Pásate al MODO AHORRO
Andrea Rodés y 'Las Bodas de Fígaro'

Andrea Rodés y 'Las Bodas de Fígaro'

Pensamiento

'Voi che sapete'

"En la era de la inmediatez y la alergia al aburrimiento, sigue habiendo gente medianamente joven capaz de quedarse sentada en una butaca durante tres horas y media y disfrutar de un espectáculo en silencio"

Publicada

El lunes mi padre me llevó al Liceu. Sabe que la ópera me cuesta un poco, excepto si son obras de Mozart u Offenbach, así que las entradas para Le Nozze di Figaro las reservó para mí. “Ya habrás leído que los personajes aparecen disfrazados de ingredientes de un pastel”, me alertó antes de entrar.

Lo cierto es que solo me había fijado en el póster publicitario, donde aparece el conde de Almaviva, con peluca y vestido en tonos pastel, zampándose una tarta. La estética me recordó a la película Maria Antonieta, de Sofia Coppola (2006), así que me esperaba una puesta en escena muy rococó, con el fin de recrear el ambiente de burla hacia la aristocracia que hizo popular esta ópera, estrenada tres años antes de la Revolución francesa.

Lo que no me esperaba era que los personajes aparecieran disfrazados de marcas de ingredientes conocidas. Fígaro, el criado del conde, es un sobre de levadura Royal.Susanna, su prometida, lleva un vestido naranja a lunares blancos con su nombre estampado con el logo de Azucarera.Cherubino, el paje enamoradizo, recuerda a un caramelo chupachup; Marcelina, la ama de llaves, a una tarrina amarilla de mantequilla Asturiana.

“A cada personaje se le asigna un sabor o ingrediente visual que refleja su esencia”, escribe Marta Pazos, directora de escena, en el folleto de la obra. En la segunda parte, los disfraces son cambiados por trajes de época en suaves tonos pastel, a conjunto con la enorme tarta nupcial de color rosa que preside el escenario.

“La pena de este montaje es que los personajes apenas se distinguen”, concluyó mi padre cuando terminó la ópera y salimos a la Rambla, que a las 23.30 aún olía a paellas precocinadas. Y distinguir bien quién es quién es fundamental en una ópera bufa tan cargada de crítica social como Le Nozze di Figaro.

“Acabada la obra, se constató en efecto que hay una parte de la propuesta que aguanta, y es exactamente aquella que conecta con el imaginario de Beaumarchais (autor de la obra) y su genial recreación del artificial, exagerado y rebuscado mundo de la corte francesa de su época, bien representado aquí por las pelucas de los protagonistas”, escribe en Ópera Actual el crítico musical Ferran Vila, un economista joven y súper listo a quien tuve el gusto de conocer personalmente hace dos veranos.

“Por el contrario”, añade Vila, dándole la razón a mi padre, “la producción de Pazos se revela desalentadoramente ineficaz a la hora de expresar todas las aristas de un libreto que es mucho más complejo de lo que ella defiende, tal vez por una falta de profundización que no le permite transmitir los matices de cada personaje ni ahondar en las múltiples capas de sustancia social de la trama”.

Según Vila, por mucha simbología que quiera transmitir Pazos, “es razonable pensar que esta puesta en escena pueda envejecer rápido y mal, porque lleva consigo el sello efímero y desechable característico del arte posmoderno”.

Dado mi analfabetismo operístico-musical, voy a limitarme a decir que a mí la ópera me gustó, no me dormí –que eso ya es mucho– y a pesar de su puesta en escena un tanto diluida, disfruté con la música de Mozart.

También disfruté espiando al público y constatando que la gente se sigue arreglando para ir al Liceu, y que no todo era tercera edad. En la era de la inmediatez y la alergia al aburrimiento, sigue habiendo gente medianamente joven capaz de quedarse sentada en una butaca durante tres horas y media y disfrutar de un espectáculo en silencio, como se hacía en el siglo XVIII. ¿O no era así entonces?

En realidad, en el siglo XVIII los teatros eran lugares ruidosos “y el objetivo principal era tanto ver como ser visto. Los escenarios y las salas estaban iluminados por grandes candelabros, lo que hacía que el público fuera tan visible como los propios intérpretes”, puede leerse en un artículo publicado por el Victoria and Albert Museum sobre la importancia social de la ópera en los siglos XVIII y XIX.

“Los espectadores conversaban, paseaban y jugaban durante las representaciones. De hecho, no era extraño que algunas damas jugaran a las cartas mientras se desarrollaba la función”, añade. No solo eso: los pasillos del patio de butacas eran el espacio designado para que los jóvenes correteasen de arriba a abajo para coquetear con las mujeres.

Además, existía la posibilidad de permanecer de pie sobre el escenario, lo que añadía otra distracción al desarrollo del espectáculo. El único momento en que el público solía guardar silencio era durante las arias —grandes piezas de lucimiento que todos reconocían… y que te dejaban boquiabierto.

Eso fue lo que a mí me ocurrió cuando reconocí el Non più andrai, que canta Figaro al final del primer acto, o la famosa Voi che sapete, que dedica Cherubino a la Condesa para explicarle qué es para él el amor. Durante unos minutos desaparecieron los disfraces de chupachups o mantequilla y solo quedó Mozart.