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Jordi Mercader y vistas panorámicas de Barcelona y su área metropolitana desde Collserola

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Pensamiento

La frustración metropolitana de Barcelona, un secreto a voces

"Todos dicen estar de acuerdo en la vía metropolitana, pero la mayoría de los municipios que deben participar de esta solución no ocultan su resistencia a la idea, en nombre de la defensa de las respectivas identidades locales"

Publicada

Barcelona necesita soluciones metropolitanas sistémicas e institucionales”, dijo Greg Clark, uno de los grandes expertos en ciudades y liderazgo local, en el acto de conmemoración de los 40 años de la revista Barcelona Metròpolis, celebrado hace unos días, cuando la ciudad acogía el Congreso Mundial de Arquitectura.

Clark conoce bien el caso de Barcelona, que en cuanto a los cambios urgentes a realizar no difiere demasiado del resto de grandes conurbaciones mundiales. La fotografía es parecida: déficit de viviendas, brecha creciente entre ingresos y precios de la vivienda, cambios en la tipología clásica de residentes, auge del turismo, falta de estrategia demográfica, inversión insuficiente en transporte, necesidad de un desarrollo económico de escala metropolitana.

La capital catalana, sin embargo, presenta a ojos de este observador privilegiado un problema esencial. “Barcelona no dispone de una gobernación metropolitana capaz de coordinar y ejecutar las medidas para afrontar los cambios necesarios”, sentenció.

Todo el mundo está de acuerdo en que la escala metropolitana es la solución de futuro, todos los expertos y todos los presentes en aquella conferencia magistral estaban al caso de que la frustración metropolitana de Barcelona viene del pasado, de cuando el empeño pujolista para cercenar la ambición maragallista ideó la losa de las leyes de ordenación territorial de 1987, y tampoco nadie entre los reunidos en el Born dudaba de que este es un proyecto condenado a ser, durante algunos años más, la frustración más emblemática de Barcelona.

Jordi Amat, el autor de Las batallas de Barcelona, planteó la evidencia en el coloquio. Todos dicen estar de acuerdo en la vía metropolitana, pero la mayoría de los municipios que deben participar de esta solución no ocultan su resistencia a la idea en nombre de la defensa de las respectivas identidades locales. O sea, las “soberanías locales”, como las denominaría Ada Colau de seguir en activo.

En 2010, se creó el Àrea Metropolitana de Barcelona. Una modesta enmienda al error nacionalista de 1987 que no puede considerarse, ni de lejos, un auténtico gobierno metropolitano. Como mucho, una contemporización política para secundar las bienintencionadas iniciativas bilaterales entre municipios.

El AMB y sus dirigentes son, a su manera, lampedusianos metropolitanos. Algo así como “mantengamos vivo el horizonte, pero sin prisas, no vayamos a perder nuestras cuotas de poder local”. Muy lejos de lo que el profesor Clark quería decir cuando dijo que Barcelona necesita imperativamente “un liderazgo metropolitano” para anticipar las soluciones de futuro que exige el complejo presente.

El quid de la cuestión es evidente: se trata de la creación del liderazgo territorial de la parte del león de Cataluña. No seamos ingenuos. Demasiados afectados institucionales para que el proyecto despierte entusiasmo colectivo. En la balanza, muchos intereses políticos contradictorios incluso en el interior de cada partido. Y para rematar, la confrontación de las visiones de país.

Fórmulas de gobernanza metropolitanas habrá tantas como metrópolis hay en el planeta. Seguramente, el prestigio urbanístico y reformista de Barcelona demanda la más eficiente.