Roger Huguet ante la bandera conmemorativa de los 250 años de EEUU
'Happy 250th birthday, United States!'
"Estados Unidos no ha progresado porque siempre haya acertado; ha progresado porque nunca ha considerado que su obra estuviera terminada"
Cuando el presidente Abraham Lincoln afirmó en su mensaje anual al Congreso de 1862 que los Estados Unidos eran “the last best hope of earth” —la última y mejor esperanza de la humanidad—, no estaba haciendo propaganda.
En plena guerra civil, defendía la supervivencia de un experimento político que todavía estaba por demostrar: que una sociedad podía gobernarse sin reyes, sin aristocracias hereditarias y sin condenar a cada ciudadano a permanecer toda la vida en el lugar donde había nacido.
El 4 de julio de 2026, Estados Unidos celebra los 250 años de aquel experimento iniciado en 1776. Un país construido sobre ideas europeas, pero que se atrevió a llevarlas más lejos que la propia Europa: libertad individual, separación de poderes, gobierno representativo y, sobre todo, el derecho a buscar la propia felicidad.
Naturalmente, el país no es perfecto. La esclavitud, la segregación racial, el trato a los pueblos indígenas, las guerras equivocadas, las desigualdades y los abusos del poder forman también parte de su historia. Pero hay algo profundamente americano en su capacidad para discutir sus errores, corregirse y volver a empezar.
Estados Unidos no ha progresado porque siempre haya acertado. Ha progresado porque nunca ha considerado que su obra estuviera terminada.
El país que convirtió el futuro en una industria
Cada cierto tiempo, especialmente desde Europa, se anuncia la decadencia de Estados Unidos. Cada crisis política, cada recesión o cada conflicto social se presentan como la prueba definitiva de que el país ha dado ya todo lo que podía dar.
La gran fortaleza americana no es únicamente su territorio, sus recursos naturales, su mercado o su poder militar. Es una forma de pensar: la idea de que el futuro todavía se puede construir y de que siempre hay una segunda oportunidad.
Desde los primeros pozos comerciales de petróleo en Pensilvania hasta la electrificación impulsada por Thomas Edison, desde la energía nuclear hasta la revolución del petróleo y el gas de fracking, Estados Unidos ha transformado repetidamente la manera en que el mundo produce energía.
Ahora, la siguiente etapa podría llegar de los pequeños reactores modulares, de nuevas fuentes renovables y de sistemas capaces de abastecer la gigantesca demanda eléctrica de los centros de datos y de la inteligencia artificial. No todas estas promesas se cumplirán. Algunas fracasarán de manera espectacular, como suele ocurrir antes de cada gran avance.
La diferencia es que en Estados Unidos todavía existen capital, empresas y personas dispuestas a intentarlo.
Algo parecido ocurrió con la aviación. El Boeing 707 inauguró a finales de los años cincuenta la era moderna de los vuelos internacionales a reacción. Hoy varias compañías estadounidenses trabajan en nuevos aviones supersónicos, aeronaves eléctricas y sistemas autónomos que podrían volver a reducir las distancias.
Y cuando la carrera espacial parecía haberse convertido en una actividad burocrática y enormemente costosa, la colaboración entre la NASA y empresas privadas como SpaceX recuperó la ambición, redujo costes y abrió la posibilidad de construir una verdadera economía espacial.
Internet, la inteligencia artificial y la libertad de arriesgar
Internet tuvo un origen decisivamente estadounidense, aunque su desarrollo fue una obra internacional. Pero fueron principalmente empresas americanas las que convirtieron aquella red en ordenadores personales, buscadores, comercio electrónico, teléfonos inteligentes, redes sociales, servicios en la nube y, ahora, inteligencia artificial.
Apple, Microsoft, Google, Amazon, Nvidia, Meta, OpenAI y tantas otras compañías no surgieron de un decreto gubernamental ni de un plan redactado por funcionarios. Nacieron de la combinación de universidades, capital, talento, competencia y una regulación que, con todos sus defectos, permitió experimentar antes de conocer todas las respuestas.
Europa dispone de magníficos científicos y excelentes universidades. Lo que no ha conseguido construir con la misma eficacia es el sistema que transforma una buena idea en una compañía global. Europa ha perfeccionado el arte de regular las innovaciones que otros crean. Estados Unidos sigue intentando crear la siguiente, y ya la regulará alguien cuando haya tiempo.
La inteligencia artificial será uno de los grandes motores de la próxima revolución industrial. Cambiará la medicina, la educación, la industria, la defensa, la logística y la manera de trabajar. También destruirá empleos, concentrará poder y generará nuevos riesgos.
Pero Estados Unidos vuelve a partir con una ventaja decisiva: posee las principales empresas tecnológicas, mercados de capital enormes, universidades abiertas al talento y una cultura que acepta que el fracaso es muchas veces el precio de la innovación.
Un país construido por quienes llegan
Existe otra razón por la que resulta prematuro anunciar el final de Estados Unidos: su capacidad para atraer y aprovechar la ambición de quienes llegan de fuera.
Mi mujer y yo formamos parte, modestamente, de esa historia.
