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Ignacio Vidal-Folch y un avión de Ryanair

Ignacio Vidal-Folch y un avión de Ryanair

Pensamiento

Caótico vuelo a Ibiza

"Cuando juzgamos con demasiada severidad a los turistas quizá no tenemos en consideración cuál es la sustancia de la plaga del turismo: lo aburrida que es la vida cotidiana en nuestras ciudades"

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Como sabrá el lector, un vuelo de Ryanair de Stansted, Londres, a Ibiza, tuvo que ser abortado el otro día por culpa de algunos pasajeros que, tras embarcar completamente ebrios, armaron gran alboroto, se pelearon, y fue tal el caos que causaron a bordo que el comandante de la nave tuvo que aterrizar de emergencia en Toulouse. Los culpables fueron extraídos de la aeronave, arrestados, llevados rápidamente ante el tribunal, multados con 10.000 euros, etcétera.

Ya se les habrá pasado la borrachera y tendrán resaca y estarán pensando “qué tonto he sido, en menudo lío me he metido”. Es notorio que los británicos tienen muy mal beber.

La necedad es propia del turista, que se emboba como si estuviera en el jardín de infancia ante cualquier edificio prestigioso, sonríe, se comporta como un imbécil, le estafan aquí y allá toda clase de trileros, le engatusan y roban. Le dan de comer paellas precocinadas y de beber cerveza aguada. Y luego, ya bien apalizado y pasablemente desengañado, vuelve a sus rutinas.

Cuando juzgamos con demasiada severidad a los turistas quizá no tenemos en consideración cuál es la sustancia de la plaga del turismo: lo aburrida que es la vida cotidiana en nuestras ciudades. Cuánta servidumbre tenemos que aceptar, y la escapatoria o compensación anual son esas vacaciones turísticas más bien decepcionantes pero durante las cuales el viajero atisba “otra vida” quizá mejor, quizá alcanzable, con un poco de suerte, otra vida en la que viviría siempre en Ibiza, Ibiza, que siempre les estará esperando como un sueño de plenitud, sin imaginar que también puede ser aburridísimo. Ensueños y fantasías para aliviar la conciencia de la sordidez del resto del año. Qué sería de la gente sin esas escapatorias programadas por las agencias de viaje.

Leyendo los incidentes del vuelo de Londres a Ibiza me he acordado de Brigitte, exazafata alemana que durante años, instalada en Gran Canaria, se dedicaba a los llamados “HUGOS”: palabreja que no recuerdo a qué responde exactamente, quizá a “Human Remains Gone Back Home”, restos humanos devueltos a casa, o algo por el estilo, pero sí recuerdo que se refería a los cadáveres de los turistas escandinavos que viajaban a las Canarias y allí morían en un brevísimo lapso de tiempo, al poco de aterrizar, y había que cumplimentar algunos trámites administrativos, meterlos en una bolsa de plástico y reenviarlos a su ciudad de origen para que allí los enterrasen. A eso se dedicaba Brigitte.

“Créeme, Igggknassssio, que no envidio a las asssafatas de esos vuelos”, me decía Brigitte. Ella sabía que el varón escandinavo en cuestión, y no eran pocos, empezaba sus vacaciones subiéndose en el avión con destino al paraíso terrenal —o que le parecía serlo, las islas Canarias, sobradas de luz y mar— ya borracho como una cuba. En el avión pedía más bebida, se ponía insoportable tocando el culo de la azafata y molestando a todo el mundo. Al aterrizar, tras dejar el equipaje en el hotel, se iba a la playa a disfrutar de la plenitud de la vida amable y del clima cálido, se detenía en algún colmado a pertrecharse de una botella de vino para él ridículamente barata, se tumbaba en la arena a pleno sol, se la bebía y se quedaba dormido. Sufría una insolación fatal y se moría. Brigitte se encargaba de los procedimientos de repatriación.

Es fácil criticar o burlarse de tipos así. Más difícil e interesante acaso es comprender los motivos por los que entran tan bovinamente en la muerte esos escandinavos.

O entender por qué tantos chicos británicos llegan a las Baleares, beben sangría como cosacos y ya la primera noche no se les ocurre nada mejor que practicar el “balconing”, o sea arrojarse desde el balcón de su habitación de hotel a la piscina azul y prometedora que se extiende a sus pies, y a menudo estamparse contra el borde, perdiendo la vida o quedando para siempre parapléjicos.

¿Por qué lo hacen? ¿Es mera estupidez congénita, o una audacia suicida, culturalmente inducida? ¿O acaso no será la secreta desesperación que les roe durante todo el año, ante las perspectivas que les ofrece una vida futura previsiblemente pequeñoburguesa, mortalmente aburrida y sujeta a mil normas de comportamiento y señales de tráfico?

Qué manera de ir por la vida y por la muerte. Para acabar así, más les valdría a todos alistarse en la guerra de Ucrania, en el bando que más les gustase, y por lo menos, antes de irse al otro mundo, alcanzar una noción de heroísmo y sacrificio.

Cualquier cosa antes que tener que pagar esos severos 10.000 euros por hacer una gamberrada de avión, total, yendo a Ibiza, que también denota hedonismo adocenado y falta de imaginación.

Pero, como vengo diciendo, más que “adónde” iban los chicos impresentables del vuelo de Ryanair, hay que pensar “de dónde” venían. Alguien dirá: “Venían de una vida demasiado consentida”. Otros, más benignos, dirán, en cambio: “Venían de un sordo horror y querían libertad.” Y otros, en fin, pensarán: “Su estúpido y fallido viaje a Ibiza, lleno de ruido y furia y que no significa nada, se parece al que yo sigo por la vida, sólo que ellos han sido más rápidos”.