Selva Orejón y una mujer con un móvil en la mano
Tu identidad ya no te pertenece del todo
"No hay mala intención en el sistema, pero es que tampoco hay interés en protegerlo, y esa indiferencia es suficiente para generar daño"
Hay un tipo de secuestro que no necesita violencia, tampoco deja un rastro evidente, de momento nadie te pide un rescate ni te amenaza, pero te aseguro que no está bajo tu control.
Entre 2021 y 2026, muchos sistemas que no conoces han procesado todo lo que había disponible sobre ti, tu empresa, tu entidad, tu familia, en internet. Lo han cruzado, resumido, lo han reinterpretado. Y con eso han construido una versión coherente, utilizable y lista para ser servida bajo demanda.
Una versión que otros consultan antes de decidir si confían en ti, si te contratan o si te descartan. Y ya estamos viendo candidatos que han sido eliminados por su huella digital y empresas que dejan de ser contratadas o, inclusive, no se invierte en ellas o no se las adquiere por ello.
No te han pedido permiso, no te han informado, y no tienes forma directa de corregirlo, y de contactarles, prueba, a ver qué tal suerte te depara.
A eso le llamaremos “entrenamiento”, aunque conviene empezar a llamarlo por lo que implica.
Los modelos de lenguaje se han convertido en una nueva capa de poder reputacional. No sustituyen a Google, pero lo están adelantando en el momento clave: el de la síntesis. Ya no importa tanto lo que existe sobre ti, sino lo que el modelo decide que eres cuando alguien pregunta. Ese matiz es sinceramente importante porque lo ha cambiado ya todo.
Porque esa respuesta no es un reflejo fiel. Es una construcción estadística. Una narrativa que ya se ha comprimido en una mezcla entre hechos, contexto, ruido y sesgos en una historia aparentemente sólida. Y esa historia ha empezado a circular pasando inadvertida para muchos.
La identidad que no controlas. Durante años, la mal llamada “gestión” de la reputación tenía reglas relativamente claras. Había fuentes, responsables, mecanismos de rectificación, podías rastrear el origen de un daño, discutirlo, corregirlo o, al menos, contextualizarlo. Y quejarte abiertamente, eso se acabó.
Ahora te enfrentas a sistemas que no distinguen bien entre lo vigente y lo obsoleto, entre lo verificado y lo opinado, entre lo relevante y lo anecdótico. Todo entra. Todo pesa. Y, lo más importante, todo se simplifica.
La simplificación es el verdadero problema, porque ahí es donde una crisis antigua se convierte en rasgo permanente si no se trabaja. Donde una interpretación ajena se consolida como posición propia, y además donde una coincidencia nominal puede arrastrarte a la historia de otro.
No hay mala intención en el sistema, quiero pensar, pero es que tampoco hay interés en protegerlo, y esa indiferencia es suficiente para generar daño.
El rescate que nadie pide. Exacto, el modelo no te bloquea, no te señala, no te extorsiona, pero hace algo más eficiente, te redefine sin avisarte, pero luego deja que esa redefinición influya en decisiones reales. Y aquí sí que hay que parar y hacer una reflexión sobre esa decisión que no vemos necesaria hasta que nos conlleva un daño.
El coste aparece en lo que no ocurre, como proyectos que no llegan, porque la confianza se ha “desactivado” por dudas que nadie te va a comunicar.
Es un deterioro silencioso, y por eso mismo es difícil de demostrar y aún más difícil de reclamar. Pero no imposible, y yo misma con mi equipo estamos trabajando en ello, inclusive en periciales.
El marco legal actual simplemente no alcanza, está diseñado para datos, no para narrativas generadas, pero debemos explicarlas, cuantificarlas y combatirlas. Para responsables identificables, no para sistemas distribuidos; para errores concretos, no para interpretaciones.
La mayoría de profesionales y organizaciones todavía operan como si su identidad digital dependiera de lo que publican o de lo que aparece en buscadores, pero esa ya no es la capa decisiva, porque la clave está en cómo te reconstruyen.
Entender eso es incómodo y cada vez que lo explicamos nos damos cuenta de que implica aceptar que dejaste de ser el único autor de tu identidad pública, pero también abre una línea de acción.
No se trata de obsesionarse, pero sí de trazar una estrategia, observar y preguntar a los modelos qué dicen de ti, de tu empresa, de tus datos, y qué repiten, igual que qué omiten. Detectar patrones antes de que se conviertan en una percepción consolidada, que, además, lucharlo entonces es mucho más costoso.
Trabajarlo no es inmediato, y es lo único que empieza a equilibrar el terreno, porque la identidad ya está siendo interpretada y lo único que debes tener claro es que debes participar en esa interpretación para no dejarla en manos de sistemas que no tienen ningún incentivo para acertar contigo, tu empresa o tus datos, y si no, pregúntale a Grok qué sabe de ti.
¿Te has preguntado cuánto vale tu identidad digital?¿Cómo de fácil sería suplantarte? ¿Para qué que podría servir tu identidad secuestrada? Y ¿cuánto deberías invertir para recuperar el control de nuevo?