Joaquim Coll opina sobre la inteligencia artificial y la Bolsa
IA: la tecnología cambia; la especulación, no
"El problema no es que la inteligencia artificial carezca de utilidad —ya está transformando la economía de manera profunda—. La cuestión es si los retornos futuros justificarán realmente el volumen gigantesco de inversión que hoy descuentan los mercados"
Los mercados vuelven a moverse al ritmo de una vieja melodía: la promesa de una revolución tecnológica capaz de cambiarlo todo. Las compañías "magníficas" —Microsoft, Meta, Alphabet y Amazon— prevén invertir conjuntamente más de 650.000 millones de euros este año en infraestructuras de inteligencia artificial (IA).
Para calibrar la magnitud basta una comparación histórica: durante el auge puntocom, la industria de las telecomunicaciones gastó unos 100.000 millones de dólares tendiendo fibra óptica por todo el planeta. Aquella inversión transformó internet para siempre. Y aún así, quien compró esas acciones tecnológicas en el año 2000 tardó más de una década en recuperar su dinero. La tecnología cambia; la especulación, no.
Para entenderlo conviene volver a Benjamin Graham, padre de la inversión en valor. Graham entendió que las burbujas no son un accidente del capitalismo, sino una consecuencia recurrente de la psicología humana. Su célebre metáfora del "mister Market" sigue describiendo los mercados con precisión: cada día, ese socio imaginario ofrece precios distintos por las mismas acciones, a veces dominado por el miedo y otras por la euforia. El inversor inteligente no discute con él; simplemente aprovecha sus excesos.
Hoy, mister Market está claramente eufórico con la inteligencia artificial. La narrativa resulta irresistible. La IA promete multiplicar la productividad, alterar industrias enteras y redefinir la economía global. Los flujos de capital se concentran en un reducido grupo de compañías presentadas como dueñas del futuro, con valoraciones que solo se sostienen si el crecimiento continúa durante años a ritmos casi perfectos.
El problema no es que la inteligencia artificial carezca de utilidad —ya está transformando la economía de manera profunda—. La cuestión es si los retornos futuros justificarán realmente el volumen gigantesco de inversión que hoy descuentan los mercados. Eso, por definición, es especulación.
Hay además una paradoja reveladora. Mientras el capital se amontona en torno a los fabricantes de chips y los data centers, muchas compañías de software cotizan a múltiplos sorprendentemente bajos pese a generar caja, tener márgenes elevados y modelos de negocio consolidados. El mercado comete aquí un error clásico: confunde destrucción creativa con destrucción a secas. Asume que la IA liquidará el software empresarial tradicional cuando probablemente ocurra lo contrario: que las empresas con datos, clientes y procesos integrados sean precisamente las mejor posicionadas para monetizarla.
Compañías como Salesforce o SAP llevan décadas acumulando información y construyendo infraestructuras críticas dentro de miles de organizaciones. Integrar inteligencia artificial en esos ecosistemas no destruye necesariamente su negocio; puede reforzarlo. Pero mister Market, atrapado entre la euforia y el miedo, sobrevalora lo visible —los chips, los centros de datos, la potencia computacional— e infravalora lo silenciosamente rentable. Ahí, en esa brecha entre precio y valor, es donde el inversor inteligente encuentra su margen de seguridad.
La historia financiera es implacable. En los años 20, la electrificación de la industria americana desencadenó una euforia bursátil que terminó en el crack del 29: la tecnología era real y transformadora, pero las valoraciones habían descontado décadas de beneficios que aún tardarían en llegar. Medio siglo después, internet repitió el esquema. La fibra óptica sí cambió el mundo, pero muchas empresas que la hicieron posible quebraron igualmente.
Las burbujas no son anomalías externas al capitalismo. Son parte de su dinámica intrínseca. El mismo sistema que impulsa la innovación también alimenta episodios periódicos de exuberancia colectiva. Y mientras existan el miedo, la codicia y la ilusión de que "esta vez es diferente", mister Market seguirá alternando entre la euforia y el pánico. Porque la tecnología cambia; la psicología humana, no.