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Andrea Rodés y una fiesta de cumpleaños

Andrea Rodés y una fiesta de cumpleaños

Pensamiento

'Flaking'

"La gente pasa más tiempo sola que nunca y mantiene menos relaciones cercanas, además de vínculos más débiles"

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El pasado miércoles mi madre cumplió 70 años. Para celebrarlo, le organizamos una cena con una veintena de amigos, en su mayoría matrimonios con los que mis padres han entablado amistad desde que se mudaron al Maresme. Si hubieran venido toooodoooos sus amigos, la cifra de invitados se habría disparado, así que optamos por el petit comité.

No faltaron los vídeos sorpresa ni la lectura de textos cariñosos cuyo autor mi madre tenía que adivinar. Fue una velada entrañable que no solo me sirvió para darme cuenta de cuánto quiero a mi madre, sino también para entender la importancia de vencer la pereza —o la vergüenza, o el miedo— y celebrar los cumpleaños como Dios manda, algo que yo siempre intento evitar.

“¿Y si me cancela mucha gente a última hora?”, “¿y si se aburren?”, “¿y si no se llevan bien entre ellos?”. Son preguntas que me rondan la cabeza cada vez que me planteo organizar una cena o una fiesta de cumpleaños. Yo misma he cancelado planes alguna vez con poca antelación, así que tiendo a asumir que todo el mundo hará lo mismo conmigo.

“Organizar una fiesta puede ser angustiante. La posibilidad de que venga poca gente o de que se cree un ambiente raro resulta mortificante, como si se hubiera celebrado un referéndum sobre tu personalidad y el resultado dijera que no gustas demasiado”, escribe la periodista Elle Hunt en un artículo reciente de The Guardian.

“La ausencia de alguien puede ni siquiera ser algo personal: la gente se pone enferma, tiene emergencias familiares o laborales, o sufre ansiedad. Pero con la plaga contemporánea del flaking —escaquearse de los compromisos sociales sin una excusa convincente— puede ser difícil no tomárselo mal”, añade.

En mi familia, el flaking tiene otro nombre: ser un latin. El término lo acuñó mi primo Andrés, criado en Estados Unidos, que al mudarse a Barcelona descubrió que uno de los rasgos de nuestra cultura es la absoluta falta de sentimiento de culpa cuando llegamos una o dos horas tarde a un encuentro social o cancelamos sin demasiada antelación.

¡Laaaatiiiiiiin!”, escucho en mi cabeza cada vez que repaso mi agenda semanal y me doy cuenta de que me he pasado aceptando planes. Alguno tendrá que ser sacrificado.

Para desgracia de mi primo Andrés, que ya no vive en Barcelona, sino en un lugar bastante más paradisíaco, la pandemia consiguió que la tendencia a cancelar planes con poca antelación se expandiera mucho más allá de la cultura latina.

“Cancelar planes en el último minuto es la nueva normalidad”, titulaba The Wall Street Journal en junio de 2022 para constatar que, si antes en Estados Unidos cancelar planes se consideraba una grosería, ahora empezaba a convertirse en un componente fijo de nuestra vida social.

Cuatro años después, la dinámica no ha hecho más que acentuarse. “Hoy, cancelar planes se ha normalizado tanto que la gente está dejando directamente de organizar eventos”, alerta Hunt en The Guardian.

El artículo cita una encuesta realizada por la firma británica YouGov en 2023, según la cual al 84% de los adultos estadounidenses entrevistados les “gustaban” o “encantaban” las fiestas, aunque no les entusiasmaba tanto organizarlas ellos mismos.

Otra encuesta reveló que solo un 12% de los participantes aseguró que “definitivamente” celebraría una fiesta por su próximo cumpleaños, mientras que el 59% respondió que “probablemente” o “definitivamente” no lo haría.

Por otro lado, un tercer estudio realizado en 2020 entre adultos británicos concluyó que casi la mitad (44%) no veía su cumpleaños como una ocasión especial que mereciera ser celebrada. Una tendencia que encaja con el llamado “déficit de fiestas” que atraviesa Estados Unidos.

Según cifras citadas por The Atlantic, solo el 4,1% de los estadounidenses asistió u organizó un evento social durante un fin de semana o festivo en 2023, lo que supone una caída del 35% respecto a 2004.

Esto podría reflejar la llamada “recesión social”: la gente pasa más tiempo sola que nunca y mantiene menos relaciones cercanas, además de vínculos más débiles. En 2022, solo el 13% de los adultos estadounidenses afirmaba tener 10 o más amigos íntimos, frente al 33% registrado en 1990.

Por suerte, todavía hay personas como mi madre que, como muchos de su generación, siguen dispuestas a asumir el pequeño riesgo emocional que implica reunir gente y celebrar la vida por todo lo alto. ¡Felicidades, mamá!