Pásate al MODO AHORRO
Iván Teruel y dos pensionistas

Iván Teruel y dos pensionistas

Pensamiento

¿Es compatible la verdad con la democracia?

"Aquel votante virtuoso que debía constituir uno de los fundamentos de la democracia ha desaparecido del debate público, sepultado por una densa capa de moralismo, ideología y emociones primarias"

Publicada

Hará cosa de tres años, durante la presentación de su libro La razón en marcha, el profesor Félix Ovejero pronunció una de aquellas frases que uno anda recordando siempre porque explican a la perfección ciertos fenómenos: "No se pueden ganar unas elecciones contando la verdad a la gente. Además, eso está estudiado".

No diré que me sorprendiera la afirmación, habida cuenta de que avalaba una intuición previa. Pero la apostilla epistemológica, si se me permite la pedantería, me dejó un poso de pesimismo, porque confirmaba que el votante real está muy alejado del votante virtuoso que propugnaba la visión clásica de la democracia, aquel individuo informado cuyo voto, fruto de una deliberación racional, tiene en cuenta conceptos clave como el interés común.

¿Y por qué no se pueden ganar unas elecciones contando la verdad a la gente? Primero, porque la realidad impone límites y casi nunca se acomoda a los deseos de los votantes. Y, segundo —y esto también lo explica Ovejero en alguno de sus libros—, porque hay ciertos colectivos o lobis cuya capacidad de influencia puede hacer decantar la balanza en cualquier elección.

Cuando concurren ambas circunstancias, se generan temas tabú. Y uno de esos temas tabú son las pensiones.

Vaya por delante –siempre es triste justificarse– que yo soy funcionario cotizante a clases pasivas, así que –si nada cambia– podría jubilarme con 60 años teniendo derecho a la pensión máxima. Es decir, a mí me beneficia el sistema. Sin matices. Si yo me acercara al asunto de las pensiones únicamente desde la perspectiva de mi interés particular, debería defender el actual sistema a machamartillo.

Durante bastantes años no me interesó demasiado el tema de las pensiones. Estuve mucho tiempo convencido de que se trataba de un sistema de capitalización: cuando te jubilabas, cobrabas aquello que habías aportado al Estado a lo largo de tu vida laboral. Había oído a muchos jubilados aquello que sigo oyendo en la actualidad: que su pensión no era sino la devolución de lo que habían cotizado durante toda una vida trabajando. Al cabo del tiempo, supe que el sistema español era de reparto y seguía un criterio de solidaridad intergeneracional: los cotizantes presentes sufragaban las pensiones actuales.

Sin embargo, no fue hasta hace relativamente poco cuando me enteré de que desde el año 2012 el importe de las cotizaciones no alcanza para cubrir el importe de las pensiones, que en la actualidad hay un déficit contributivo de unos 60 000 millones anuales y que un pensionista suele cobrar, de media, alrededor de un 60% más de lo que ha aportado en cotizaciones.

El Estado compensa ese déficit con transferencias a la Seguridad Social de impuestos generales como el IVA, el IRPF o el impuesto de sociedades, pero el sistema ahora mismo está muy lejos de la autosuficiencia para la que fue diseñado.

Quienes defienden el actual sistema no ven problema en que el déficit se cubra con otros impuestos: al fin y al cabo, argumentan, siguen siendo aportaciones del contribuyente a la recaudación del Estado. Pero cualquiera que sepa cómo funciona una economía familiar (no hace falta ser un experto), también sabe lo evidente: que lo que uno gasta para una cosa deja de gastarlo en otra.

La pregunta, por tanto, es: ¿cómo afectan al resto de partidas presupuestarias las transferencias para cubrir el déficit contributivo de las pensiones? ¿Supone una herejía pensar que realizando ciertos ajustes podría mejorarse la inversión en infraestructuras, en I+D o en vivienda pública? ¿Iría todo eso en beneficio del bien común?

No tengo la respuesta a esas preguntas, pero como ciudadano prefiero que me traten como un adulto y me expliquen la realidad tal y como es, por más que no se ajuste a mis intereses o deseos. Es algo que no hacen ni los partidos políticos ni los gobiernos, porque, ya saben, con la verdad ni se llega al poder ni, una vez alcanzado, se puede conservar.

Por eso le estoy tan agradecido a Jon González, un ingeniero que, desde su cuenta de X, hizo una labor pedagógica extraordinaria, aportando gráficos de todo tipo para ilustrar la dimensión del déficit estructural y ofreciendo alternativas como la transformación del sistema actual de reparto en un sistema de cuentas nocionales para ajustar el desequilibrio.

No solo trató el tema de las pensiones. También demostró que, ajustados a la inflación, todos los salarios pagan más IRPF ahora que en 2019, en algunos casos (por ejemplo, un salario de 18.000 anuales) hasta cuatro veces más. Su propuesta era deflactar el IRPF, algo que beneficiaría, sobre todo, a las rentas más bajas.

Y comoquiera que sus datos dejaron en evidencia a algunos tertulianos que se habían burlado de ellos cuando el joven Jon Echevarría los presentó en La Sexta Xplica, comoquiera que nadie pudo contradecir sus cálculos y quedaron expuestos el cinismo o la ignorancia de quienes pretenden sentar cátedra levantando un dedo admonitorio, la reacción de sus adversarios fue desvelar en X que trabajaba para el BBVA, con el objetivo de mostrar que sus análisis estaban sesgados y obedecían al interés de la banca. Jon González cerró su cuenta al cabo de pocos días.

A mí me resulta indiferente dónde trabaja Jon. Su labor divulgativa —concienzuda, metódica, rigurosa— podía contener sesgos, no lo sé, pero los sesgos deberían combatirse con más datos y argumentos, no a través de esos intentos de desacreditación aludiendo a lo personal.

Y cuando ocurren estos aquelarres públicos en que se castiga a quien intenta decir la verdad, queda claro que aquel votante virtuoso que debía constituir uno de los fundamentos de la democracia ha desaparecido del debate público, sepultado por una densa capa de moralismo, ideología y emociones primarias tras la cual se oculta la verdadera motivación para seducir al votante real: la prosaica lucha por el poder.