Llegamos a Estados Unidos en 1995, como tantos otros inmigrantes, con un trabajo y con la intención de abrirnos camino. No llegábamos huyendo de la miseria ni perseguidos políticamente. Veníamos de Barcelona y disponíamos de una oportunidad profesional. Pero pronto descubrimos que Estados Unidos no solo te recibía para hacer el trabajo por el que habías llegado. Te permitía imaginar qué más podías llegar a hacer.
El país no nos regaló nada. Tuvimos que adaptarnos a otra lengua, a otra cultura profesional, a otras costumbres y a una forma mucho más competitiva de entender el trabajo. Pero tampoco encontramos un sistema especialmente interesado en recordarnos constantemente de dónde veníamos, a qué clase social pertenecíamos o cuál se suponía que debía ser nuestro límite.
Lo importante era lo que podíamos aportar.
Esa mentalidad abierta permitió que mi mujer y yo pudiéramos desarrollarnos profesionalmente de maneras que difícilmente habríamos alcanzado en la Barcelona o la España de aquella época. No porque en España faltara talento, sino porque demasiadas veces las oportunidades dependían del origen, de los contactos, de la antigüedad o de saber esperar pacientemente a que alguien situado por encima decidiera apartarse.
En Estados Unidos también existen enchufes, élites y círculos cerrados. No conviene idealizarlo. Pero existe al mismo tiempo una enorme cantidad de puertas laterales, escaleras nuevas y personas dispuestas a escuchar una idea si creen que puede funcionar.
Esa fue quizá una de las grandes lecciones de nuestra experiencia americana: el país no te preguntaba tanto quién habías sido como quién estabas dispuesto a convertirte.
Millones de inmigrantes han vivido algo parecido. Han llegado con un oficio y han terminado creando empresas, dirigiendo departamentos, investigando, enseñando o abriendo caminos que ni siquiera habían imaginado al aterrizar.
La inmigración puede producir también problemas cuando es desordenada, masiva o no exige integración. Ninguna sociedad puede mantener sus servicios, su seguridad y su cohesión sin controlar sus fronteras. Pero la gran fortaleza histórica de Estados Unidos ha consistido en combinar frontera, integración y oportunidad.
El inmigrante no recibe solamente permiso para vivir en el país. Recibe, al menos idealmente, una invitación a convertirse en americano y ser parte de su identidad.
La capacidad de volver a empezar
En 250 años, Estados Unidos ha sufrido una guerra civil, depresiones económicas, asesinatos presidenciales, disturbios raciales, derrotas militares, escándalos políticos y graves crisis institucionales.
Ha sobrevivido a todos ellos.
No porque sus gobernantes hayan sido siempre brillantes, sino porque el país no depende únicamente de Washington. Está formado por 50 estados, miles de municipios, universidades, empresas, asociaciones, iglesias, fundaciones y ciudadanos capaces de actuar por su cuenta.
La separación de poderes no fue diseñada para ser eficiente. Fue diseñada para impedir que la eficiencia del poder acabara destruyendo la libertad.
Los próximos 250 años
Estados Unidos afronta problemas serios. La deuda pública es enorme, la polarización política convierte demasiadas veces al adversario en enemigo, la vivienda es inaccesible en muchas ciudades, la frontera necesita orden y la competencia con China será económica, tecnológica y militar.
Pero confundir sus problemas con una decadencia inevitable significa no haber entendido su historia.
La cuestión no es si Estados Unidos tendrá nuevas crisis. Naturalmente que las tendrá. La cuestión es si conservará aquello que le ha permitido superarlas: libertad para innovar, capital dispuesto a arriesgarse, instituciones capaces de limitar el poder, capacidad para atraer talento y una cultura que todavía admira a quien intenta construir algo nuevo.
Los americanos somos optimistas, en ocasiones de manera casi irritante. Creemos que los problemas pueden solucionarse, que una empresa puede empezar de cero y que el futuro será mejor si alguien decide fabricarlo.
Esa confianza provoca burbujas, errores y fracasos espectaculares. Pero también ha producido avances que el resto del mundo ha terminado utilizando.
Al cumplir 250 años, Estados Unidos no debería limitarse a recordar lo que ha conseguido. Debería recordar qué hizo posibles esos logros.
No fue la perfección. Fue la libertad de intentarlo.
No fue la ausencia de conflictos. Fue la capacidad de superarlos.
No fue un Gobierno que conocía todas las respuestas. Fue una sociedad que permitió a millones de personas buscarlas.
Mi mujer y yo llegamos con un trabajo. Estados Unidos nos ofreció la posibilidad de construir una vida y unas carreras profesionales que entonces difícilmente habríamos imaginado.
Esa posibilidad, multiplicada por millones de historias personales, es una parte esencial del secreto americano y su identidad.
Lincoln tenía razón. Estados Unidos sigue siendo una gran esperanza para el mundo, no porque haya creado una sociedad sin defectos, sino porque ha demostrado que una nación puede corregirse sin renunciar a la libertad.
Doscientos cincuenta años después, el experimento continúa.
Y quienes llevan décadas anunciando su final probablemente tendrán que esperar otros 250 años.
Happy Birthday, America. The best may still be ahead.