Carlos Mármol y la portada de 'Farenheit 451', de Ray Bradbury (1953). Edición del 60 aniversario de Simon & Schuster.
Orto y ocaso de la lectura
"Estamos inmersos en la era del algoritmo, pero no tiene que ser también la época de la muerte de la lectura. Si nos seduce la inteligencia artificial es porque, en mayor o menor medida, hemos renunciado a pensar y, antes, a leer"
La lectura no es, como se cree, una gimnasia mental. Es una competencia intelectual, además de la piedra rosetta de la educación. Si no se practica con cierta regularidad y con disciplina se atrofia o se vuelve inservible. De ahí que sea una necesidad (trascendente) convertirla en un hábito. Saber leer y escribir forman parte de un mismo proceso que se manifiesta en dos direcciones. Gracias a él nuestro cerebro se alimenta y el pensamiento crítico florece. No se trata, como dice el eslogan, que seamos aquello que leemos. Es que si no leemos no somos nada en términos culturales.
España ha sido, históricamente, un país con grandísimos escritores pero con una población mayoritariamente analfabeta. Nuestro progreso cultural siempre se ha visto lastrado por la ignorancia de las letras más básicas. Nos costó dos largos siglos convertir esta lacra en un estadística residual. A comienzos del siglo XIX, mientras en la ínsula de Cádiz se ensayaba un liberalismo efímero, la mayoría de la población no sabía leer ni escribir. Era la negra herencia de un país agrario donde a los niños no se les escolarizaba, sino –en el mejor de los casos– se les instruía con dogmas. Una tarea encomendada y dirigida en régimen de monopolio por la Iglesia.
En los años veinte de la pasada centuria, cuando la generación de Ortega y Gasset, que había irrumpido unos años antes en el escenario cultural, comenzaba a dibujar el croquis de nuestra primera modernidad, un tercio de los españoles aún era incapaz de entender a fondo un libro. Tanto la Segunda República como la posterior dictadura franquista, cosa que con frecuencia se obvia o directamente se oculta, impulsaron campañas estatales que consiguieron aumentar en diez puntos la alfabetización. Pero hasta la Santa Transición y la reinstauración de la democracia no se logró reducir la ignorancia lectora por debajo de los dos dígitos, aunque con notables diferencias en función de cada territorio geográfico.
El analfabetismo dejó de ser un problema español hace menos de medio siglo. Las últimas cuatro décadas son, por tanto, el único periodo histórico en el que cabe hablar con rigor de una etapa de normalización y extensión social de la lectura. Hasta ahora, porque aunque ya no somos un país de analfabetos nos hemos convertido en una de las naciones con los peores datos de comprensión lectora de Europa. Todos sabemos y podemos leer, pero un porcentaje creciente de la población es incapaz de entender cabalmente lo que lee o le resulta imposible procesar textos y mensajes que no sean breves, simples e inequívocos.
El problema no reside, o no del mismo modo, donde siempre estuvo: en la escuela. Ahora está en la calle. En los despachos. En muchos sitios. Mientras la sociedad española ha prosperado en el ámbito material y maduraba políticamente, la evolución cultural y educativa del país entró en un retroceso cuyas consecuencias son mucho más palpables debido a la tecnología. Tenemos un acceso casi infinito a los libros. Y los jóvenes con estudios superiores en España superan el número de universitarios de otros países más ricos, pero nuestros centros académicos no son referentes internacionales. El alumnado con estudios básicos no puede competir en un mercado laboral inmerso en el trance de una mutación definitiva.
El contrato social hace muchas décadas que se extinguió. El ascensor social de la educación dejó de funcionar desde hace lustros, aunque los políticos presuman de unas estadísticas tan falsas como la encuesta oficial de hábitos de lectura, diseñada para disimular el hondo retroceso intelectual español. Uno de cada tres españoles adultos (25/64 años) posee una capacidad de comprensión lectora deficiente o estéril. Todavía son más –las cifras españolas duplican las europeas– los alumnos que no culminan el bachillerato. Una parte considerable de la población no lee nunca y, por tanto, no entiende sino textos breves (sobre temas de los que tienen referencias previas). Su vocabulario es paupérrimo. Su dicción no existe. Puede describírseles como perfectos analfabetos funcionales.
Cada vez son más. Hace diez años sumaban el 28% de la población. Ahora suponen un tercio. ¿Hacen faltas más pruebas de que España ha involucionado en el terreno cultural y camina, con una asombrosa y decidida ignorancia sonriente, en dirección a las peores épocas de su pretérito más reciente? Sucede también en el ámbito político (la polarización) y en el terreno social (la precariedad), con la diferencia de que retroceso cultural los antecede y es la causa de ambos, salvo que uno confunda la cultura, el arte y el conocimiento con las pasarelas, los festivales de cine, las plataformas de series o las grandes exposiciones financiadas gracias a patrocinios millonarios que únicamente persiguen exenciones fiscales.
La cultura, por supuesto, no es ningún desfile. La literatura tampoco se reduce al mercado (editorial), preso de una burbuja especulativa que algún día estallará sin remedio. Los alumnos abandonan la lectura (obligatoria) a medida que van haciéndose mayores, se relacionan más horas con una tecnología que es visual y transitan hacia la adolescencia. Entonces es cuando se olvidan de los libros, igual que abandonan los juguetes. Las horas de lectura deberían aumentar no sólo en las escuelas, donde ya existen, sino en otros muchos espacios y ámbitos sociales. Algunos tan inesperados como las empresas, los centros de trabajo, los sindicatos o los foros económicos. Hay muchos empresarios incapaces de entender un poema de Machado y millonarios que no soportan la lectura de un capítulo de Proust, del mismo modo que bastantes nuevos ricos huyen despavoridos cada vez que se topan con una frase subordinada.
Estamos inmersos en la era del algoritmo, pero no necesariamente tiene que ser también la época del orto y ocaso de la lectura. Si tanto nos seduce la inteligencia artificial es porque, unos en mayor medida que otros, hemos renunciado a pensar y, antes, a leer. Que a la gente le asombre ver a una máquina hacer (mal) lo que antes sólo hacíamos nosotros (bien) no es un prodigio, sino el síntoma de una grave enfermedad social.