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Josep Maria Cortés y la Sagrada Familia de Barcelona, tras la bendición de la Torre de Jesús

Josep Maria Cortés y la Sagrada Familia de Barcelona, tras la bendición de la Torre de Jesús

Pensamiento

La nueva Sagrada Familia, reina del 'kitsch'

"El neogótico de Gaudí no concuerda con ninguno de los estilos que han abierto la puerta al inframundo del mal gusto. ¿Para qué queremos un Dios tan alto cuando necesitamos urgentemente volver a la compasión, fundamento de la moral?"

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El deseo decorativo por encima de la sutileza. No es un adorno de jardín ni un cachorro de cerámica: es una cruz blanca y resplandeciente, la más alta de las catedrales del mundo; espectacular. La Torre de Jesucristo es inspiradora de alta religiosidad, pero resulta dudosa esta versión final de la fachada central con la original de Antoni Gaudí, emblema de la Cataluña cristiana, autor de la iglesia de los pobres, levantada a base de cuestaciones voluntarias.

Para terminar la Sagrada Familia se han tiranizado los fundamentos del cristianismo hospitalario; se ha sobrepasado el horizonte ético de los foros. Sus nuevos arquitectos no cuentan con la superación de las diferentes formas de dominación de nuestro siglo: cognitiva, alimentaria, ecológica, xenófoba o patriarcal. Solo aspiran a la gloria del símbolo, viven en el círculo forzado de la alegoría pura y han abandonado la razón práctica, salvo en el caso de los ingentes recursos que proporcionan los millones de turistas que visitan el templo y permiten ponerle un lazo blanco en lo más alto. Falta por terminar la Fachada de la Gloria y la escalinata de entrada que llegaría hasta la Diagonal, destrozando los edificios de vecinos y modificando el Plan General Metropolitano.

Josep Maria Jujol, alumno dilecto y amigo de Gaudí, no reprodujo al maestro después de muerto. La esfera arquitectónica en la que vivió Jujol era poco conciliable con las aguas pantanosas que habitan los hombres y mujeres del compás y la escarpa. Uno se dice que, a pesar de las apariencias y los deseos, Jujol dejó las cosas como estaban.

Los reformadores de celofán de la Junta de Obras se han cargado las teologías del Sur Global. ¿Qué pasa con las catedrales destruidas? ¿Quién dice que la Kurfürstendamm de Berlín no conserva toda su belleza medio destruida por las bombas de la Segunda Gran Guerra? ¿Quién se empeñó en reconstruir la aguja de Notre Dame después del incendio? ¿Por qué solo tiene alas en vez de brazos la Victoria de Samotracia, cuando en su origen es una escultura de la escuela helenística en mármol que representa a la diosa alada Niké (Victoria, en la mitología romana), posándose en la proa de un barco, encontrada en la isla de Samotracia en 1863? ¿Siempre tuvo las cuatro extremidades? ¿Necesita tenerlo todo el David de Miguel Ángel dentro de la Academia en el Palacio de los Uffizi, un mármol de gran altura en actitud de contrapposto, en el que la dicotomía entre la tensión y el relajo del cuerpo surge como un apoyo al conflicto emocional entre el descanso y la alerta del guerrero, ante Goliat? O, simplemente, un día resultó obligatorio instalar una reproducción de la obra en el exterior para imponer al turista de guía de viajes el cansino síndrome de Stendhal.

El kitsch fue un arte de vanguardia condenado a la superficialidad. Resultó irónicamente bello, en palabras de Susan Sontag, después de ver los paneles cómicos del mundo pop, como guiños lúdicos, tras conocer que las latas de sopa de Andy Warhol eran guiños lúdicos a la cultura de masas.

Desde los recuerdos de Elvis hasta los restaurantes iluminados con neón, el kitsch se convirtió en una fuerza innegable que da forma a parte de la cultura contemporánea. Pero el neogótico de Gaudí no concuerda con ninguno de los estilos que han abierto la puerta al inframundo del mal gusto. ¿Para qué queremos un Dios tan alto cuando necesitamos urgentemente volver a la compasión, fundamento de la moral?