José Antonio Bueno y aficionados de Noruega, simulando remar como los vikingos en un partido del Mundial 2026
Los simpáticos vikingos
"Nos pueden parecer simpáticos los bárbaros vikingos, los piratas ingleses, los comecorazones aztecas o Atila, el Huno. El tiempo lo cura todo, y nunca es justo valorar el pasado con las gafas del presente. Pero, al menos, no afeemos a nuestros antepasados por todo lo bueno que hicieron, que fue muchísimo"
Una de las aficiones que más impacto ha logrado en el Mundial de fútbol es la noruega. Les hemos visto remar y rugir siguiendo el ritmo de un tambor que se va acelerando en Times Square, en las escaleras del metro o hasta en su parlamento. Sin duda, un espectáculo viral simpático y que ha puesto a la selección nórdica en el mapa, más allá de la melena rubia de su estrella, Haaland.
Como nos gusta opinar tanto de historia vamos a recordar quiénes eran los vikingos. No eran un grupo étnico ni una tribu, sino simplemente unos bandoleros, bastante sanguinarios, por cierto.
La traducción de vikingo es, más o menos, “el que asalta”. Un nórdico que no salía en expedición de rapiña, no era vikingo. Iban en barcos largos, de poco calado y rápidos, con dragones decorando la proa, los drakkar, y basaban su éxito en la sorpresa y la brutalidad de sus ataques. No ganaban batallas, sino que saqueaban, destrozaban y quemaban todo lo que encontraban a su paso, torturando, violando y matando a quien encontraban en su camino.
En los 200 años largos de la época vikinga, entre los años 800 y 1.000, arrasaron más de 400 ciudades, muchas veces mediante incursiones, remando río arriba para atacar al amanecer. Llegaron a París dos veces, una de ellas con más de 120.000 atacantes. Asolaron varios pueblos ingleses e incluso llegaron a Sevilla, teniendo una especial predilección por quemar monasterios y asaltar iglesias. Hasta saquearon Notre-Dame de París en dos ocasiones en el siglo IX.
Los vikingos siempre han gozado de muy buena prensa, especialmente tras el romanticismo, especialista en endulzar lo malo. La mitología nórdica, con Odin y Thor al frente, ha gustado a varios autores, y en la tetralogía del anillo de los nibelungos, Wagner mezcló tradiciones alemanas con nórdicas. De hecho, popularizó el uso de cascos con cuernos, algo que parece no usaban en la realidad. Por haber, ha habido hasta dibujos animados de un simpático niño vikingo, Vicky, fruto de una coproducción alemana y japonesa.
Me pregunto qué dirían los guardianes de las esencias y la espiritualidad woke si los seguidores de la selección española se pusieran un morrión en la cabeza, es decir, el casco que llevaban los Tercios españoles en su conquista del mundo. O que, ya que el Mundial se celebra en América, aprovechásemos para reivindicar su descubrimiento y nuestro grito de apoyo fuese “Hernán, Hernán”, en memoria del gran Hernán Cortés. No sería muy diferente a lo que hacen ahora los noruegos, solo que ellos no se avergüenzan de sus antepasados y nosotros sí, y eso que el balance de los nuestros es “algo” más positivo.
Nuestro Rey ha tenido que rendir pleitesía a la presidenta mexicana, “animado” por nuestro Gobierno, y aunque no ha pedido formalmente perdón por el pasado, los gestos, la escenografía y la actitud lo dicen todo. Tenemos que pedir perdón por haber fundado más de 700 ciudades en América solo en el siglo XVI, por haber construido más de 1.000 iglesias, por erigir más de 500 catedrales y por fundar más de 36 universidades, 15 antes de que se fundase Harvard, por cierto.
Mención especial merece el trato a las lenguas indígenas, algo que ninguna otra potencia colonizadora hizo. Los frailes y misioneros españoles realizaron los primeros estudios sobre filología y lingüística de las lenguas indígenas precolombinas, sin los cuales se habrían perdido muchas de ellas. Solo en México, a fines del siglo XVI, se publicaron 109 obras dedicadas a las lenguas indígenas. Náhuatl, otomí, purhépecha, zapoteca, mixteca, maya… fueron objeto de profundos análisis gramaticales y léxicos.
La primera gramática de una lengua indígena americana fue el Arte de la lengua mexicana (náhuatl) de Fray Andrés de Olmos, publicada en 1547, aunque se perdió una versión anterior de 1531. En 1560, en Valladolid, el misionero Domingo de Santo Tomás publicó la Grammatica o arte de la lengua general de los indios de los reynos del Perú, primera gramática del quechua. Y podemos seguir enumerando país a país, pueblo a pueblo.
Los misioneros alentaron al clero a aprender los idiomas nativos y a editar vocabularios, gramáticas y catecismos en diversas lenguas indígenas. Y al mismo tiempo, se instó a las élites indígenas a aprender español, lo que permitió que la influencia fuera recíproca y que los propios indígenas contribuyeran a la enseñanza de su lengua y tradiciones. Los españoles entendieron que el mestizaje es fuente de riqueza, algo que ingleses o franceses nunca aceptaron.
Las universidades fundadas por la Iglesia contaron con cátedras de lenguas nativas, y el Evangelio se transmitió en su idioma muchísimo antes que el Concilio Vaticano II recomendase acercar la Palabra al idioma del pueblo. Esto no tuvo equivalente en ningún otro imperio colonial. Ni siquiera Portugal creó gramáticas de lenguas americanas durante la colonia. De Inglaterra no hace falta hablar.
España no destruyó nada, sino que, por el contrario, contribuyó a crear puentes entre culturas. Y ahora son precisamente algunos españoles quienes se avergüenzan de sus antepasados. La pretendida superioridad moral de algunos posicionamientos parece nublarles la razón.
La verdad es que la historia ha maltratado a unos y sobrealabado a otros, no solo a los vikingos. Napoleón es otro ejemplo de personaje con una excelente prensa, a pesar de contar sobre sus espaldas con más de 6,5 millones de muertos, la disolución del sacro imperio romano germánico y, por ende, de gran parte de la tradición europea, el expolio de media España, el auge de los nacionalismos que tantos problemas nos han acarreado, la masacre de, al menos, el 20% de los negros haitianos, algunos de ellos, enterrados vivos, la restauración de la esclavitud en la isla y la pérdida para Francia de la Luisiana. Pero, misteriosamente, no está en el ranking de los malos malísimos, sino más bien al contrario.
Nos pueden parecer simpáticos los bárbaros vikingos, los piratas ingleses, los comecorazones aztecas o Atila, el Huno. El tiempo lo cura todo, y nunca es justo valorar el pasado con las gafas del presente. Pero, al menos, no afeemos a nuestros antepasados por todo lo bueno que hicieron, que fue muchísimo. Remad, vikingos, remad…