Despidos a causa de IA y Juan Antonio Gallo
La IA ya despide y nadie tiene un plan
"Tras la robotización, quedan los empleos muy mal pagados y los muy bien pagados, los directivos. Los trabajos intermedios desaparecen. Es el vaciamiento de la clase media laboral. La pirámide profesional se está aplastando por el medio"
Marc Vidal lo resumió hace unos días en la radio con una pregunta que debería quitarnos el sueño a todos, y es qué ocurre con el empleo cuando las empresas más rentables de la historia despiden trabajadores precisamente porque son rentables.
No es retórica. Es la descripción literal de lo que está pasando en estos días de 2026. Los números ya no admiten eufemismos.
Ya no hablo de los despidos que hay en Amazon o en Meta, o en cualquier otra grande, y los que se han anunciado.
En España, Capgemini ha confirmado un ERE de 748 despidos e Inetum ha anunciado más de 400 salidas, citando ambas el impacto directo de la automatización.
En total, más de 1.000 trabajadores en suelo español pierden su empleo en una sola semana por la misma razón, que se resume en que la inteligencia artificial (IA) hace su trabajo más barato y más rápido.
Ninguna de estas empresas está en crisis. Ese es el punto. Lo que ya no existe es la necesidad de tanta gente para generar los mismos o mejores resultados.
El patrón atraviesa sectores de alto y bajo valor añadido. Lo podemos encontrar en software, atención al cliente, márketing, análisis de datos, logística, asesoría fiscal, periodismo o educación.
Un caso emblemático lo ofrece una empresa española de márketing que redujo dos tercios de su plantilla en cuatro años implementando IA. No quebró, sino que se automatizó.
La polarización del mercado laboral es un fenómeno que los datos confirman y que resulta especialmente inquietante. Tras la robotización, quedan los empleos muy mal pagados y los muy bien pagados, los directivos.
Los trabajos intermedios desaparecen. Es el vaciamiento de la clase media laboral. La pirámide profesional se está aplastando por el medio.
Un análisis confirma que los empleos de cualificación media -los que permitían a la mayoría escalar posiciones- están desapareciendo, mientras la creación de empleo se concentra en los extremos. El “premio salarial” de esos puestos intermedios se ha evaporado.
Hay algo aún más perverso que tenemos que tener en cuenta y que parece que la gente, por lo que percibo en muchos casos, no es muy consciente. La IA está eliminando los puestos junior, la cantera de las empresas.
Un modelo de lenguaje de 20 euros al mes puede hacer el trabajo de un analista recién graduado con un 80% de precisión. ¿Cómo se forma a un directivo senior si nadie quiere contratar juniors? Las empresas están quemando la cantera para optimizar los márgenes del trimestre.
La IA ha venido para quedarse, y en muchos casos es muy bueno que así sea. Pensar que se puede frenar es tan ingenuo como pretender detener la electricidad en el 1900.
Lo que sí se puede -y se debe- es decidir cómo repartir lo que genera. Y aquí es donde el debate se pone interesante, porque las propuestas ya no vienen sólo de académicos o sindicatos, ya que vienen de las propias empresas que están provocando la transformación.
Una de estas ideas en el debate es el impuesto sobre los beneficios generados por la automatización, donde se propone que las empresas que sustituyan trabajadores por sistemas de IA paguen un impuesto específico sobre esos beneficios.
La idea es sencilla, ya que si una empresa reemplaza 50 trabajadores con agentes de IA, esa decisión debe generar una contribución fiscal que financie fondos públicos de transición laboral.
En el fondo, es reducir la dependencia de los impuestos sobre nómina -que son vulnerables cuando el trabajo humano disminuye- y sustituirlos por gravámenes sobre capital, plusvalías y beneficios empresariales derivados de la IA.
Podemos resumirlo en que si las máquinas producen, las máquinas deben contribuir a la Seguridad Social. No se plantea como una ocurrencia, sino que es una necesidad aritmética.
También se propone la semana laboral de cuatro días o jornadas de 32 horas sin reducción salarial, como forma de repartir el aumento de productividad que la IA genera.
Si un trabajador asistido por IA produce en cuatro días lo que antes hacía en cinco, la empresa no pierde y la sociedad gana. España ya tiene experiencia con programas piloto de semana de cuatro días, y el argumento se refuerza cuando la alternativa es el despido puro y duro.
Otra de las ideas es el fondo soberano de riqueza pública, que propone crear un fondo público de inversión, financiado por empresas de IA, cuyos rendimientos se distribuirían directamente a la población. Es una versión institucional de lo que Alaska lleva décadas haciendo con el petróleo y Noruega con sus recursos naturales, adaptada al nuevo “recurso” del siglo XXI.
Y otra idea, que la veo muy complicada, es la recualificación masiva. Aquí tenemos un problema grave, y más cuando, como en el caso de aquí, se apuesta por salarios mínimos altos con una débil inversión en reciclaje profesional, convirtiéndose sin pretenderlo en el laboratorio perfecto para comprobar si la tecnología llega antes que la adaptación.
Los programas de reskilling no pueden ser cursillos de 40 horas. Tenemos que replantearlos, porque se necesitan programas estructurales, financiados con la misma urgencia con que se financian las infraestructuras físicas.
¿Y la renta básica universal? La idea es recurrente, y Sam Altman -el CEO de OpenAI- la defiende personalmente desde hace años. Pero la evidencia empírica no es precisamente entusiasta.
El experimento finlandés de 2017-2018 no logró impulsar el empleo entre sus beneficiarios, aunque sí mejoró su bienestar subjetivo. El programa canadiense de Ontario fue cancelado por un cambio de Gobierno. Los pilotos financiados por Altman en Estados Unidos mostraron resultados mixtos.
La renta básica como solución única no ha funcionado en ninguno de los experimentos realizados hasta la fecha. Yo creo que necesita combinarse con las demás herramientas, no sustituirlas, ya que ninguna de estas soluciones funciona sola. Lo que necesitamos es un paquete integrado, y lo necesitamos ya, no dentro de cinco años, porque los despidos están ocurriendo ahora.
Hay una paradoja final que debería incomodar a cualquiera que gobierne. El FMI advierte que un impuesto directo a la IA podría frenar la innovación, pero no actuar garantiza que los beneficios se concentren en pocas manos mientras la clase media laboral se desintegra.
La inteligencia artificial no va a esperar a que nos pongamos de acuerdo. Eso no es progreso. Es abandono.