Joan Pons Font y una imagen de viñedos y una copa de cava
Territorio, prestigio y futuro para el cava
"Tenemos un producto extraordinario. Probablemente superior, en calidad y diversidad, a cualquiera de sus competidores nacionales e internacionales. Lo que nos ha faltado no es producto, sino convicción colectiva"
Hay sectores que, cuando atraviesan dificultades, necesitan mayor comunicación, márketing o relaciones institucionales. Sin embargo, el Cava necesita algo distinto: liderazgo. Porque la realidad es que no estamos ante un producto en decadencia, sino ante una denominación de origen que perdió la confianza en sí misma y que hoy está, sin perder un minuto, volviendo a mirar al futuro, abandonando las rencillas del pasado.
Se habla demasiado de la "crisis del Cava". Pero conviene recordar algo elemental: ninguna otra denominación de origen vende, en cifras redondas, 190 millones de botellas al año y, además, 22 millones de botellas de larga crianza. El problema del cava no es la falta de calidad. Tampoco la falta de mercado. El problema es haber caído durante demasiado tiempo en la resignación, la división interna y la parálisis.
El Cava no puede seguir instalado en el enfrentamiento permanente entre viticultores y elaboradores, entre grandes y pequeños, entre territorios o categorías. Este discurso nos debilita a todos. El consumidor no entiende nuestras guerras internas. Sólo percibe si cree o no cree en nuestro producto.
Por eso, las recientes elecciones al Consejo Regulador han sido importantes y ahora lo es, y mucho, la elección del presidente. No por administrar inercias, sino por abrir una nueva etapa. Una etapa donde el Consejo Regulador vuelva a tomar decisiones ejecutivas, valientes, y las tome a tiempo.
Porque el sector no puede esperar eternamente a diciembre para reaccionar ante problemas que todos conocen desde meses antes. Gobernar no es retrasar decisiones hasta que exista unanimidad. Gobernar es arriesgar, asumir responsabilidades, pensando en el interés general del cava.
La nueva presidencia del Consejo Regulador debe representar algo muy sencillo, pero muy poderoso: la unión entre la cepa y la botella. Debe ser alguien que viva en casa lo que es un viñedo, pero también que sepa crear y gestionar una bodega; que entienda el esfuerzo del viticultor y las exigencias de la comercialización internacional, y que hable con credibilidad tanto a quien trabaja la tierra como a quien vende una marca en más de 100 países.
Necesitamos recuperar el prestigio del Cava. Y esto exige ambición. Ambición por modernizar el sector, por atraer a nuevos consumidores, por actualizar el pliego de condiciones y por volver a convertir el Cava en un símbolo de excelencia y prestigio internacional.
Porque tenemos un producto extraordinario. Probablemente superior, en calidad y diversidad, a cualquiera de sus competidores nacionales e internacionales. Lo que nos ha faltado no es producto, sino convicción colectiva.
También necesitamos una nueva gobernanza. Más transparente, más participativa y menos condicionada por equilibrios de poder pertenecientes al pasado.
El Cava necesita una presidencia libre, con visión de conjunto y capaz de pensar en el futuro del conjunto de la denominación, no en intereses particulares ni en viejas estructuras.
Y el futuro pasa, inevitablemente, por construir una organización de mercado diferente, fuerte, moderna y útil. Un nuevo esquema capaz de unir al sector en torno a objetivos comunes y de dejar atrás demasiados años de fragmentación. Porque el Cava no necesita más bandos. Necesita volver a creer en sí mismo.
Además, el Cava no puede entenderse sin el territorio. El Cava no es sólo una bebida; es un paisaje, una forma de vida y una cultura agrícola construida durante generaciones.
Detrás de cada botella se encuentran miles de familias, pueblos enteros y un equilibrio económico y social que da sentido a amplias zonas rurales. Defender el Cava es también defender el territorio que fija población, genera empleo y mantiene viva una agricultura de enorme valor añadido.
Durante demasiado tiempo hemos hablado del cava como si fuera sólo una cuestión industrial o comercial. Y esto ha sido un error. El consumidor actual quiere autenticidad, origen y verdad. Quiere saber de dónde viene lo que consume. Quiere historias reales.
Precisamente por eso, el territorio debe volver al centro del discurso del Cava, no como un elemento de división, sino como un factor de cohesión y diferenciación.
El Cava tiene la enorme fortaleza de representar distintos territorios unidos bajo un mismo método, una misma exigencia de calidad y una misma ambición internacional. Esta diversidad debería ser una ventaja competitiva y no un motivo de confrontación interna.
Ha llegado el momento de dejar de hablar de supervivencia y empezar a hablar otra vez de liderazgo. El Cava tiene historia, calidad, territorio y talento. Lo único que necesita ahora es una dirección clara, valentía para tomar decisiones y la confianza suficiente para volver a ocupar el sitio que nunca tuvo que perder.