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Alberto Gimeno y un grupúsculo de independentistas manifestándose ante la Sagrada Familia

Alberto Gimeno y un grupúsculo de independentistas manifestándose ante la Sagrada Familia Agustí Colomines (X) / Fotomontaje CG

Pensamiento

'Grandeur' frente a la chapuza

"Es una pena que el independentismo siga teniendo esos delirios de presencia, pese a que los ciudadanos no los refrendan suficientemente en las urnas. En la vida, cuando uno pierde importancia, tiene que saber retirarse a tiempo"

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El histórico viaje de León XIV a España superó con creces el cúmulo de molestias que supuso. El país dio buena imagen y las incomodidades ciudadanas, especialmente visibles en Madrid y Barcelona, pese a ser notables, formaron parte de los gajes del oficio. Si un país quiere estar en el mapa, y recibir la visita del Papa es una manera de estarlo, es previsible que la vida cotidiana se vea alterada.

De todos los eventos que tuvieron lugar con el Pontífice como protagonista, el más rabiosamente emotivo fue el de la Sagrada Familia. Cuesta en esta ciudad hermosa pero cainita encontrar un elemento de consenso tan rotundo pero la ceremonia que sirvió para consagrar la Torre de Jesús y su cruz dominante mantuvo a los barceloneses atornillados al televisor entre la emoción y el orgullo.

Fue un espectáculo bello, elegante y emotivo, digno de esas capitales que quieren destacar y que, además, de vez en cuando, saben cómo hacerlo.

Algo parecido debieron sentir los barceloneses en la segunda exposición universal en 1929, con una ciudad volcada a la modernidad y la luz, o cuando inauguramos el Mundial de fútbol de España en 1982, con aquella famosa paloma de la paz surcando el cielo del Camp Nou o, más recientemente, cuando nos pusimos en el escaparate del mundo con los Juegos Olímpicos de 1992, con aquellos momentos de tensión y estallido que fueron los que tardó en apuntar el arquero Rebollo al pebetero mágico del Estadi Olímpic.

Cuando logramos que el mundo nos mire embelesado ganamos muchos puntos. Lástima del intento de los cantores que quisieron boicotear el acto con esteladas escondidas y con la idea de alterar el programa fijado para el acto. La acción policial logró frenar la acción y expulsó, como saben ustedes, a toda la coral.

Es una pena que el independentismo siga teniendo esos delirios de presencia, pese a que los ciudadanos no los refrendan suficientemente en las urnas. En la vida, cuando uno pierde importancia, tiene que saber retirarse a tiempo, y eso es lo que la radicalidad independentista sigue sin aprender. Intentar emborronar un acto magno, con una grandeur que para sí hubieran soñado los franceses más detallistas, fue una mala idea que, afortunadamente, no tuvo consecuencias.

Y lo peor de todo es esa parte de la sociedad que todavía les da alas, la que aboga por la rebeldía y encima azuza a esos díscolos mal aconsejados a exigir responsabilidades por haberles chafado la guitarra, por no haber logrado convertir un evento majestuoso en un sainete de la peor calaña.

En fin, el mundo al revés. Menos mal que todavía prevalecen las mentes brillantes sobre los ataques de rauxa de unos pocos que creen que Cataluña es suya. Ni lo es ni lo será. Y mucho menos, a base de chapuzas.