Javier Serrano Copete y el futbolista de EEUU Folarin Balogun
En el patio de la escuela del César se juega al balompié
"El fútbol es un pegamento que ayuda en cuasi cualquier charla animada, siempre y cuando se le deje, o intente (si se puede), dejar al margen de la política"
El juego forma parte del aprendizaje en cualquier especie cerebralmente compleja. Sea como simulacro de supervivencia, o como mero ocio (si es que el ocio, “desinteresado”, existe), el juego ha estado presente en nuestra estirpe mamífera desde el principio de los tiempos. Todo en el hombre tiene una visión individual y una posibilidad colectiva, pues, además de ser un animal político, lo somos, también, simbólico (como sostuvo Cassier).
El deporte y sus sucedáneos históricamente han servido de panem et circenses a lo largo de todas y cada una de las civilizaciones que han predominado a lo largo de la historia. Sea el propio atletismo o la lucha en la antigua Grecia, las carreras de carros en Roma o, cruzando el océano, el propio juego de pelota entre los mayas, el deporte siempre ha tenido un componente ritual (con, en algunos casos, la muerte ritual incluso) y de control y promoción del poder.
Es una verdad científicamente demostrada que los sesgos imprimen cualquier juicio humano, y que las masas necesitan alimento, a base de gritos y partidos de fútbol. Contra la ponzoña del nacionalismo y los atávicos apretones del tribalismo, un tiempo de Mundial de balompié todo parece curarlo, incluso la parodia neoimperialista del Calígula de los tiempos modernos, aunque solo en apariencia.
Me gusta el fútbol, exclusivamente como fenómeno social. Sea para mantener una entusiasta conversación con afines, o para fortalecer vínculos con otras personas con ocasión del sutil arte del chinchar, el fútbol es un pegamento que ayuda en cuasi cualquier charla animada, siempre y cuando se le deje, o intente (si se puede), dejar al margen de la política.
Como ya pasara con las Olimpiadas en la Grecia antigua, tiempo durante el cual se suspendían los conflictos bélicos, las escuadras nacionales en los mundiales canalizan el fervor patriota (y, en no poca medida, guerrero) de los hombres necesitados de acción (ni que sea de forma indirecta y traspuesta, con asiento cómodo y cerveza fresca).
Como fenómeno de masas es un obvio, y útil, objeto de estudio, y un claro espejo del que extraer conclusiones geopolíticas y calibrar el funcionamiento de muchas sociedades y proyectos.
EEUU (con la floritura y florero de México y Canadá) está organizando un campeonato mercantilmente bastante eficiente (con estadios llenos y pausas publicitarias de agua rentable).
La confirmación de una globalización cuasi perfeccionada se manifiesta en el perfecto conocimiento, y seguimiento, de cuasi todas las estrellas que posan en el graderío, unido ello a que todas las naciones desean practicar un mismo deporte y un mismo modelo, como sacado de un mismo molde (siendo cada vez más difícil de sostener, frente al mundo, el interés y “supremacía”, solo en EEUU, del fútbol americano o el beisbol frente al soccer, más incomprensible, si cabe, cuando tienen, además, la NBA).
Como si de un consentido abusón de patio de colegio privado se tratara (en el que su padre quizá tenía que pagar las próximas tres reformas del lugar), la parodia imperial se atreve a agradecer favores arbitrales ex post en X (lo de la roja a Balogun no se ha visto nunca en un Mundial de fútbol), mostrando que entre las varias vidas imperiales que desea vivir, ya ha pasado por Nerón y Calígula, por Cómodo (“luchando” en Pressing Catch y organizándose una carnicería, con Topuria, en su cumpleaños) y quién sabe si no acabará como las creencias y crónicas interesadas atribuyeron a Tiberio o Heliogábalo (los “pececillos” del primero no parecen ser tan gran cosa a la luz de Epstein).
La insuficiencia de medios comparativamente sigue manifestándose en toda competición internacional, quedando, una vez más, los equipos africanos en un segundo lugar. Con la misma genética que nutre a las grandes potencias europeas, las selecciones del continente negro siguen sin dar el salto cualitativo y ello se justifica, cómo no, en la, aún, superioridad europea en cuanto a medios e instalaciones.
Como interesado instrumento de estado (en perfecta confabulación con los EEUU) tenemos el experimento de Marruecos. Poco popular entre sus vecinos africanos (no solo Argelia), por considerarle desleal defendiendo a Israel y a la Administración Trump en todas sus acciones (habrá que ver cuánto tardan, con la animadversión contra España por parte del actual presidente de EEUU, en retar a nuestro país de forma violenta por Ceuta y Melilla), nuestro vecino del sur pretende rivalizar con la Europa que ve desde el Estrecho y que no alcanza.
La propia selección marroquí tiene algo de farsa. Se alaba el papel de la administración leal a un monarca absolutista en un país del siglo XXI en la confección de un once donde la mayoría de los jugadores han nacido en España y otros países de Europa.
La evidente competitividad de los magrebíes puede estar secundada con los sentimientos de engrandecer una nación emergente… pero la educación y formación de élite de tales futbolistas es gracias a Europa, siendo ellos, por lo tanto, europeos. Si algo nos demuestran los últimos Mundiales es que el camino hacia el melting pot europeo no tiene marcha atrás, y que hay un origen muy similar entre las estrellas de uno y otro lado del estrecho de Gibraltar.
En verdad, Messi como claro ejemplo, el éxito nacional de muchas selecciones no europeas se debe a la formación e inversión de esa vieja Europa eternamente criticada, y que sigue generando complejos en algunas naciones, en comparación, casi recién nacidas. Europa, hoy como siempre, no será pura sino diversa y los éxitos futbolísticos demuestran que hay futuro en el Viejo Continente, solo que con otras caras.