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Albert Gimeno y aglomeración de turistas ante la Sagrada Familia de Barcelona

Albert Gimeno y aglomeración de turistas ante la Sagrada Familia de Barcelona

Pensamiento

Vuelve la sonrojante venta ambulante

"La plaza frente al templo de la Sagrada Familia ha sido tomada por decenas de vendedores de 'souvenirs' y otra quincallería para turistas"

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La ciudad es como una manta corta. Si tapas los pies, destapas la cabeza. No debería ser así, pero ocurre muchas veces. Tomo el símil de un legendario entrenador de fútbol que definió la capacidad de su equipo con el ejemplo de la manta.

A diferencia de los equipos poderosos de la actualidad, la comparación venía muy a cuento con lo difícil que es defender y atacar con la misma eficacia e intensidad. En la ciudad, en Barcelona, ocurre algo parecido. Cuando se pretende remar en una dirección se producen incomprensiblemente ejemplos que tiran por el suelo todo el relato realizado por el equipo de gobierno municipal.

Habría decenas de situaciones para sacar a colación, pero la de la lucha contra el incivismo es muy notoria.

Les costó horrores a las huestes de Collboni sacar adelante la reforma normativa para atar en corto los desmanes del incivismo, tras el texto primigenio que vio la luz en la primera década del siglo XXI, bajo el mandato de Joan Clos. Aquel texto era bienintencionado, pero dejaba muchas lagunas para sancionar al infractor y, ya se sabe, que solo con buenas palabras las cosas no funcionan.

Como decía, el nuevo texto, modernizado a los usos y costumbres actuales, vio la luz, pero luego en el mapa ciudadano se amontonan situaciones que deberían disparar todas las alarmas a quienes velan por cumplir con un aconsejable mapa cívico.

El ejemplo más reciente se ha vivido en la plaza frente al templo de la Sagrada Família, que ha sido tomada por decenas de vendedores ambulantes de souvenirs y otra quincallería para turistas. Seguro que la semana que viene, durante la visita del Papa a Barcelona, los vendedores ambulantes desaparecerán gracias al impresionante dispositivo policial que está previsto en la capital catalana. Pero en cuanto no hay presión en la calle, Barcelona asiste a incumplimientos flagrantes de la normativa cívica.

El caso de los vendedores ambulantes, en zonas con abundante comercio regulado, que paga impuestos y que sufre las inspecciones constantes del consistorio, es aún más sangrante. Cazar a alguien que micciona puntualmente en la calle puede ser difícil para el control cívico, pero la presencia constante de ambulantes no parece una tarea imposible si se tiene la voluntad de atajar esos excesos.

Y es preocupante la dejación municipal precisamente en el arranque de la temporada de verano, en la que la ciudad se someterá a una tensión turística mayor que la que sufre en otros periodos del año.

La ciudad está a un año de las elecciones municipales, y la suma de pequeños detalles es importante.

Es cierto que la capital catalana tiene frentes de mucha enjundia en juego, pero el incivismo, y sus derivadas, no es un asunto menor. Especialmente, porque los prometidos deberes se han hecho a medias y el ciudadano de a pie no salta de alegría.

Hay muchas líneas de trabajo en marcha, pero cuando se pasea, se siguen viendo las calles sucias, o muy sucias, por mucho que se limpie, y se sigue transitando en una capital infrailuminada, por muchos planes lumínicos que estén en marcha.

Todo ello alimenta situaciones indeseadas que desembocan, entre otras cosas, en percepciones de inseguridad o directamente en peligros reales, una semana sí, y otra también.