Núria González opina sobre la campaña "Dmocracia"
¿Qué recoge un país que siembra 'chandalismo'?
"Es la metáfora perfecta del drama de las nulas aspiraciones de una gran parte de la sociedad española"
El emblema de la sociedad española, según la última ocurrencia del Gobierno sanchista, es un chándal.
Un chándal beige horrendo que me recordó enseguida al uniforme carcelario de las presas y los presos en México que están procesados, pero que aún no tienen sentencia firme. Se les distingue de los condenados porque estos últimos llevan el uniforme azul marino.
Pero, en realidad, si analizamos el asunto con un poco más de detenimiento, nos damos cuenta de que no podría ser ninguna otra cosa que un chándal lo que definiera "el progresismo centralista" y su idea de democracia, tan falsa que hasta letras le faltan.
Les contaré tres microrrelatos.
El primero se inicia en mis tiernos años de colegio en la EGB. En el colegio al que iba llevábamos uniforme. Y teníamos, además, un chándal de uniforme que únicamente se nos permitía llevar los días en que teníamos clase de gimnasia.
Conforme nos íbamos haciendo grandecitas y preadolescentes (el 85 % del alumnado éramos niñas), nos empeñábamos en ponernos el chándal más días de los que tocaba, a lo que las autoridades escolares (también «uniformadas») no tenían el más mínimo reparo en responder enviándonos a casa a cambiarnos de ropa (lo mismo que si alguna llegaba pintada como una puerta con 13 años).
No nos dejaban entrar en clase hasta que no estábamos correctamente vestidas para la actividad que íbamos a realizar: en ese caso, estudiar, aprender y mostrar cierto respeto por esa concreta acción. Cada cosa para cada cosa.
Unos cuantos años después, durante mi larga y divertida etapa como abogada en el Gabinete Jurídico de la UGT de Catalunya, coincidí con una mujer y una profesional maravillosa, de aquellas que ya se jugaban la cara y el tipo por los derechos laborales antes de la Transición: por los de los trabajadores en general y por los de las trabajadoras en particular.
Laura Toribio, además de ser una excelente abogada, tenía una fijación más que justificada con el outfit de los abogados del sindicato, y se la llevaban los demonios cada vez que veía a alguno de nosotros —casi siempre, los más jóvenes— pretendiendo ir al juzgado sin un atuendo adecuado y a la altura de nuestra labor, que era defender a los trabajadores.
Decía, con muy buen criterio, que, si los abogados de las empresas iban bien vestidos, más obligación aún teníamos nosotros, que defendíamos a la parte más débil, de no ir hechos unos foches, sobre todo por respeto al cliente, que, sin ser rico merece la mejor defensa en todos los ámbitos.
La batalla legal también se empieza a ganar o a perder psicológicamente ahí, incluso con la toga puesta. Y los tejanos, solo reservados para los viernes, días en los que normalmente no hay señalamientos. Como en el colegio: una vez a la semana.
Por último, la única vez que fui a Berlín hace ya un tiempecillo, me impactó muy positivamente la cantidad de gente que veía yendo a trabajar en metro, en tranvía, en bicicleta o en coche con el mono de faena.
Azul, blanco, gris, el que fuera, pero era el mono de trabajar. Y lo llevaban con un estilazo y con un respeto absoluto por lo que significa el trabajo. Piensen: ¿cuánto hace que no ven a nadie ir a trabajar así en España?
Y, sin embargo, hace años que se ha impuesto por todas partes la cultura del chándal, que ha culminado en la institucionalización del chandalismo, vendido como "moda urbana para jóvenes" y como metáfora perfecta de aquello en lo que se ha convertido la fauna urbana, especialmente la fauna joven de este país.
Una amalgama de gente uniformada, vestida de un color anodino que, además, no favorece a nadie, con unas letras bien grandes que casi te convierten en un hombre anuncio, llevando la prenda que por excelencia se utiliza para ir al gimnasio o para no hacer nada.
Y esas son, casualmente, dos de las actividades principales del target de Dmocracia.
Si tu único pasatiempo del día es ver series de televisión, pasarte horas haciendo scroll en TikTok, y tu única actividad de socialización es ir al gimnasio y aprovechar para subir vídeos a las redes sociales, el chándal es perfecto para ti.
Obviamente, no necesitas ni un mono de trabajo, ni un pantalón decente, aunque sea de Primark, ni nada que no sobrepase por muy poco la frontera con el pijama para salir a la calle.
No es presión estética ni postureo fashion. Es la metáfora perfecta del drama de las nulas aspiraciones de una gran parte de la sociedad española, para cuya situación —disfrutada o sufrida forzosamente— el chándal es el look ideal.
Eso sí, mientras la clase trabajadora se une al chandalismo uniformado, nuestra ministra de Trabajo, por ejemplo, no deja pasar la oportunidad de lucir un look de último modelo y de precio nada reducido, incluido el que se puso para ir a la misa del Papa en la Sagrada Familia.
Tan comunista para el resto y tan liberal para ella misma. Marca indudable de la hoz y el martillo.
Y así todo. La siembra del chandalismo da grandísimas cosechas de hipocresía política.