Jordi Mercader, el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la secretaria general del PSOE-A y candidata a la Presidencia de la Junta, María Jesús Montero Europa Press
Pedro Sánchez y la opción de dimitir
"Si no convoca elecciones es que sus expertos en demoscopia todavía no han encendido la luz roja"
La derrota del PSOE en Andalucía, aunque prevista, es histórica, y como culminación a una secuencia de reveses electorales inapelables debería convencer a Pedro Sánchez de dar por finalizado su papel de Prometeo encadenado a la presidencia.
Al día siguiente de la derrota socialista en las elecciones municipales de mayo de 2023, Sánchez compareció para anunciar que “vistos los resultados de ayer...” daba por acabada la legislatura. Ahora, tras encadenar cuatro espectaculares derrotas autonómicas no se da por aludido.
Las derrotas las ha provocado el PP, siguiendo un plan que le ha salido a medias. Los populares pretendían alejarse de Vox y debilitar al PSOE. El resultado es que dependen más de la extrema derecha que antes, pero, efectivamente, han dejado tocado seriamente a Pedro Sánchez, cuya fragilidad le viene del mismo pacto de investidura.
Es evidente que su voluntad ha sido siempre la de resistir en la presidencia esperando modificar el curso de la debacle con algún buen resultado en las urnas, confiando en capitalizar la gestión de su Gobierno y esperando que el cerco judicial al que está sometido tanto en el ámbito del Gobierno como en el familiar se rompiera en el algún punto. Ninguna de estas premisas se ha cumplido.
“Muchos presidentes con gestiones impecables han dejado de serlo”, afirmó Sánchez en aquella audaz declaración del 29 de mayo de la que pronto se cumplirán tres años.
El problema es que su gestión no puede valorarse de impecable a estas alturas de legislatura ni por parte de sus más fieles admiradores. Su gobernación siempre está comprometida por sus socios parlamentarios. Y para rematar sus desgracias, a los electores no parece asustarles la fórmula de un PP prisionero de Vox.
Los éxitos más recientes de Sánchez se limitan a editoriales y artículos de opinión de la prensa internacional por su posicionamiento en favor de la paz mundial. Seguramente algún asesor áulico le habrá convencido de que enfrentándose a Donald Trump y olvidándose de Núñez Feijóo sus perspectivas mejorarían, al menos para esperar un cambio de tendencia en las municipales.
De todas maneras, si el comportamiento del antiguo granero de votos andaluz le sirve a los socialistas de referencia, ya pueden ir revisando sus previsiones.
La única lectura política positiva que puede extraer la Moncloa del final de este calvario es que quedan con las manos libres para ayudar a Salvador Illa a consolidarse como presidente de la Generalitat y como referente territorial de los socialistas. Una buena noticia para el PSC y una trampa para el PSOE.
La contrapartida es que nadie en el PSOE dudará de que a cada acuerdo que avala y facilita el Gobierno para que ERC apoye a Illa se reducen las posibilidades de su remontada electoral en el ámbito nacional.
Beneficiar a Cataluña arriesgando sus opciones de seguir en el poder supone un sacrificio inédito entre los dirigentes tanto del PSOE como del PP. Esta actitud supone un cambio radical y sensacional para los catalanes; sin embargo, dadas las consecuencias, habrá que comprobar el recorrido de la tendencia.
La ventaja de Pedro Sánchez para seguir gobernando perdiendo elecciones, sin presupuestos y acorralado por sus socios independentistas es que en el PSOE no hay quien le tosa. La política orgánica del partido la ha ejecutado de libro. En el día a día le ofrece un respiro, aunque a corto plazo puede representar un déficit relevante para elegir un sucesor.
Sánchez tiene un margen de maniobra muy limitado. Ninguna de sus dos opciones le garantiza nada. Puede convocar y perder o resistir y ganar, y viceversa. La clave, se supone, es tomar la decisión de plantar las urnas antes de cruzar el umbral de perspectiva de voto considerado irreversible. Si no convoca es que sus expertos en demoscopia todavía no han encendido la luz roja.