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Silvia Urarte y las consecuencias del terremoto de Venezuela

Silvia Urarte y las consecuencias del terremoto de Venezuela

Pensamiento

Cuando la prevención llegó antes que el terremoto

"La prevención tiene una peculiaridad que rara vez aparece en las estadísticas: resulta extraordinariamente difícil medir aquello que consigue evitar"

Publicada

La humanidad lleva siglos intentando predecir los terremotos. En Venezuela descubrimos que quizá el mayor avance no consista en lograrlo, sino en disponer de unos segundos para actuar antes de que la tierra empiece a temblar.

Mientras dos terremotos consecutivos sacudían el norte del país, millones de usuarios recibían en sus teléfonos Android una alerta sísmica segundos antes de sentir las ondas más destructivas del seísmo.

No era una predicción. Nadie sabe todavía anticipar con precisión cuándo se producirá un terremoto. Lo que ocurrió fue algo mucho más revelador: por primera vez, una tecnología de uso cotidiano demostró que la prevención puede empezar antes de que el peligro sea perceptible para las personas.

Durante mucho tiempo entendimos la prevención como la capacidad de responder con rapidez una vez detectado el problema. El objetivo consistía en disponer de mejores protocolos, mejores equipos y sistemas de coordinación más eficaces para reducir las consecuencias del daño. Lo sucedido en Venezuela introduce una lógica distinta.

El sistema de alertas sísmicas desarrollado por Google aprovecha los acelerómetros integrados en millones de teléfonos Android para detectar las primeras ondas sísmicas —las denominadas ondas P—, prácticamente imperceptibles para las personas, pero lo suficientemente rápidas como para ofrecer unos segundos de margen antes de la llegada de las ondas S, responsables de la mayor parte de la destrucción.

Cuando miles de dispositivos registran simultáneamente el mismo patrón, los algoritmos verifican que se trata de un evento sísmico, estiman su localización y magnitud y envían una alerta a quienes pueden verse afectados. Todo sucede en cuestión de segundos y, aun así, ese breve margen puede detener un tren, interrumpir una intervención quirúrgica, cerrar una válvula industrial, alejar a una persona de una fachada o darle el tiempo suficiente para protegerse.

No sabemos cuántas vidas salvó esa alerta en Venezuela. Probablemente nunca lleguemos a saberlo. La prevención tiene una peculiaridad que rara vez aparece en las estadísticas: resulta extraordinariamente difícil medir aquello que consigue evitar. Su mayor éxito consiste, precisamente, en que muchas tragedias nunca llegan a producirse.

Por eso la importancia de esta noticia trasciende la tecnología que la hace posible. Llevamos años repitiendo que los datos eran el nuevo petróleo, pero quizá esa idea necesite una revisión. Los datos, por sí solos, no salvan vidas. Solo adquieren valor cuando alguien —o algo— es capaz de interpretarlos a tiempo. Eso es exactamente lo que ha ocurrido. El terremoto no pudo evitarse, como tampoco la tragedia. Lo que cambió fue el margen disponible para actuar.

Puede parecer una diferencia menor, pero es exactamente el mismo principio que ya permite detectar un fraude financiero antes de vaciar una cuenta bancaria, identificar un ciberataque antes de paralizar una organización, descubrir anomalías en una infraestructura crítica antes de provocar un apagón o reconocer alteraciones en una cadena de suministro cuando aún existe margen para reorganizar la producción.

La ventaja ya no reside únicamente en reaccionar mejor, sino en llegar antes.

El terremoto de Venezuela deja, además, otra reflexión de mayor alcance. Durante décadas dimos por hecho que la protección de la ciudadanía dependía exclusivamente de infraestructuras públicas: hospitales, servicios de emergencia, carreteras o redes eléctricas. Sin apenas advertirlo, una parte creciente de nuestra capacidad para anticipar riesgos empieza a descansar también sobre infraestructuras digitales desarrolladas por empresas privadas.

No se trata de un detalle menor, sino de un cambio histórico. Los algoritmos, los centros de datos, las redes de telecomunicaciones, los satélites o las plataformas digitales han dejado de ser simples herramientas tecnológicas para convertirse en parte de la infraestructura que sostiene la seguridad de nuestras sociedades. También han cambiado las dependencias de la prevención.

Esa transformación abre preguntas que apenas empezamos a formular. ¿Quién garantiza la resiliencia de esos sistemas? ¿Qué ocurre si fallan? ¿Cómo se gobiernan tecnologías que, sin formar parte de la protección civil tradicional, ya influyen directamente en la capacidad de un país para proteger a su población? No son preguntas para el futuro. Son cuestiones que ya forman parte del presente y que obligan a ampliar nuestra idea de seguridad y de resiliencia.

Quizá dentro de unos años el terremoto de Venezuela sea recordado por sus consecuencias geológicas. Pero también es posible que ocupe un lugar destacado por haber evidenciado algo mucho más profundo: que la prevención del siglo XXI ya no dependerá únicamente de reaccionar con eficacia, sino de construir sistemas capaces de reconocer el riesgo cuando todavía es apenas una señal.

El terremoto no pudo evitarse. Lo que empezó a cambiar fue nuestra relación con la incertidumbre.