José Antonio Bueno y el papa León XIV Europa Press
Seamos maduros
"Sería genial que viniesen a trabajar a Barcelona arquitectos de datos y neurocirujanos, pero de momento necesitamos al turismo, entre otras cosas porque la inmigración que llega carece de formación suficiente para otros trabajos"
Vienen semanas en las que, ahora sí, el mundo nos mirará. La visita del Papa León XIV y el inicio del Tour de Francia harán que Barcelona y Cataluña estén muchas horas en las pantallas de televisión en medio mundo. Hace tiempo que no disponíamos de un escaparate tan relevante.
El ayuntamiento y la Generalitat van a invertir mucho dinero en ambas visitas y, sobre todo, se va a trabajar mucho en proyectar la imagen de una sociedad moderna y que funciona. Pero, claro, tanto foco puede ser aprovechado por ciertos colectivos para sus reivindicaciones y fastidiarse la fiesta.
Es demasiado frecuente que cuando algo bueno sucede en nuestro entorno alguien tenga que protestar o, mejor dicho, dar la nota. Las cámaras atraen cual la miel a las moscas a todo el que quiere revindicar algo, sea su identidad nacional, su empatía con otros pueblos o sus problemas laborales.
Por una vez, y sin que sirva de precedente, deberíamos ser maduros y entender que “ahora no toca”. Y, si algo ocurre, se ha de actuar con contundencia. El buenismo que da más derechos a quien corta una carretera que a quien transita por ella debe acabar de una vez por todas.
De la Barcelona moderna y cosmopolita que se alumbró en los míticos Juegos Olímpicos del 92 se pasó a una cierta decadencia por autocomplacencia que se aceleró por la letal combinación del proceso del independentismo mágico con la gestión de la peor alcaldesa de la historia de Barcelona, la que quería que decreciéramos como solución a nuestros problemas.
Viva la Barcelona sin coches, sin hoteles, sin cruceros, sin fábricas y viviendo de subsidios.
Fruto de esos polvos llegaron los lodos de la inseguridad, del crecimiento de las tramas de delincuencia organizada, de la inmigración no integrada, de los atascos, de la suciedad y de todos los males tan cotidianos como reales que han supuesto un serio retroceso en la imagen internacional de Barcelona.
No son pocos los colectivos que prefieren evitar Barcelona por su imagen de inseguridad.
Gracias a los actuales equipos de gobierno tanto de la Generalitat como del Ayuntamiento de Barcelona se está, más o menos, saliendo del pozo en el que nos sumieron y, ojalá, estos dos eventos sirvan para relanzar definitivamente nuestra imagen. Estamos mejor que antes, sin duda, pero el mundo tiene que saberlo y no podemos recaer.
El Papa en la Sagrada Familia, en el Raval y en Monserrat, además de en el estadio Lluís Companys, generará horas de imágenes que nos pueden ayudar muchísimo a relanzar nuestra imagen.
El poder de atracción de la Sagrada Familia es inmenso y todas las imágenes que salgan de allí se recordarán durante años. La potencia visual del templo expiatorio no tiene igual. Claro que siempre la podemos liar con esteladas, banderas palestinas o manifestaciones de todo tipo y condición que hagan estéril todo esfuerzo.
Se calcula que la visita costará a España unos 15 millones, en gran medida sufragados por la Conferencia Episcopal y fuentes privadas, pero el esfuerzo organizativo y de seguridad será mayúsculo. Eso sí, se esperan más de 100 millones en retorno y, sobre todo, un gran impacto en imagen, si todo sale bien como se espera.
Algo similar, aunque más local, ocurre con la salida del Tour de Francia desde Barcelona, la Grand Départ.
Una contrarreloj por los lugares más icónicos de la ciudad, una carrera que sale de Tarragona y que presentará sobre todo a Francia qué ver en la Costa Daurada, con una final en el estadio olímpico y una salida desde Cataluña hacia Francia configuran tres días de alto valor publicitario para la industria turística catalana.
Claro, que siempre podemos liarla como se lio en la pasada Vuelta a España. Cortar la Vuelta sirvió para todo menos para que Netanyahu cambiase su actitud, más o menos como el estéril boicot a Eurovisión.
El coste superará los 10 millones, pero se espera que el retorno sea de varias veces esa cantidad. De nuevo dependerá de la imagen que se proyecte. Necesitamos el turismo, no vayamos contra él.
Es verdad que sería genial que viniesen a trabajar a Barcelona arquitectos de datos y neurocirujanos, pero de momento necesitamos al turismo, entre otras cosas porque la inmigración que llega carece de formación suficiente para otros trabajos.
Podemos esperar de nuestros ciudadanos sentido común y mostrar lo mejor de nosotros al mundo, o podemos mostrarnos, una vez más, gamberros y hostiles hacia el turismo.
Podemos trabajar a favor y aceptar las incomodidades en nuestro día a día, o podemos usar la ventana de oportunidad como escaparate de nuestras miserias.
No es momento para reivindicaciones independentistas, ni para apoyar a Palestina, ni para que maestros, médicos o bomberos digan que no ganan lo suficiente, ni para que los taxis agudicen su pelea contra los VTC, ni para que los trabajadores del aeropuerto pidan mejorar sus condiciones, ni para hablar de gentrificación… No, hay otros muchos días en los que protestar.
En estos días toca ser maduro y trabajar para que todo salga bien. Y la policía debe ser consciente, también, de lo que nos jugamos.
Así sea…