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Un montaje con una foto de Manuel Gómez Acosta y una imagen de fondo de un robot jugando al ajedrez

Un montaje con una foto de Manuel Gómez Acosta y una imagen de fondo de un robot jugando al ajedrez Crónica Global

Pensamiento

Algoritmos y tecno-autoritarismo, una alianza inquietante

"Cada vez más decisiones relacionadas con objetivos estratégicos, desarrollo de software o inteligencia artificial son adoptadas mediante sistemas que escapan al control directo de los poderes públicos y quedan bajo la supervisión de consejos de administración responsables ante sus accionistas"

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Empresas tecnológicas como Palantir, SpaceX, Tesla o Anduril Industries,… junto con determinados inversores de Silicon Valley, están adquiriendo una influencia creciente sobre funciones tradicionalmente ejercidas por los Estados: defensa, gestión de datos, comunicaciones o administración pública. Esta tendencia plantea interrogantes sobre la soberanía democrática y la autonomía estratégica europea.

Las democracias occidentales, especialmente Estados Unidos y Europa, estarían cediendo progresivamente funciones esenciales a grandes conglomerados de empresas tecnológicas privadas conocidas como: tecno-autoritarias.

Esta transformación no se produce mediante golpes de Estado ni por la fuerza, sino a través de una dependencia cada vez mayor de infraestructuras digitales, sistemas de IA y plataformas controladas por corporaciones privadas. Los algoritmos, diseñados y gestionados por estas empresas, pueden terminar actuando al servicio de intereses particulares sin ningún control democrático.

Un ejemplo significativo es el acuerdo firmado en julio de 2025 entre el Ejército de Estados Unidos y Palantir Technologies, valorado en unos 10.000 millones de dólares para un periodo de diez años. Oficialmente, se presentó como una herramienta destinada a simplificar procedimientos administrativos.

Sin embargo, su verdadero alcance radica en convertir a Palantir en una pieza central para el control y la ejecución de funciones esenciales —antes ejercidas por la propia administración estadounidense—, como serían : IA, planificación logística, mantenimiento y disponibilidad operativa, análisis de datos del personal y priorización de información para la toma de decisiones.

La importancia política y estratégica del acuerdo va mucho más allá de su dimensión técnica. Resulta preocupante que decisiones fundamentales puedan depender de tecnologías desarrolladas por una empresa privada cuya dirección responde ante sus accionistas y no ante instituciones democráticas.

Algunos analistas sostienen que Palantir está evolucionando desde ser un proveedor de software hacia convertirse en el auténtico "sistema operativo" del Departamento de Defensa estadounidense.

Cuando funciones críticas del Estado dependen de tecnologías controladas por empresas privadas, surgen importantes interrogantes éticos y democráticos: dependencia tecnológica, opacidad algorítmica, dilución de responsabilidades, influencia corporativa y concentración de poder.

No obstante, también existen argumentos en sentido contrario. Sus defensores recuerdan que la contratación privada en el ámbito militar no es nueva; desde hace décadas los Estados recurren a fabricantes de aviones, empresas de telecomunicaciones o proveedores tecnológicos. Además, sostienen que la capacidad de innovación y adaptación del sector privado resulta difícilmente replicable por las estructuras burocráticas tradicionales.

Lo que parece indiscutible es que estamos asistiendo a un cambio estructural profundo: el desplazamiento del centro de gravedad desde el hardware tradicional hacia las infraestructuras de datos y los sistemas de inteligencia artificial. Las empresas tecnológicas privadas ocupan así un lugar cada vez más central en funciones históricamente reservadas al Estado.

Diversas figuras influyentes de Silicon Valley —Peter Thiel, Elon Musk, Marc Andreessen, David Sacks, Palmer Luckey o Alex Karp— aparecen como impulsores de un nuevo modelo de poder basado en una infraestructura global que integra IA, computación en la nube, sistemas financieros, satélites, drones y plataformas de datos. Algunos autores han denominado a esta arquitectura tecnológica la "Pila Autoritaria": un entramado capaz de concentrar enormes capacidades de vigilancia, gestión y control social.

La principal diferencia respecto a los autoritarismos clásicos es que este modelo no necesita recurrir masivamente a la represión directa. Su fuerza deriva de la dependencia tecnológica. Cuanto mayor es esa dependencia, menor resulta la capacidad de resistencia o supervisión democrática.

Especial relevancia adquiere el papel de los datos. Palantir ha sido descrita como la "columna vertebral" de un nuevo modelo de gestión pública basado en algoritmos. Las grandes tecnológicas acumulan un poder comparable, en determinados ámbitos, al de los propios Estados.

La dependencia de plataformas privadas implica una cesión de soberanía y la concentración de poder en un reducido número de empresas, constituyendo un riesgo evidente para la calidad democrática. Europa está obligada a reforzar su soberanía digital y su autonomía estratégica.

Nuestro mundo está cambiando aceleradamente. Surgen nuevos protagonistas: algoritmos creados, controlados y manipulados que influyen en nuestras decisiones, preferencias y percepciones. Contribuyen a moldear nuevas fobias, pasiones y creencias, mientras el ser humano conserva la ilusión de mantener un control absoluto sobre sus propias elecciones.

Cada vez más decisiones relacionadas con objetivos estratégicos, desarrollo de software o IA son adoptadas mediante sistemas que escapan al control directo de los poderes públicos y quedan bajo la supervisión de consejos de administración responsables ante sus accionistas.

Se estaría configurando así un nuevo centro de poder que representa uno de los mayores desafíos para la gobernanza democrática en la era digital: el denominado "Complejo Tecnológico Autoritario", más rápido, más ideológico y privado que el antiguo complejo militar-industrial.

El Silicon Valley actual ya no se limita a fabricar aplicaciones. Construye auténticos imperios transnacionales mediante la externalización de funciones soberanas hacia empresas tecnológicas respaldadas por grandes inversores. Este proceso puede terminar afectando a los fundamentos del Estado de Derecho y al control democrático.

Posiblemente todo comenzó en la América postdemocrática surgida tras el regreso de Donald Trump al poder. Pero sus efectos trascienden las fronteras estadounidenses y empiezan a proyectarse sobre Europa, contribuyendo a definir el modelo de sociedad que podría aguardarnos en las próximas décadas.