Josep Maria Cortés y una fotografía de Jordi Pujol y su hijo Oriol Pujol durante el homenaje que le brindó la JNC en Planoles (Girona)
Junts o el 'stand-up comedy'
"Me consta que los cuadros de Junts, como Carles Campuzano o Jaume Giró, no son xenófobos, pero del resto no me fío, porque Batet, Sales o Turull son incapaces de mostrar una pradera verde sin cubrirla de gallinas"
Junts atraviesa una fractura del alma humana que la mayoría sitúa en el olvido para no remedar su pasado. El nacionalismo clásico cierra los Dardanelos para abrir la celda aurífera de Waterloo, a cambio de la vuelta del expresident.
Deberá negociarlo con Feijóo tras la caída del voto socialista en medio del pantano de imputaciones, sentencias de prisión y de la inculpación de Zapatero desatado por una Fiscalía norteamericana o por las joyas presidenciales pilladas por la UDEF en la caja fuerte del expresidente, un asunto digno de pieza aparte, pero que el instructor mantiene en el totum revolutum de las acusaciones particulares formuladas por los homúnculos del mundo ultra.
La maquinaria judicial se cruzó hace unos días con el homenaje a la figura de Jordi Pujol, efectuada en Planoles (Ripollès), en la que el actual secretario general de la JNC, Aleix Agustí, reivindicó el “catalanismo inclusivo” del expresident, resumido en el lema Cataluña, un sol poble”.
No vendamos monsergas, hombre, y menos cuando la consigna nació en su día de un slogan publicitario; además de ser una sola nación, ahora somos de nuevo un solo pueblo.
Me consta que los cuadros de Junts, como Carles Campuzano o Jaume Giró, no son xenófobos, pero del resto no me fío, porque Batet, Sales o Turull son incapaces de mostrar una pradera verde sin cubrirla de gallinas. Aunque digan aquello de El meu mon és el Món y nieguen mil veces a Silvia Orriols —pañuelo al viento, lechuza al cinto—, acabarán desembocando en la gobernanza con Vox en el Congreso.
En el mismo acto de homenaje, Jordi Pujol, lanzó, cerca de la estación pirenaica de La Molina, la obligación de asumir su “deber” de “integrar” a los inmigrantes que llegan a Cataluña. ¿Ah sí? ¿Cuántas regularizaciones promovió el expresident en su momento?
Qué afición tienen los patriotas de medio pelo a mellar los valles de la belleza. Les parece que, desde el centro telúrico pirenaico rodeado de picos, sus proclamas inundarán la tierra baja, después de que ellos decidan huir a la tierra alta para dedicarse a Dios y a la libertad. Es el principio trovadoresco de todo nacionalismo, al amor ultramontano que comparten con requetés y falangistas, los mismos requetés y falangistas que ocuparon Bilbao, en 1937, la ciudad bombardeada por el general Mola.
Planoles ha sido una stand-up comedy de los exconvergentes, un texto breve en el que sus protagonistas cuentan la gloria del pasado sin anunciar su futuro; no son un banquete sino un pica-pica; estimulan la conversación más que moverla, pero no clausuran nada, entran por los ojos y dejan poso en el paladar. Son palabras sobre el escenario cargado de mítica pero vacío de significados.
El nacionalismo clásico es una especie de balayeuse (paseadora) en la moda del Segundo Imperio, como si en vez de hablar Voltaire hablara Chateaubriand con un faldón estrecho recortado la visión fugitiva de lo ancho, que había sido un refugio para las caderas criticables. Vacuidad y pasado en plena combustión sentimental. Mientras el país hierve sobre las togas y las acusaciones particulares, el nacionalpopulismo reconstruye La ciudad del sol.