inteligencia y oficio, tres atributos que en la política contemporánea empiezan a resultar sospechosos. Pero Feijóo apenas es la opción preferida para la Moncloa de un 3% de los catalanes. Gobernar España sin Cataluña es posible.
Aspirar a representarla desde esa cifra exige más fe que estrategia. Los Comuns administran la nostalgia de cuando creían representar el futuro y vuelven a entregarse a sus guerras interiores pretéritas. Siempre están a punto de refundar la izquierda, probablemente porque nunca terminan de saber en qué lado vive.
Solo Illa resiste. Y lo hace, en buena medida, porque los demás no comparecen. Ese es el problema de fondo. No es que sobren reinas góticas. Es que faltan liderazgos fuera del castillo de Ripoll. Conviene, sin embargo, no confundir liderazgo con agitación. Max Weber exigía al político pasión, responsabilidad y distancia.
Nuestra época ha repartido esas cualidades de la peor manera posible: algunos conservan la prudencia pero han perdido la pasión; otros exhiben pasión sin responsabilidad y llaman valentía a la ausencia de mesura. Orriols sabe actuar, escoger adversario y construir una escena.
Eso no la convierte en una gran dirigente, del mismo modo que un incendiario no se convierte en arquitecto porque consiga iluminar el edificio.
La política catalana convencional, entretanto, ofrece gestores de derrotas, portavoces interinos y expedientes judiciales con piernas. Cuando el escenario se vacía de protagonistas, el público acaba aplaudiendo al primer personaje que recuerda el texto. Aunque el guion sea siniestro.
Albert Dalmau, conseller de la Presidència, celebró el jueves que «el PSC seguirá siendo el epicentro de la estabilidad». Tiene razón, y esa es precisamente la mala noticia. Un país en el que la única alternativa al epicentro es el terremoto no está estabilizado. Está esperando.
La receta socialista —mejorar los servicios públicos y aprobar presupuestos para frenar a la extrema derecha— es necesaria. De hecho, sin resultados materiales, cualquier relato democrático será solo publicidad institucional. Pero tampoco basta con ejecutar partidas y confiar en que el ciudadano agradecido comprenda por sí mismo la lógica del bien común. Las novelas góticas no se combaten solo con presupuestos.
Tampoco con otra campaña de comunicación llena de familias sonrientes, autobuses eléctricos y funcionarios señalando una pantalla. Se combaten gobernando bien y explicando para qué. Con una política de inmigración que no niegue los problemas ni convierta a las personas en amenazas.
Con servicios públicos que no obliguen al ciudadano a elegir entre la paciencia y el resentimiento. Con una idea de Cataluña que no sea una excavación arqueológica ni una oficina administrativa. En definitiva, con una historia mejor y, sobre todo, más verdadera.
Que el apodo me llegara desde Canarias no es una anécdota. Es un síntoma. Cuando un presidente autonómico situado a dos mil kilómetros ya dispone de un mote simpático y certero para tu nuevo fenómeno político, el asunto ha dejado de ser local. La reina gótica ha salido del caserón. Y en los demás castillos, demasiadas almenas siguen vacías.