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José Antonio Bueno y el Papa, llegando a la Sagrada Familia en el Papamóvil

José Antonio Bueno y el Papa, llegando a la Sagrada Familia en el Papamóvil Oscar Gil Coy / Fotomontaje CG

Pensamiento

Historia de dos ciudades

"Siempre es interesante comparar realidades para aprender de sus diferencias y buscar lo mejor de ambos mundos"

Publicada

Charles Dickens describió maravillosamente las diferencias entre Londres y París de finales del siglo XVIII. Siempre es interesante comparar realidades para aprender de sus diferencias y buscar lo mejor de ambos mundos.

Madrid y Barcelona, Barcelona y Madrid, siempre han sido diferentes, y eso que Madrid no es una capital al uso. Madrid se convirtió en capital de España a finales del siglo XVI, cuando el Imperio español comenzaba su largo, pero imparable declive, y se nota.

Madrid no tiene una gran catedral. La Almudena se comenzó a construir a finales del siglo XIX, mientras que las grandes catedrales españolas (Sevilla, Burgos, Toledo…) se construyeron entre los siglos XV y XVI. No hay más que ver la antigua sede del Ayuntamiento de Madrid para entender que Madrid no es París, Viena o Budapest.

Es más, el Ayuntamiento de Barcelona, cuyo Saló de Cent data del siglo XIV, es muchísimo más monumental que la Casa de la Villa, terminada a finales del siglo XVIII. Pero es igual, España se mueve sobre todo gracias a la dupla Madrid-Barcelona.

El Real Madrid necesita al Barça, y el Barça, al Real Madrid. El Teatro Real es eso, un teatro donde iban los reyes, como demuestra su fastuoso palco, mientras que el Liceu es un teatro burgués, sin palco que lo presida.

Madrid es centro financiero y, sobre todo, sede de ministerios, reguladores y grandes corporaciones. Barcelona es vivero de empresas familiares y un polo industrial. Los torneos de tenis, la fórmula 1, el recinto ferial… todo es parecido, pero todo es diferente. Son dos realidades que se complementan, y necesitan.

La visita de Su Santidad el Papa a España ha vuelto a poner en evidencia las diferencias de las dos ciudades. En Madrid la visita ha sido masiva, espectacular, centrada en eventos multitudinarios que han colapsado el centro de la ciudad. En Barcelona han sido eventos más íntimos y sobre todo focalizados en lugares singulares como la Sagrada Familia, Montserrat, una iglesia los Agustinos en el Raval o una cárcel.

La visita ha sido diferente, pero en esencia no somos tan, tan diferentes. El 62% de los madrileños se declara católico mientras que en Barcelona, una sociedad con mayor secularización social, esta confesión llega al 57%.

En Madrid gobierna la derecha y se supone que, por tradicionales, son más católicos, puede ser, pero los dirigentes políticos catalanes también lo son, desde el president Illa al president Pujol, pasando por el presidente de ERC. De hecho, tanto el nacionalismo como el independentismo tienen fuertes raíces católicas, porque no hay que olvidar que el nacionalismo catalán, y el vasco, hunden sus raíces en el carlismo, movimiento que, ante todo, es tradicionalista.

Donde sí somos muy diferentes es en el origen de la inmigración. En Madrid es, sobre todo, latina y, por tanto, de nuestra misma cultura; en Barcelona, la inmigración es, fundamentalmente, de profesión musulmana. Pero a pesar de las similitudes de fondo, la imagen transmitida de ambas ciudades ha sido muy diferente.

Madrid ha demostrado músculo; Barcelona, “calidad”, eso sí. También ha habido conatos de más salidas de tono, a pesar de su cuidado diseño.

En Madrid, los parlamentarios de Podemos hicieron su numerito ausentándose del acto en el Congreso, al igual que los ministros de Sumar en su bienvenida, con la excepción de la vicepresidenta, ya de salida según ella. Todavía menos comprensible es la ausencia del lendakari, miembro del partido leal a Dios y las leyes Viejas (EAJ).

Hablar de la torpeza de los maestros por su incívico comportamiento o de las salidas de tono de la dirección de Junts o de la ANC sería darles demasiado protagonismo. Algunos se han empeñado en ser una anécdota, y lo han conseguido.

Lo relevante de la visita del Papa a Barcelona es que el obispado ha sido, tal vez, demasiado cauto para evitar hacer el ridículo, y motivos para el temor no le faltaban, pero todo ha salido perfecto, destacando el impresionante espectáculo en la Sagrada Familia con imágenes para la historia que nadie puede repetir.

No se ha podido, o querido, realizar convocatorias masivas como en Madrid, pero la calidad del evento de la Sagrada Familia está a años luz de cualquier encuentro masivo, lo mismo que la espiritualidad de la Abadía de Monserrat, donde el uso del catalán era tan natural como artificial lo hubiese sido en la iglesia de San Agustín donde se celebran misas en tagalo.

El idioma nunca debe ser un arma arrojadiza y cuando lo es se convierte en un bumerán que golpea al torpe que la arroja. Cada acto, cada gesto, ha tenido una razón, como la profundidad del acto con presos en la ciudad donde se fundaron los mercedarios, la orden fundada en 1218 por San Pedro Nolasco en Barcelona bajo la regla de San Agustín para dar consuelo a los presos… eso por no hablar de la cantidad de veces que hemos escuchado el Virolai, con letra por cierto del cura de cabecera de la naviera y de la familia del Marqués de Comillas.

La visita papal ha hecho brillar a la Casa Real, con una reina mejor que nunca en su papel y ha mostrado las costuras de un Gobierno parapetado en el Santo Padre para que nos olvidemos de los continuados escándalos que le acechan. Y para nota el comportamiento de la atea vicepresidenta que hasta ha traído a su hija a la Sagrada Familia.

Más allá de la visita papal, muy relevante para toda España, ojalá seamos capaces de seguir construyendo dos sociedades que gracias a su complementariedad tienen que seguir fortaleciéndose para afrontar los crecientes retos futuros. Y, de paso, que nos demos cuenta de quien no sabe estar donde tiene que estar.